La lluvia tamborileaba contra los ventanales del despacho como si reclamara ser escuchada. Era de noche. Las luces bajas del interior apenas lograban deshacer las sombras. Nathan estaba de pie junto a la chimenea encendida, en su mano derecha tenía una copa, y justo en ese instante Maeba irrumpió en la sala sin anunciarse. Vestida de n***o, con labios pintados de rojo y paso firme, traía consigo el perfume de la obstinación. Sabía que Nathan odiaba interrupciones, pero esa noche, ella no iba a esperar más. —Tenemos que hablar —dijo sin rodeos. Nathan se giró con la lentitud de quien ya sabía que la paz había terminado. —Adelante. Maeba se acercó, dejando su bolso sobre el sillón de terciopelo. Su tono fue dulce, pero cargado de una tensión mal contenida: —He estado pensando en Ezra.

