Esta mañana mi ánimo está hasta el cielo, tome mi bolso y mis llaves del auto.
—Adios mamá, llegaré antes de la cena y traeré el postre— me despedí de mi hija y no espere respuesta de mi madre ya que estaba de espaldas volteando unos panqueques.
—¡Ten cuidado al conducir!— alcance a escuchar la voz de mi madre después de haber cruzado la puerta principal hacia la calle.
Subí al auto y conduje hasta la oficina.
El edificio me recibió, ingresé al estacionamiento y aparque en la plaza designada, tome mis cosas y al abrir la puerta lo vi.
Vi esos ojos azules y profundos, que escarban en mi alma, remontando los recuerdos de ese sentimiento tan intenso al que fue sometida, sus labios que tantas veces bese y mordí, rojos y rellenos como los recordaba, su cabello n***o y algo despeinado que tantas veces toque con mis dedos.
Ahí estaba él.
Bajando de su McLaren n***o, con su traje color azul marino y su corbata color rojo, se veía tan guapo, solo que ahora tenía más masa muscular y sus facciones se habían endurecido y madurado.
Ya no había rastro de aquel joven del que me enamoré, solo quedaba un hombre de mirada gélida y distante.
Mi cuerpo se paralizó, aún con la puerta de mi auto abierta, mi mente solo reproducía el aspecto que tenía en este momento, queriendo recordar si me veía bien, y si gracias a Dios me había arreglado.
Mi falda de tubo color negra con mi blusa ajustada y suelta de las mangas color beige, junto a unos tacones beige un poco altos, pero me veía bien.
Claro que si.
No sabía si seguir mi camino o detenerme y saludarlo pero mi duda se resolvió cuando el cerro de un portazo el auto y se dirigió a paso firme y acelerado hacia el ascensor, prácticamente ignorando mi presencia.
¿Que demonios había pasado?
¿Acaso no le dio gusto verme?
¿Me odia?
Mi cerebro no terminaba de procesar aquel suceso, y mi cuerpo no respondía a ningún movimiento.
Logré despabilar y cerré mi auto y avance hasta el ascensor.
No podía dejar de pensar en lo sucedido, cuando el ascensor llegó al piso me asusto el ruido de las puertas abriéndose.
—Gracias a dios que llegaste, creí que nunca llegarías, mi hermano tiene un pésimo humor, no se que le pasa, pero tú no te lo tomes a pecho, está un poco imbécil — la voz de Maryse me trajo a la realidad y solo fui capaz de fruncir el ceño y aventar mis cosas en mi escritorio mientras era arrastrada por Maryse, hasta el despacho de mi jefe.
Y sorpresa la mía.
Era él.
—Hermano, deja que te presente a tu nueva secretaria, Alex, el es mi hermano Eros, Eros, ella es mi amiga Alex— la sonrisa de Maryse no deja de relucir, cuando estaba apunto de decirle que ya lo conocía su hermano hablo.
—Maryse, en vez de estar haciendo perder el tiempo a mi secretaria deberías de ir a hacer tu trabajo— su hermana no mentía, estaba de terrible humor.
—Eros, no seas irrespetuoso, ni siquiera la conoces, debes presentarte— Maryse soltó un pisotón haciendo berrinche y su hermano por fin levantó la vista de su celular y clavo sus ojos en mi.
—Mucho gusto en conocerla, mi hermana no a parado de hablar cosas buenas de usted, así que espero productividad, responsabilidad y puntualidad, señorita...— me miró esperando que le dijera mi apellido.
Claro, va a hacer como que no me conoce también, ¿porque no lo pensé antes?
—Romanov, Alexandra Romanov— extendí mi mano para ver si se dignaba a saludarme y no lo hizo me dejó ahí con la mano estirada.
—¡Eros!— le reprochó Maryse.—Esta bien Mary, creo que debo volver a mis asuntos y no seguir quitándole el tiempo al señor Blake — mire de nuevo a Eros y solté un suspiro de decepción, le sonreí a Maryse y salí hacia mi escritorio a seguir trabajando.
Me dolía el pecho, o el corazón, no lo se.
Tenerlo tan cerca y nunca haberlo sabido.
¿Cómo no pude reconocer al señor Joseph?
¿Cómo no me di cuenta antes de que era su padre?
Había visto al señor Joseph muchísimas veces, y siempre terminaban en discusión con Eros, por lo de el matrimonio, y siempre nos íbamos a comer a algún restaurante de comida rápida.
Dios mío, solo quiero entrar a esa oficina y gritarle y preguntarle ¿Por qué? , y seguirle gritando que no me ignore.
Su mirada tan vacía e indiferente hacia mí me dolía horrores.
Pero que es lo que yo hacía, si el ya había dejado de ser mi cielo.
Lo llamaba así por sus ojos azules tan claros como el cielo despejado, y cada que lo llamaba así me regalaba una de sus fantásticas sonrisas que te hacían derretir de solo verla.
—Te extraño tanto mi cielo— solté un suspiro y levante mi cabeza de entre mis manos, y al levantarla lo vi ahí parado frente a mi.
—¿Asi es como pierde el tiempo señorita Romanov?— su gruesa y fuerte voz me hizo pegar un brinco del susto.
—Lo siento,¿se le ofrece algo más señor Blake?—
Su mirada era demasiado intensa, y su silencio no me ayudaba.
—¿Puede venir un momento a mi oficina?— su petición me desconcertó y el hecho de que fuera amable y no borde como había sido durante todo el día me tomo de sorpresa, fruncí mi ceño y asentí para después seguirlo.
Mi pulso se aceleró cuando escuché como cerro la puerta y puso el pestillo.
Mi cuerpo empezó a sudar frío.
Mi mente no dejaba de imaginarse que horribles cosas quería decirme en privado.
—Lex...— cerré mis ojos y solté un suspiro de dolor al escuchar el apodo que tanto había extrañado.
Abrí mis ojos y voltee para mirarlo de frente.
Busque valor para preguntar.
—¿Por qué?— lo mire dolida y confundida, rogando una respuesta, se que todo termino bien pero que paso para que después se olvidara de mi.
—No la traje aquí para hablar del pasado, señorita Romanov, la traje porque como ya nos conocemos usted podrá ayudarme en algo, algo que tú y yo sabemos que nunca parará hasta que lo haga— era obvio que no me trajo aquí para eso, pero su tono al pronunciar mi nombre me dijo que si.
Me extraña tanto como lo extraño yo.
—Lo siento señor, digame— me senté frente al escritorio grande y el tomo asiento en su lugar.
—Mi padre no para de pedirme que me case, como ya lo sabrás, así que necesito que te cases conmigo— su mirada de superioridad me dejó helada, y sobretodo la propuesta.
—¿Que?— claro que estaba desconcertada y totalmente fuera de mi.—¿Estas hablando enserio?, hace seis años no lo hicimos, ¿Que te asegura que ahora sí lo haremos?— mi valentía empezaba a salir a la luz.
Su mirada fría y calculadora me penetraba tan fuerte que no sabía hacia dónde mirar o que hacer.
—Claro, como olvidarlo, tu tan indefensa y educada, claro que no querías casarte tan joven, pero que tal tres años despues, ahí si te dieron ganas de casarte con John, que lástima que se divorciaron— mi cara de incredulidad al escucharlo era imposible de describir.
—Todos estos años, pensando que había hecho mal para que dejaras de llamarme, y que ahora vengas a reclamarme por haber seguido con mi vida así como tú, estás mal de la cabeza, así que mi respuesta es no, no me voy a casar contigo Eros.—
Abrí la puerta y salí a tomar mis cosas, mire el reloj antes de tomar el ascensor deprisa y vi que ya era un poco tarde, así que sin mirar atrás me fui a casa, con un nudo en la garganta y la sangre hirviendo de rabia.
Imbécil.