— Pero cariño… lo que pasa es que ya se lo he dicho… No sé que podemos hacer. — — ¡Pues nada! ¡Que vengan a ver como folláis los dos! — Ahí quedó la conversación y no tuvo ningún efecto sobre mi marido ni Dámaso. Así que ese sábado, después de llegar Dámaso y Julia, que hoy venía vestida con un vestidito corto como el de la primera vez que jugamos, llegaron las dos chicas que con tanto desagrado esperaba Eran dos chicas muy modernas. Mi marido saludó a una mujer de treinta y tantos años, que era una chica que trabajaba en una oficina cercana. Era rubia de bote, con el pelo rizado a lo “afro”, por una permanente. Venía vestida con unos pantalones ceñidos, muy ceñidos y un suéter ajustado. Calzaba unos zapatos de tacón. Era una mujer un poco metida en carnes, pero sin pasarse. Levaba los l

