El viaje en tren fue largo pero divertido, podían haber ido en bus pero se decidieron por retrasarlo si eso involucraba simular aventuras cruzando rieles al atardecer. Era un pueblo cercano por lo que el viaje duró cuatro horas, al comienzo leyeron un libro cada una en su asiento pero cuando les hizo falta cafeína y se aburrieron lo suficiente buscaron el vagón cafetería que tenía el tren. Cruzaron los rieles riendo y saltandolos imitando películas de acción.
Harlet siempre llevaba consigo su bitácora de dibujo y ese día no era la excepción, dibujó a Dilara mirando el atardecer por la ventana en una de sus páginas, con esa luz amarilla y anaranjada que reflejaba en sus mejillas representadas con lapices de colores; también hizo otro de los postes de luz cercanos a la vía con carbonilla manoseada para denotar el movimiento lento pero perceptible del tren.
Las dos horas y media restantes se la pasaron de vagón en vagón, sentandose en asientos ajenos, conversando con alguna que otra pareja, dibujando y hasta jugando con una niña. Tuvieron prácticamente que correr a buscar sus cosas en sus asientos cuando llegó el turno de su parada.
Ya abajo del tren, quedaron cargadas, alborotadas por el movimiento de buscar sus cosas a esa velocidad y bajar en la parada correcta. A los segundos, una señora de tercera edad, con una sonrisa amable en su rostro y una mirada achinada por la expresión, se les acercó. Harlet le sonrió y Dilara la miró.
— ¡Harlet! —Su mamá prácticamente gritó y la abrazó por los hombros con fuerza cuando estuvo lo suficientemente cerca. Soltándola y siendo un poco torpe al hacerlo después, se giró hacia Dilara, que no estaba muy lejos de ella. —Y vos debes ser Dilara, la novia. —murmuró, sonriendo en su dirección.
—Una de las tantas—le contestó Harlet en un tono divertido pero presumido a la vez y Dilara le pegó una patada riendo al comentario, su mamá rodó los ojos.
Después de reirse del tonto comentario de Harlet, Dilara se presentó como una de las tantas novias, burlandose mentalmente de eso. Llevaban un vinculo poliamoroso, pero no funcionaba con varias novias. Tampoco era una relación abierta en el sentido que podían tener sexo con otras personas y nada más que eso, porque apenas entraba en lo que significaba para ellas poliamor.
Se veían en citas una o más veces por semana, cursaban alguna matería o seminario juntas, dependiendo el semestre que les tocase, y compartían algunos amigos y amigas por lo que terminaban juntas en salidas o fiestas grupales. Tenían otros vínculos pero ocasionales no por darse entre ellas un privilegio o jerarquía, sino simplemente porque iba surgiendo así con las otras personas, de verse una vez cada dos semanas o incluso una vez al mes. Es complejo también, porque habitaban el mismo círculo de personas y a veces esos otros vínculos terminaba siendo amiga o amigo de la otra.
Decirle una de las tantas a la mamá de Harlet, les había parecido una manera graciosa y descomplicada de explicar varias conversaciones y discusiones que quizás ni siquiera terminara de entender.
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Por la noche, la familia directa de Harlet había organizado una cena familiar con tíos, tías, sobrinos/nas, una pareja de abuelos, entre algunos vecinos cercanos que hace mucho no la veían. Era un pueblo chico donde las familias se conocían entre sí. Todo terminaba siendo muy familiar, lindo y cercano.
Las cenas familiares pueden ser divertidas e inolvidables, siempre están los parientes borrachos que te hacen reír, los que aman bailar de formas ridículas y que te hacen sentir libre de poder bailar de formas ridículas también, los que cuentan anécdotas exageradas y poco creíbles pero de niños te parecen los mejores cuentos y personas increíbles. También tienen sus malos momentos, como cuando te comparan y te menosprecian o juzgan por tener prejuicios arcaicos. Pero sin duda, la mejor parte de las cenas familiares es cuando se puede escapar de ellas. Harlet y Dilara lo hicieron escabulléndose mientras la mayoría hablaba de los bebés de primas lejanas.
— ¿Cuál es tu lugar preferido del pueblo? —Le preguntó Dilara mientras iban caminando por en medio de la calle de tierra, dejando sus huellas apenas marcadas.
—Las vías del tren, en una parte cerca de la estación —le contestó Harlet, las puntas de sus dedos tocando la mano de su novia, no se la agarró, solo le hacía mimos rozando apenas.
— ¿Vamos? —Dilara sonrió y levantó sus cejas con la propuesta.
—No, no, ese es el plan para la luz del día, para mañana. —entrecerró los ojos dramáticamente en su dirección. — —Podríamos desayunar ahí o merendar si se nos hace tarde ahora.
—¿Y cuál es el plan para la noche después de escapar de una cena familiar?
—Recorrer los lugares más abandonados y tenebrosos del pueblo.
Dilara negó con la cabeza. —No, —exclamó en forma de queja. —¿A dónde estás pensando ir?
Harlet sonrió maliciosamente. —Al cementerio y ya que tenemos todo el resto de la noche, a una casa a mitad de construcción que queda a unas calles de acá.
—Presiento que podríamos pasarla mal, pero es tu noche y tu pueblo así que me dejaré guiar por tus malas decisiones —Dilara se encogió de brazos.
Harlet sonrió de la misma manera en la que lo había hecho y caminaron hacía el cementerio haciéndose mimos tímidos, incluso si las veías de lejos o no las conocías parecían que estaban en una primera cita o que les daba vergüenza tomarse de la mano o no se animaban. Pero a ellas les gustaba encontrar la ternura en lo sutil.
Aunque era un pueblo bastante pequeño en comparación de la ciudad en la que vivían, el cementerio quedaba alejado. Pasaron una avenida de cemento y caminaron varias cuadras de tierra hasta llegar a una calle que terminaba en el club deportivo del pueblo.
Giró a mirar a Dilara, con una sonrisa de costado. —Ya que es verano y básicamente nos estamos derritiendo en nuestra transpiración, podríamos entrar un ratito a la pileta del club.
—¿Derritiendonos con el calor?—soltó una risa irónica y miró a Harlet como si fuera ridícula lo que decía. — la noche está fresca pero si me parece una cosa cursi de película que no hice, meterme en una pileta ajena de noche.
—Vamos entonces.
Se metieron por el portón principal, como si fuera completamente normal entrar al club sin ser miembros y cuando estaba cerrado. Había vecinos en la cuadra, incluso una pareja de ancianos sentados en la puerta de su casa que quedaba en frente en diagonal al portón por el que pasaron. Corrieron la primera entrada agitadas y riendo por su hazaña, estaba la boletería del club y la puerta a una salón donde se hacían fiestas grandes, como casamientos o festejos. Y pasando, avanzaron ya más tranquilas hasta la cancha de fútbol que era la más grande y un par de otros deportes, al fondo, estaba la pileta.
La pileta era grande y larga, avisaba los metros de profundidad que tenía cada sector y el fondo era azul oscuro.
Harlet fue la primera en sacarse la ropa, fácil: solo llevaba un vestido y zapatillas, quedó con un conjunto de encaje rojo. Dilara tardó un poco más, vestía un short y una musculosa, como no llevaba sostén, quedó solo con una bombacha negra. Harlet le hizo un silbido en broma y se le acercó de frente, pasando sus dedos por la piel de su cadera e instalando sus manos en su espalda baja. Dilara le sonrió. Se dieron unos besos rápidos abriendo apenas los labios, antes de que Harlet avanzaran y las tirara a las dos en la pileta.
Se sumergieron en la parte que tenía un metro y medio de profundidad, así que no se hundieron por completo. Harlet se rió y Dilara se quejó al salir, aunque después sonrió.
—¡No me previniste!
—Eso es lo divertido de las sorpresas. —contestó Harlet.
Se tiraron agua en la cara entre sí jugando por unos minutos, riendo y fingiendo peleas dramáticas, hasta que Harlet se acercó caminando hasta una de las esquinas de la pileta.
—¿Vas a salir?
—Sí sólo quería refrescarme, me emociona mostrarte el cementerio.
Dilara rodó los ojos pero atinó a salir de la pileta.
El resto de la caminata fue incómoda, a Harlet se le marcaba el conjunto mojado en el vestido y lo mismo pasaba con la ropa interior de Dilara, la brisa fría les hacía tener escalofríos. Los muslos de ambas estaban pegoteados.
La cuadra estaba oscura, apenas se podía vislumbrar esquinas y un poco más con la luz de la luna. Doblando en las esquinas se asomaban rayos de luces: era la única cuadra que no tenía los focos prendidos en el alumbrado público. Dilara se asustó, no pidió que no fueran pero si que no estuvieran mucho ahí.
La entrada del cementerio tenía un portón amplio y claro que apenas se veía con la escasa iluminación, las paredes eran amarillentas pero eso solo pudieron descubrir cuando estuvieron cerca. A un costado del portón había varias ventanas amplias oscuras, no tenían rejas, ni cortinas, e igual no se veía que había dentro. Y pasando las ventanas, había una puerta de metal herrumbrado y entreabierta, por allí entraron.
Caminaron por un pasillo largo, angosto y oscuro hasta llegar al parque del cementerio que estaba vagamente iluminado, tenía dos lámparas colgadas de la pared, lo que era poco para el tamaño del lugar. Como la mayoría de cementerios, estaba dividido con un pasillo principal y varios más pequeños, era como una ciudad en menor escala con c*******s y tumbas; Harlet incluso hizo una broma para nada divertida al respecto, Dilara en vez de reír se quejó.
Ambas se asomaron en el pasillo principal, Harlet tomó una foto con su celular a una tumba grande que estaba decorada con la estatua de un ángel, ubicada al final del pasillo, Dilara estaba agarra de su brazo, atinó a sentarse en uno de los bancos de madera que estaba cerca de las puertas del baño, pero cuando lo hizo sintió movimiento, se levantó asustada y se acercó a su novia.
—¿Sentiste eso? —le preguntó asustada.
—Lo vi, se movió la tumba al final del pasillo.
—Me moví yo cuando me senté en el banco —exclamó Dilara asustada, su voz más aguda de lo normal.
Harlet abrió la boca para hablar pero volvieron a sentir movimiento un poco más fuerte que antes y en vez de decir algo, tomó la mano de Dilara y comenzó a correr en dirección del pasillo. Sintieron las paredes cerrándose a medida que se acercaban a la salida, las acompañó un sentimiento de encierro o asfixia hasta que estuvieron en la calle, se miraron entre sí con los ojos abiertos y se apresuraron caminando hasta la próxima calle donde ya había alumbrado público.
—No dije nada sobre que no deberíamos haber venido pero debería haberlo hecho —comentó Dilara en tono de reto.
—¿Es como un te lo dije mucho más complicado y que ni siquiera suena bien?
Dilara la miró con los ojos entrecerrados. —En serio, ¿qué fue eso?
—¿El viento? —preguntó con tono irónico y Dilara rodó los ojos.
—No creo que tus planes raros estén buenos, —comenzó Dilara, Harlet abrió la boca dramáticamente ofendida. —¿Podemos ir a un bar a tomar una cerveza y nada fuera de lo común?
Hizo un pequeño puchero en respuesta pero aceptó. Mientras caminaban al único bar del pueblo Harlet le contaba que hasta hace un tiempo no había ninguno y que se juntaban grupos en la plaza principal pero que recientemente abrió uno y a ese fue al que fueron.
Estaba en una esquina frente a la plaza, era azul y tenía mesas afueras, pasaron directamente a la parte de adentro y se sentaron en los únicos asientos libres de la barra.
—¿En serio te parece que no están buenos mis planes raros? —Preguntó Harlet apenas se sentaron. —Porque todavía falta la casa con la construcción en proceso.
—No es que no estén buenos, en general son arriesgados y a veces divertidos pero el del cementerio de madrugada fue un poco absurdo e innecesario. Y la casa la dejemos para otra noche.
—Pero es un muy buen plan para después de escapar de una cena familiar —comentó con un puchero exagerado.
Dilara suspiró. —Acabamos de comprobar que no es un buen plan. Me parece ingenioso tener planes según un concepto y hasta podría ser una obra de arte conceptual —sonrió apenas riendo sutilmente de la idea—, pero que podemos pasarla bien sin tenerlos.
—A mi me parece aburrido… —calló al darse cuenta que la chica de la barra del bar las miraba entretenida, escuchandolas. Sorprendentemente Harlet se sonrojó, Dilara soltó una risa. —¿Nos estabas esperando para atendernos?
Era una chica morena menuda, de estatura promedio, rasgos marcados, mandíbula y pómulos anchos. Se veía amable y tenía una mirada juguetona, que fue la que uso para intimidar a Harlet. Su voz era suave pero gruesa, aunque suene extraño junto.
—Sí, —rió suave, interrumpiendose. —pero no hay problema, me interesó el tema. Me parece que se vuelve más divertido con planes según el concepto, también la pasas bien sin hacerlos. —comentó en otro tono, dedicándole una mirada a Dilara. — Yo haría planes para ocasiones especiales, quizás un viaje.
—Un viaje planeado… —exclamó entusiasmada Harlet. Dilara y la chica de la barra la miraron con una sonrisa.
—Sí, yo cuando viajé hace poco me di cuenta que surgen un montón de imprevistos en el medio y la lista de lugares para visitar en cada país o lugar no iba a ser posible por eso. Hacer planes por conceptos me parece una idea muy práctica.
—¿Viajaste hace poco? —preguntó Dilara. —¿Por donde fuiste?
—Sí, —hizo una expresión, abriendo los ojos. —Hace menos de dos meses que volví, recién estoy volviendo a acomodarme en el pueblo. Fui por… —Comenzó a contarles pero se acercó un hombre vestido de n***o y se quedó callada, les hizo una cara graciosa que las chicas entendieron como que era su gerente o jefe y tenía que volver a trabajar. Y así lo hizo: —¿Qué van a pedir, chicas?
Pidieron cervezas las dos y siguieron hablando de la idea de viajar, no lo habían pensado y era un buen plan para verano. Ambas habían estado tan estresadas por exámenes que ni siquiera habían pensado en los tres meses de vacaciones que tenían. Cómo vivían en una ciudad que no tenía mar cerca, aunque si ríos donde podían ir, les emocionaba la idea de viajar por pueblos costeros.
La chica de la barra, que se les presentó como Calihue, se acercaba cada tanto para seguir hablando con ellas, cuando quedaba libre de pedidos o sin personas que se acercaran a la barra. Les contó que estuvo un año viajando por Centroamérica, trabajando en temporadas turísticas como moza o bartender y que era hermoso conocer lugares así, sin estar por tanto tiempo pero tampoco pasando una o dos semanas. No es como estar de vacaciones porque mínimo pasaba un mes en cada pueblo o ciudad, se llegaba a conocer culturalmente el lugar y eso era lo que le llamaba la atención.
Hablaron de la idea de hacer una lista de planes que sean un poco absurdos, algo que las entusiasme y les de excusa para recorrer varios lugares en el verano.
El bar fue quedando vacío con las horas; las chicas habían llegado cerca de las doce de la noche, había varias mesas con grupos y las sillas de la barra estaban todas ocupadas, ahora eran casi las dos de la mañana y con la excepción de una pareja que se besaba en el fondo no había nadie.
Dilara y Harlet atinaron a irse cuando los empleados comenzaron a limpiar las mesas y levantar las sillas pero Calihue las invitó a sentarse a hacer, o por lo menos comenzar, una lista de planes para un viaje en la plaza de enfrente, que ella podía sacar un vino del bar. Las chicas aceptaron y estuvieron sentadas bajo un árbol hasta que amanecer, las hojas y las ramas formaban sombras que Harlet y Dilara se quejaban de no poder dibujar. Hablaron de muchas cosas, principalmente sus ideas del mar y cuanto lo extrañaban. No hicieron la lista pero si un trueque de talleres, Harlet y Dilara le iban a enseñar a dibujar en dos diferentes técnicas y Calihue a hacer sus tragos favoritos.
Entre risas quedaron en verse al otro día en las vías del tren para merendar y hacer de verdad la lista y caminando a casa las tres se preguntaban si lo que acababan de organizar era una cita.