El sol apenas rozaba los ventanales cuando Eysi bajó a la cocina, ataviada con un delantal que no solía usar. Había algo liberador en fundirse con el resto de las domésticas, en compartir tareas simples que no exigían más que manos dispuestas. Esa mañana, la mansión Evans se preparaba para una velada importante: una recepción privada con aliados del clan, y el aire olía a encubrimiento y protocolo. Ezra estaba ocupado con sus tutores y no requeriría su presencia hasta después del almuerzo. Por eso, cuando Teresa, la jefa del servicio, pidió ayuda para limpiar el ala norte, Eysi se ofreció sin pensarlo demasiado. Nadie la cuestionó. Su presencia entre ellas ya no era una rareza. Se movía entre trapos y cubetas con la misma naturalidad con la que consolaba al niño Evans. Solo que, esta vez

