Capitulo N°5

1457 Words
||El Tablero de Sombras|| «Ángel» Salí de las duchas de hombres con el vapor aún pegado a la piel y una sonrisa ladeada. En las gradas, Mad y Mel me esperaban, susurrando entre ellas como si compartieran secretos de estado. Al verme, sus expresiones pasaron de la intriga a una picardía mal disimulada. —¿Dónde te habías metido? —preguntó Mad, arqueando una ceja. —Duchas de hombres —solté, sentándome un nivel por encima de ellas—. Tenía que entregarle algo a Alexis, pero el paisaje... —solté una risita ronca—, el paisaje es digno de una exposición fotográfica. Esos chicos están tallados por el mismo demonio. Reímos, pero mi mente estaba en otro lado. Durante el resto de la hora de atletismo, escuché cómo asignaban animadoras a los jugadores para las eliminatorias. Un concepto arcaico y ridículo. Fui la primera en negarme; no vine aquí a agitar pompones, vine por algo mucho más oscuro. A las 2:00 PM, el timbre resonó como una sentencia. Me alejé de las gemelas, buscando la soledad del campo abierto. Fue entonces cuando mi teléfono vibró. El mensaje de Leo quemó mis pupilas: "Está en el hospital. El accidente destrozó su brazo. Están preparando el terreno para el trasplante." Sentí un vacío frío en el estómago. Tres años sin saber de ella y ahora esto. Me senté en el centro de la cancha vacía, saqué un paquete de dulces y escribí una sola palabra de vuelta: "Investiga". Lake Diamond Black es un nido de secretos, pensé mientras masticaba. Todos adoran a esos ocho demonios como si fueran dioses. El anillo en sus dedos es su marca de ganado de élite. Pero la "novia"... ella no lo lleva. ¿Por qué? —¿Qué haces aquí sola? —Una voz suave me sacó de mis pensamientos. Frente a mí estaba una chica castaña, con gafas de montura fina y ropa holgada que parecía esconder su cuerpo. Lisa. Sus ojos marrones tenían un destello extraño; no era amenaza, era una especie de locura contenida, como una presa a punto de romperse. —Pensaba —respondí con una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Soy Ángel Keller. —Lo sé —dijo ella, sentándose a mi lado con una calma inquietante—. Soy Lisa Hall, la hija del director. Cuéntame algo de ti, Ángel. Algo que no esté en tu expediente. —Huérfana. Venezolana. Adicta a la adrenalina y a la chuchería —le extendí una chupeta, que aceptó con dedos temblorosos—. ¿Y tú, Lisa? —Hija única de una planificadora de eventos y un director estricto. Escribo para no gritar y mi único amigo es mi perro. —Lisa me miró fijamente—. ¿Irás al festival del sábado? —¿Festival? —pregunté, fingiendo confusión. —Música, juegos, fuegos artificiales a medianoche en la plaza central. Todo el pueblo estará allí. Es la oportunidad perfecta para... ver quién es quién. Nos despedimos con una promesa silenciosa. Ese festival no sería solo diversión; sería mi primer reconocimiento de campo oficial. «Gael» El salón de clases estaba casi vacío, pero nosotros no nos habíamos ido. Nos quedamos en las sombras del fondo, observando a la nueva. Ella se había puesto sus audífonos, ignorando el mundo mientras devoraba una barra de chocolate con una parsimonia que me ponía los nervios de punta. Pasaron diez minutos. Ella no se movía. —¿A qué juega? —susurró Deimel. Azael se acercó primero, seguido por el resto. Thiago, con un movimiento rápido, le arrebató los audífonos. Ángel abrió los ojos. No había rastro de la chica risueña de las duchas. Su mirada era neutral, gélida, casi clínica. —¿Se les perdió algo? —preguntó ella. —¿Qué haces aquí todavía? —Akel dio un paso al frente. Su voz era un témpano de hielo. —Contando unicornios, ¿no ves? —Ella le sostuvo la mirada a Akel, algo que nadie en este pueblo se atrevía a hacer—. Esperaba a que el resto de los mortales se fuera. Por cierto ¿Como se llaman?... aunque sus apellidos ya los conozco ya que las gemelas me lo dijeron y hasta apodos les puse pero no les gustaría saber cuáles son. ¿Apodos? Que clase de apodos recibiríamos de una loca con problemas de personalidad y bipolar Me presenté y señalé a mis hermanos uno por uno. Ella asentía, procesando la información con una rapidez mental que me resultaba familiar. Cuando llegué a Akel, ella simplemente le extendió un audífono inalámbrico. —Pruébalo —dijo ella. Había notado la mirada fija de Akel en los audífonos Akel, el hermano que no siente nada, el que vive en un vacío emocional constante, agarró el audífono y se lo colocó. Ella le dio al play. Vi cómo Akel cerraba los ojos y, por un segundo, su máscara de hierro se resquebrajó. Ángel sacó una bolsa de caramelos de menta y los vació sobre la mesa, organizándolos en nueve montones perfectos. —Tomen. Alexis dice que soy una traficante de azúcar, pero en el internado era lo único que nos mantenía cuerdos. Comimos en silencio. Ella miraba por la ventana con una melancolía que no encajaba con su edad. Unos minutos después, se levantó, recogió su música y nos dedicó una última sonrisa. —Gracias por la compañía. Akary, Gael, Azael, Lexu, Thiago, Daniel, Deimel y Akel. Hasta luego. Se fue sin esperar respuesta y sin fallar en el nombre de cada uno. —No es normal —sentenció Daniel, masticando un caramelo. —Es observadora y analítica —añadió Akel, que seguía con la mirada fija en la puerta—. Estudió cada uno de nuestros movimientos mientras fingía ver el paisaje. Esa chica es un peligro oculto bajo una cara bonita. Padre dijo que nos informaramos sin meternos con ella- dice Lexu doblando el papel del carelo después de comérselo Nadie puede ser tan Alegre y amable- repito lo que ya había dicho antes, guardo los caramelos en mi bolso y salimos de ahí Nos montamos en los carros y arrancamos a casa Llegué a la mansión con la cabeza a punto de estallar. Me encerré en el baño, dejando que el agua fría golpeara mi espalda. Mi mente empezó a diseccionar a Ángel Keller. Esa dualidad... esa forma de cambiar de una "miss simpatía" a una mujer intimidante en segundos. Cada vez que el cambio ocurría,ese aura que pasaba de la inocencia a la intimidación en un parpadeo... y el reloj. Siempre el maldito reloj. ¿Doble personalidad? ¿Un trastorno disociativo? He pasado años estudiando psicología con Akel para entender nuestra propia oscuridad, y los síntomas encajaban. Pero había algo más. Ella no está loca. Ella está regulada. Y si los Ricci somos los demonios de este pueblo, Ángel Keller es el cazador que ha venido a limpiar el infierno. Salí del baño y me dirigí al sótano, al área privada. El sonido de los golpes contra el saco de boxeo ya resonaba. No, no era un saco. Era un hombre de unos cuarenta años, una escoria que se dedicaba a la trata infantil. Estaba atado, sangrando, suplicando por una piedad que no existía en esta casa. Le solté un puñetazo que le fracturó la mandíbula. La sangre salpicó mi camiseta y, por un instante, el caos en mi cabeza se calmó. Mis hermanos y yo no somos solo los "dueños" del pueblo. Somos psicópatas diagnosticados. Somos impulsivos, carecemos de empatía y la violencia es nuestro único lenguaje verdadero. Nuestra fama en el pueblo no se debe solo al dinero; se debe al rastro de cuerpos que dejamos atrás. Ninguna mujer ha sobrevivido lo suficiente a nuestra forma de "complacer". Se asustan, lloran, rompen el ritmo y terminan convertidas en carne para el olvido. Amamos la sangre, el poder y la tortura. Es nuestra herencia. Sin embargo, Ángel... ella tiene sus propios demonios. Lo vi en sus ojos cuando Akel escuchaba su música. —Akary —dije cuando mis hermanos bajaron al sótano—, tenemos que analizarla en la clase de Psicología mañana. Si tiene un trastorno, quiero saber cómo lo controla. Porque si ella es como nosotros, este pueblo no será lo suficientemente grande para los nueve. —Mañana Thiago, Azael y yo iremos a la universidad —respondió Akary, limpiándose una mancha de sangre del zapato—. Akel y los gemelos irán al hospital por el implante de Alessia. —Bien —asentí, dando un último golpe al hombre frente a mí—. Averigüen quién es realmente esa "Ángel". Porque algo me dice que el cielo no tiene nada que ver con ella.
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