Una niñez cualquiera, en un país fuera de lo común
Era un día cualquiera de esos días fríos que rodean la capital; Un día más para levantarse muy temprano de la mañana, y de no diferenciar si era de noche o de día, porque la oscuridad era la constante, en aquella época del año.
Fernanda era una niña sumida en ese frío, en esa soledad de esa ciudad; su madre la despertaba sobre las 4:30 de la mañana, para que abordase la ruta escolar, hacia un colegio que detestaba, a las afueras de esa misma ciudad; ella no aborrecía ese espacio por las características del mismo, sino por las personas de las que se sentía rodeada. Su casa estaba rodeada de edificios de miles de pisos que parecían hacerle cosquillas a la Luna (era lo que le gustaba pensar que hacían, en lugar de rascar a los cielos); no obstante su colegio, el lugar en el que aprendía, estaba sumido en una fría Sabana, llena de neblina en las mañanas, escarabajos de mil colores, pero habitada por niños mezquinos, que encontraban crueles maneras de hacer notar “diferencias” entre unos y otros.
Fernanda entendía que era diferente a todos esos niños; sabía que había un mundo más allá, pero que probablemente era un mundo en el que le iba a costar mucho sobresalir; es algo que todos los nacidos en esa fría capital entendían desde el momento en el nacían: que había que buscar la manera sobrevivir en un mundo que era particularmente feroz. No obstante, Fernanda sabía desde ese momento de su vida, que iba a ser solo cuestión de tiempo, y que tendría que resistir algunos años más las bromas pesadas de sus compañeritos regordetes, destrozándole sus anteojos, cada que les era posible; en el fondo, ella no entendía muy bien el porqué era necesario burlarse de los demás para así marcar una “superioridad” de unos sobre otros; tampoco entendía muy bien el porqué tenía que necesariamente “sobresalir” de los demás, cuándo lo que realmente ella quería en ese momento, era aprender tanto como le fuera posible, y sumirse en sus pensamientos profundos, en los cuales se sumergía, cuando las cosas en su entorno, no marchaban bien.
Nuestra inquieta niña, podía presentir que fuera de su rutina de colegio-casa-colegio, acontecían miles de cosas, pero sus padres la tenían cercada en una burbuja a la que se le llamaba familia; Su padre, un oficinista ocupado todo el tiempo, todas las semanas, constantemente le alertaba de los peligros circundantes, fuera de su departamento; era un hombre de carácter considerablemente intermitente: unas veces cariñoso y otras tantas agresivo; Fernanda le temía, pero disfrazaba ese temor, como respeto. Su madre en cambio era una mujer sumisa, muy dulce proveniente de una humilde y alegre ciudad del país; su madre era una mujer sobre todo paciente con ella: le llevaba en las frías madrugadas a tomar el autobús escolar, en las tardes almorzaba con ella, y disponía de sus tardes para hacer los deberes juntas; su madre tenía un gusto especial por las baladas ochenteras, interpretadas por hombres que utilizaban prendas con formas de campana; Fernanda amaba esas tardes con su madre, entre revistas y almanaques recortados para pegar en los apretados cuadernos de las distintas asignaturas; era una hermosa carrera antes de las 6 de la tarde, que empezaban los apagones, que eran la constante en aquellos tiempo en esa ciudad. Fuera de la burbuja protectora de Fernanda, corrían tiempos difíciles en aquella Capital; era un tiempo convulso, en el que hombres que comercializaban unos polvos prohibidos atemorizaban a la ciudadanía: el sistema del terror de esos tiempos consistía en hacer volar edificaciones con explosivos al azar; podía ser cualquier lugar, un centro comercial, edificaciones estatales, pero siempre, sitios concurridos; eran hombres con los que no se podía negociar en aquel entonces, simplemente querían que la gente entendiera que tenían el poder, y harían cualquier cosa por mantenerlo. Adicionalmente, los apagones continuaban a diario, tras un mandato del presidente de la época, esto debido a los bajos niveles de los embalses, tras un período de sequías; los apagones implicaban para Fernanda, el hacer las tareas a la luz de las velas, lo cuál era desgastante, pero divertido cuándo su padre permitía que su madre narrara historias de apariciones y espantos tan típicas de los Llanos Orientales, el lugar de donde era originaria su progenitora; Fernanda recordaba con entusiasmo y algo de miedo, aquellos planos parajes a los que iban en familia, para la época de vacaciones.
Finalizaba así, otro día, otra semana en la fría capital. Al margen de lo que ocurriera afuera, Fernanda tenía una serie de auténticas preocupaciones: ¿Cómo esquivaría el próximo ataque de sus compañeros de clase? ¿Cómo iba a ocupar nuevamente el primer lugar del cuadro de honor de su salón de clase? ¿Cómo se presentaría ante su padre si no lograba conseguirlo?; y es que el tema de las calificaciones, era algo vital para ella: era la única manera que conocía para defenderse de sus compañeros, ya que el hecho de ser de las mejores de su clase, le brindaba una protección extra proveniente de sus profesores, que muchas veces, evitaban los ataques de los que era víctima; el buen desempeño escolar se convirtió en una herramienta de Fernanda, para sobrevivir a su entorno.
Siendo tan joven, la pequeña ya sentía que la rutina de Bogotá, podía llegar a ser agobiante, sentía en ocasiones, que la única puerta de escape, era pensar en los finales de año viajando por carretera hacia la tierra de su madre, porque pese a que le temía a los caballos, a los parajes oscuros de aquellas llanuras que escondían a tantas criaturas fantásticas, y a los extraños personajes que pululaban en las calles durante las fiestas de San Pedro, en ese sitio en particular, sentía que nadie notaba su presencia lo suficiente, como para querer fastidiarla, su padre se olvidaba por completo de todos los peligros existentes, y podía correr libre por el patio del caserío de su abuela; también existía la posibilidad de comer infinidad de frutos que se hallaban a reventar en la vegetación típica de aquel lugar, sobre todo en los molinos de arroz, por los que se podía correr y jugar, con otros niños que habitaban casa contiguas. Fernanda pensó por un instante, que aquella rutina anual, sería eterna, y que con algo de suerte, las cosas no cambiarían. Nada estaba más lejos de la realidad.
Corrían los meses, y pronto Fernanda notó que la apariencia de su madre empezaba a cambiar, de repente, notó como empezaba a resaltar un bultico pequeño en su abdomen; pensaba aterrada, sí esto podía deberse a las semillas de estropajo que encontró en el armario de su abuela y que copiosamente puso entre su cinturón y su suéter; esto porque le habían explicado que sí quería un hermano, se requería de una semilla especial, pero como no hubo especificación alguna sobre el tipo que se requería, Fernanda empleó la que primero encontró. Esa noche, dio muchas vueltas antes de quedarse dormida: un hermano, era algo que deseaba realmente, porque consideraba que sería mil veces mejor, recorrer el mundo acompañada, pero no sabía sí el tema de las semillas había tenido algo que ver en la protuberancia de la pancita de su mamá; claramente Fernanda tenía demasiadas preocupaciones para ser tan joven, pero la idea de tener una compañía, era sin duda algo que le hacía mucha ilusión; era consciente que su padre anhelaba un niño, pero también entendía que algo estaba cambiando en su familia; de repente su padre se encontraba más irascible, menos dispuesto a ver televisión con ella, y la reprendía más violenta y frecuentemente. En esos días, Fernanda, se encontraba sola en casa, y de repente, sonó el teléfono; era habitual que su padre llamara desde la oficina a verificar si llegó sin inconvenientes del colegio, sin embargo, en este caso, se trataba de la voz de una mujer joven, con un acento notorio de otro lugar del país; la mujer concretamente, preguntaba por ella, lo que hacía más extraña aún la llamada, y básicamente llamaba a anunciarle que su padre tendría otro hijo con ella; Fernanda siendo una niña de 7 años sintió que su mundo, repleto de preocupaciones, se derrumbaba; lloró a gritos toda la tarde. Su madre se alertó demasiado al regresar al departamento, y encontrarla en ese estado. Fernanda le narró con todo detalle lo ocurrido; su madre asintió y sonrió, porque era un escenario paisaje para ella, ya había ocurrido muchísimas veces; no era un secreto que su esposo veía a otras mujeres, pero el miedo (que no era respeto) que le producía, le impedía terminar con el matrimonio y con esa relación. La madre de nuestra joven protagonista, era una mujer que venía de aquella ciudad pintoresca de los Llanos Orientales, de una familia de personas dedicadas a diversas labores del campo; emigró a la estruendosa Bogotá, buscando nuevas oportunidades, intentando “ser alguien” que era básicamente, lo que no se podía ser, en un pueblo de un par de cuadras. A los pocos meses conoció al padre de Fernanda, y en poco tiempo decidieron casarse; poco sabía del carácter de aquel hombre, y sus ideas sobre el matrimonio (figura a la que asumía como esclavitud) y el poder que ejercía la figura masculina en el hogar.
Era obvio para Fernanda que el mundo como lo conocía, estaba a punto de cambiar.
Durante esos meses, las tardes de baladas románticas y de recortes de revistas, se redujeron paulatinamente; era su deber acompañar a su madre a los controles médicos de su ya evidente embarazo; Fernanda se sentía feliz, y el hecho de estar presente en todo el proceso médico de su madre, la hacía sentir una adulta responsable, lo que siempre aspiró ser; eran frecuentes los recorridos en los buses urbanos de la ciudad, repletos de humo, de ruido, de gente corriendo entre los extraños terminales de bus de concreto que habían en aquellos tiempos en Bogotá, sobre toda la Avenida Caracas. Pronto llegaría Agosto, y vería a los ojos la promesa de tener un amigo para toda la vida; uno que no la iba a juzgar.
Un día, Fernanda amaneció en casa de su abuela: Le explicaron que la llevaron dormida, porque su padre tuvo que llevar a su madre al hospital: Su regalo finalmente había llegado, el hermano que tanto había esperado, por fin, estaría compartiendo con él. Tras varias horas, se supo que no era un niño, sino que se trataba de una niña; para Fernanda, daba igual, porque lo importante era pensar que tendría a alguien con quien compartir, sin embargo, su padre desilusionado, acompañó a su madre durante unas pocas horas en el centro médico. Era el comienzo del final, pero esto poco le importaba a Fernanda; era plenamente consciente que la vida de ese ser, también estaría a su cargo, no importaba que aún ella misma, fuera una niña aún.
Corría el mes de Septiembre de 1992; el país contaba con una nueva constitución, y por un momento se creía que el fantasma del terrorismo y el narcotráfico, estaba por ser superado. Era un sábado cualquiera de esos en que toda la familia se disponía a ir a casa de su abuela, y a permanecer allí hasta el día Domingo; era una rutina de cada fin de semana, que Fernanda disfrutaba, ya que su abuela y su tía disponían de todo el tiempo y de todos los dulces posibles para ella; también sentía que eran una familia normal, y eso la aliviaba un poco; no obstante, aquel fin de semana, fue un poco diferente a todos los demás: Era casi mediodía y su padre esperaba en el carro a que ella, su madre y su pequeña hermana, bajaran a abordar el coche, pero de repente, sonó una llamada, lo que retrasó el ritual semanal; se trataba de una extraña llamada de su abuela materna, quien usualmente, jamás llamaba, pero ese día quiso saludar a su madre. La llamada se prolongó unos minutos, cuándo de repente sonó un golpe seco, a lo lejos, humo y vidrios volando…Su padre quedó atrapado, estupefacto en el carro; el grito de su madre finalizó el llamado con su abuela; todo se oscureció. Tardaron unos minutos en entender que a unos pocos metros, había explotado una de esos complejos artefactos, que los hombres que distribuían polvos extraños, habían dejado aleatoriamente en la capital; de no haber sido por la inesperada llamada de su abuela, probablemente habrían pasado por ese preciso lugar, en el momento de la explosión y probablemente los cuatro, habrían desaparecido entre el humo y los escombros, como miles de colombianos que desaparecieron en aquellas circunstancias, en esos tiempos que nadie quiere recordar, en esos tiempos de incertidumbre, que parecía ser la constante que escribía la historia de aquel particular país.
Tras el desconcierto, llegaron los bomberos, la policía, la gente, las noticias…Era lo que siempre ocurría después del desastre; más titulares violentos, y la sensación de estar en un lugar inviable. Fernanda no era ajena a esa situación, de hecho entendía cuando algunas de sus
compañeras de colegio, eran llevadas fuera del salón de clase, por sus custodios, para no volver nunca, porque por lo general, compartía clases con niñas que eran hijas de políticos sin escrúpulos, esmeralderos, o lavadores de dinero; hubo algo que Fernanda siempre entendió y era que ese tipo de personas “emergentes” que obtenían riqueza y fortuna de manera inesperada, eran siempre las peores: gente sin escrúpulos, sin empatía alguna por los demás; Asoció desde muy temprana edad, el poder, con lo enferma que podría estar el alma de una persona para lograrlo, a cualquier costo; esa misma disputa era la que le llevaba a presenciar eventos trágicos como él de ese fin de semana; con la inquietud que la caracterizaba, comprendía además que ese, era un pedazo de la realidad, que eventualmente hacía reventar la burbuja capitalina, como una especie de llamado de atención, o un grito de auxilio, el tema es que era de cualquier forma, desesperado, y hacía vibrar las estructuras hasta de esa rancia sociedad capitalina, que entre la neblina y el esmog, empezaba a preguntarse muchas cosas, incluyendo sí ese mundo perfecto que habían prometido los “padres de la Patria” era en verdad posible. Afuera debía haber algo más, de repente más sórdido que la misma soledad de Bogotá, algo más oscuro, como una especie de “mano negra” que dictaba el destino de todos.
Muchos años después, Fernanda entendería que decir que alguien decidía la vida de todos, era poco decir; era muy pequeña para poder entender como la falta de valor hacia la vida y la dignidad de los otros, era algo que iba de lo general a lo particular, que era una especie de peste que permeaba desde las esferas más altas de la sociedad en la que le tocó vivir, a los ciudadanos, a los seres humanos que ocupaban ese espacio. Fernanda notaba en sus pocas inmersiones en el mundo exterior, que la gente a su alrededor estaba siempre triste, o preocupada o corriendo, huyendo del daño que podía causarle algo o alguien; era eso, lo que esas personas respiraban: MIEDO; el mismo miedo que le impedía a su madre, terminar con una relación en la que no era feliz, el miedo con el que ella iba a estudiar, el miedo circundante en la capital de estar en el sitio incorrecto en el momento inadecuado, y ser víctima de un explosivo aleatorio, de una desaparición forzosa, de un alguien violento.
De cualquier forma, el miedo era únicamente vencido por algo mucho más grande que era el amor; Fernanda entendió eso cuando pudo conocer por primera vez a su hermana, quien seguramente, era producto de las semillas de estropajo, que había encontrado en el baúl de su abuela; comprendió además que ese tipo de amor, era el que quizá hacía que tantas personas se levantaran tan temprano, en un lugar tan frío, y enfrentarse a otros miles de salvajes que habitan las junglas de asfalto.
Mientras ella tenía una razón para permanecer fuerte, contra el matoneo de sus compañeros, aprendiendo tanto como pudiera para que en un futuro, pudiera enseñarle el mundo a su hermana, su hogar se desquebrajaba poco a poco; Sentía que su padre cada vez se aislaba más de ellas. Las tardes con su madre, empezaron a delimitarse al espacio del cuarto de huéspedes, del que su padre les pedía que no salieran, para que no le hicieran ruido, ni ella, ni su mamá. El espacio al que se redujo su caja, se delimitó a un confinamiento de una habitación de dos por dos.
Un día cualquiera del mes de Noviembre, su padre anunció que realizarían un viaje, como los habituales a los Llanos Orientales, aprovechando que se acercaban las festividades de San Pedro; Fernanda sintió por un momento la esperanza de recuperar la lánguida imagen de "familia" que ella tenía grabada en su memoria, además se sentía motivada por ir a ver los atardeceres entre los palmares, por bañarse en las cálidas aguas del Caño Camoa, y por comer los frutos y las delicias que su abuela materna preparaba en un horno de barro; También le hacía ilusión compartir con los niños de la cuadra, ir con ellos a recorrer el pueblo, a jugar escondite en los molinos de arroz, observar los extraños disfraces de quienes participaban en las tradicionales Cuadrillas, que hacían parte de las festividades, y a pasar desapercibida entre todos.
Seguramente era eso lo que todos necesitaban: un aire cálido, un viaje en carro cantando canciones juntos, compartir un espacio distinto. La relación de Fernanda con su abuela materna, no era la mejor, ya que el tema de las preferencias era algo muy marcado en esa parte de la familia; no obstante ella no reñía con eso, y prefería ignorar la situación, para concentrarse en lo verdaderamente importante, que era disfrutar todas las maravillas que le entregaba ese paisaje.