Carlos se dio una ducha muy larga, consciente de que era ligeramente
reacio a la compañía de Angi. A pesar de que no podía explicarlo, de
hecho no lo comprendía ni siquiera él mismo, tenía una desesperada
necesidad de estar solo quería leer los manuscritos que aquella chica le había dado al profesor Robert. Era casi como si necesitara prepararse para aquella mujer misteriosa.
En silencio, tomaron el café. Angi echaba frecuentes miradas por la
ventana por si llovía, y Carlos, absorto, pensaba en los manuscritos.
Mientras removía su café, su mente retrocedía a lo largo de los años
y los kilómetros hasta tener ante sí un rostro que no había recordado en
muchísimo tiempo:
la pequeña nariz y las largas pestañas era un indio. Era un indio guapo, muy vigoroso y un poco pequeño, con cara de listo. Tenía el cabello n***o y liso; la piel morena. A menudo, la gente se burlaba de ellos dos por sus locuras., por su apariencia: uno un indio mestizo, y el otro, un hombre rubio, pálido y con ojos azules.
En el aspecto eran tan distintos como el día y la noche, pero en mentalidad y aspiraciones eran una auténtica
pareja. Ambos habían albergado sueños casi imposibles. Habían construido un templo los dos conjuntamente con otros indios. Con frecuencia pasaban todo el día en ese templo, más el hombre blanco que estaba loco, por el amor de una mujer, a dónde se había ido sus pensamientos.
—¿Carlos que te pasa estás raro?
Lo miró a Angi.
—¿Carlos? No has oído ni una palabra de lo que he dicho. ¿Estás te está pasando con esos manuscritos ¿Quieres hablarme de ellos?.
Angi inclinó la cabeza hacia un lado.
Carlos no podía determinar por qué estaba tan irritable con Angi aquella mañana. Posiblemente era porque se obligaba a mostrar interés por los manuscritos para hacerle sentirse mejor. La mirada de sus ojos decía: «Pasará; el pequeño Carlos lo superará y luego podremos ir a jugar».
— Son realmente importante para ti, ya estoy aburrida de que me hables de ellos pero no me dices que significan.
Dijo ella, Carlos apartando la mirada de ella, le dice.
— Vamos Angi ya estoy tan estresado con esto, para escucharte decir eso.
— Eso estoy alta Carlos de esos dichos manuscrito, estás a veces fuera de ti, no te reconozco a veces.
Aquella mañana Carlos se sorprendió que Angi, le hablara así y más que llevara demasiado maquillaje. Y ese maldito perfume suyo estaba estropeando su café. No era como aquel perfume que había olido en la oficina del doctor Eleazar, esa mañana del día de ayer.
— Por favor Carlos no te portes así.
— Por el amor de Dios, Angi, no seas así, entiéndeme.
Echó su silla hacia atrás y se puso en pie, con las manos en los bolsillos. Una débil llovizna comenzaba a salpicar la ventana, era algo extraño para el la lluvia.
— ¿Qué te pasa, Carlos? Nunca te había visto de este modo. Un minuto estás bien y contento y, al siguiente, estás extraño e irritable. Nunca te había visto antes tan impredecible, estás es loco obsesionado con ese hallazgo, con ese maldito templo, estás loco como lo era tu padre.
— No te metas con mi padre.
— Por favor Carlos que pasa.
— Lo siento. Murmuró él, alejándose de ella. «¡Jesús!». Reflexionó
— ¡Todo lo que quiero es que me dejen solo! Solo para pensar. Y tú entras
aquí con tu voz chillona y... Estoy cada vez más inmerso en esos manuscritos, Angi. Y no puedo evitarlo. Están... están...
— ¿Qué? ¿Están qué?.
— Ya Angi estoy cansado quiero estar solo.
Carlos olió su perfume al acercarse. Sintió sus finas manos sobre sus
hombros.
— Déjame leer lo que tienes hasta ahora.
Carlos se volvió a mirarla.
— «0h, Angi, cariño se que intentas comprenderme. Sé que lo haces por mí. Sólo quiero que no lo hagas...»
—¿Porque no puedo?
— Claro que puedes , ¿por qué no? Siéntate entonces.
Cuando Carlos le entregó el cuaderno, pasó rápidamente las páginas y dijo:
—¡Uy, cuánto!
Entonces, él regresó al comedor y cogió su café. Ahora sabía mejor.
Después de un lapso considerable, Angi arrojó el cuaderno sobre la
mesilla de café.
—Interesante.
Carlos la miró.
— Creo que has hecho un gran trabajo. Espero que todo lo que has hecho te traiga algo bueno.
Los ojos de Ben se dilataron incrédulos; preguntó:
— ¿Qué piensas de vivir una vida pasada?.
— ¿Qué pienso de ello? Oh...
Angi se encogió de hombros.
— En realidad, nada. Pero, me imagino que sería algo tonto pensar en ello entonces no se que decir.
Carlos dejó su taza de café.
— Angi.
Dijo en voz más baja, pronunciando las palabras cuidadosamente.
— Se que viví una vida anterior a esta y se que todo tiene que ver con lo de mi padre, cuando lees las tradiciones de los manuscritos... ¿no te hace sentir algo?
Ella inclinó la cabeza hacia un lado.
— ¿Qué quieres decir, con eso Carlos?
— Bueno...
Se secó las húmedas palmas de las manos en sus pantalones.
— Es que, cuando leo esos manuscritos, me veo envuelto en
ellas. ¿Entiendes lo que quiero decir? Me arrastran. No puedo arrancarme de ellas. Es como si realmente estuviera
hablando conmigo... Es como si hablarán de mi.
— Carlos...
Él se puso bruscamente en pie y comenzó a caminar.
— ¿Puedo ser sólo yo? ¿Soy el único que tiene esa sensación cuando leo las palabras de ese manuscrito? ¿Qué es? ¿Qué lo provoca?.
— ¡Esto es ridículo! Por favor Carlos.
— Míralas. ¿Cómo puede no importarte tan poco todo esto, mientras que a mí sí, se me ponen los nervios de punta?
— Carlos, ¿qué pasa?
El la ignoró. Sus pensamientos volaban.
—¡Carlos!
Él se detuvo de repente.
— Angi, quiero estar solo un rato.
— ¡No!
Ella se levantó volando.
— No me eches.
Carlos retrocedió, sintiéndose atrapado.
—Vamos a dar un paseo en auto y olvidemos todo esto durante un rato...
— ¡No!
Gritó Carlos.
— Maldita sea, Angi, todo lo que quieres siempre es que huya de mi trabajo. «olvidarlo durante un rato.»
«Escapar de ello.» ¿No se te ha ocurrido nunca que tal vez quiera estar muy metido en ello?
— Entiendo.
— No, no lo entiendes. Y no te culpo. Simplemente quiero estar solo.
— No te molestaré.
— He dicho que quiero estar solo.
— Pero Carlos...
— Nada déjame solo Angi luego hablaremos.
— Carlos amor perdóname.
— Tu no entiendes lo que me pasa.
— Como entenderte si siempre andas pensando en esos manuscritos. Estás es loco.
— Ahora me dices loco.
— Por Dios mira como te pones.
— Ya vamos dejame solo.
Angi se despidió de Carlos, y lo dejo solo con sus pensamientos, el se volvió a encerrar en su estudio y comenzó a leer un pedazo del manuscrito que decía:
Cuando llegamos aquí, solo pensábamos en encontrar una especie de planta para la medicina alternativa, pero lo que hayamos fue algo majestuoso. Un templo perdido en la selva, extrañamente estaba protegido por la maleza y los árboles. Recuerdo el primer día como si fuera ayer. Al ver lo que estaba adentro del templo, algo que nunca miraron mis ojos, nada inimaginable, algo que guardaré para siempre. El día que llegué a la cámara principal del templo en unos de los pasillos rezaba así:
“El que profane este tesoro, la oscuridad de la muerte vendrá y se lo llevara, por haber inquietado el sueño de mi Diosa amada, mi tesoro, la maldición los devorará".
Aquellas palabras escritas penetraban la mete de Carlos, todo daba a que el tuvo una vida antepasada de siglos, pero aquella mujer quien era.
Cómo era posible todo esto en la selva, un templo una vida que seguía las leyes del mundo, como podía se aquello. Esos dos pobres hombre en una inmensa selva y un secreto sin revelar el cual estaba guardado bajo llaves. Que era todo aquello una maldición en verdad o simplemente una casualidad del destino, destino que terminó con las almas de esos pobres seres. Una selva con un templo maldito o un templo que guarda una mujer escondida, que pude volver loco a un hombre, para construir algo así, que locura lo llevo hacer aquello. Esos científicos consiguieron una maldición en vez de el amor eterno de una amada mujer.