Eran días calurosos de aquel Noviembre. Fernanda podía sentir el olor de aquellas planicies de San Martín de los Llanos, y sus tradicionales cuadrillas; era consciente que el viaje por tierra, siempre era un poco complicado, que se mareaba, y que podía llegar a sentirse verdaderamente mal, pero la idea de la recompensa de ver aquellos paisajes, compensaba cualquier malestar.
Las tradicionales cuadrillas, consistían en una especie de festival en el que se conmemoraba, el arraigo cultural de los distintos grupos humanos que ocuparon la región durante la colonización; para Fernanda esto resultaba alucinante, porque era muy distinto a lo que sus profesores de historia, narraban en clase. En este particular festival, se hablaban de 4 grupos raciales en particular, que eran los galanes (representaban los colonos europeos), los cachaceros (los esclavos traídos del África), los Guajibos (grupo indígena que ocupa la Serranía de la Macarena), y los moros que eran esencialmente musulmanes que en su momento, ocuparon incluso desde antes de Cristo, la península Ibérica: era una mezcla demasiado particular, pero aunque algunos de estos personajes le provocaban cierto miedo a Fernanda, sin duda era algo que disfrutaba. Se decía que “los cachaceros” que era quiénes representaban a los eslavos traídos del África, solían andar por la calles del pueblo, con serpientes boas gigantes sobre sus hombros, y solían acercarle a los transeúntes desprevenidos aquellos temidos reptiles. Para nuestra joven protagonista, la parte de la historia que contaba, era ésta; ni siquiera la que los edulcorados texto escolares narraba, y que ponía al colonialismo europeo como una suerte de redentor, cuándo lo que en realidad hubo (bajo su juvenil criterio), fue un saqueo y una destrucción de culturas ya existentes. Algunos años después, Fernanda tendría la posibilidad de recorrer la Serranía de la Macarena, aunque en unas circunstancias diametralmente distintas.
El viaje transcurrió con normalidad: La dosis habitual de mareol, aunque en esta ocasión no era el bienestar de Fernanda, el centro de atención, sino de su pequeña hermana; cada tanto, debían parar para que fuera amamantada. Ya entrando al pueblo, en el coche de su padre, fueron retenidos por unos hombres morenos, altos, de muy mal aspecto, que preguntaron quienes eran, y para dónde iban; Por suerte el abuelo de Fernanda, en vida, fue uno de los fundadores del pueblo, y pasaron sin mayor inconveniente la pesquisa; no obstante el padre de Fernanda se alteró bastante, no solo por lo inusual del retén, sino por el aspecto de aquellos hombres, porque no estaban uniformados como los guerrilleros que aparecían todos los días en las noticias, no estaban aparentemente armados, y no tenían ninguna insignia de algún grupo al margen de la ley en particular. Tras la peculiar bienvenida al pueblo, los padres de Fernanda se dispusieron a ir al río, para poder en la noche compartir una noche juntos, ya que en festivales, lo habitual era ir al teatro del pueblo a escuchar a los copleros en contrapunteo, y posterior a esto, cerrar la noche en el parrando llanero. Fernanda sabía que sí sus padres salían juntos, implicaba quedarse sola con su abuela y su hermanita, y pese a que conocía perfectamente las historias de espantos nocturnos en la llanura, prefería cruzar los dedos, para que ninguna bruja se posara sobre su tejado.
El país donde nació y ahora, crecía Fernanda, era un país en conflicto, desde su creación; Siempre hubo una guerra de unos contra otros: de criollos contra colonizadores, de liberales contra conservadores, narcotraficantes contra el Estado y ahora, el conflicto tomaba una nueva forma: guerrilla contra paramilitares. El centro de todo el conflicto era la tenencia de la Tierra, y era un conflicto que permeaba todos los territorios del país, y reventaba, generalmente, en la burbuja bogotana; Fernanda entendió desde ese momento de su niñez, que debía pisar siempre con cuidado, que debía tener ojos adelante y ojos atrás, que no debía asumirse en un bando u otro, que debía estar dispuesta a lanzarse al suelo, cuando el fuego cruzado se diera en cualquier lugar. A la capital del país, era a donde llegaban todos estos nuevos conflictos, y tomaban diversas formas: desplazamiento, pobreza, que formaban anillos de miseria alrededor de Bogotá. Tanto desplazados como propios de la ciudad, tenían un elemento común y era el de estar huyendo de peleas que, por lo general, no comprendían; simplemente tenían que huir; era el sentido de supervivencia básico, era lo que había que hacer.
Ese conflicto, había llegado al pueblo natal de su madre, y aquellos hombres que los recibieron a la entrada, eran el rostro de una guerra sin cuartel, que ahora llegaba a ese territorio, tristemente con el beneplácito de la población; esas serían de las últimas vacaciones a las que Fernanda pudiera asistir, antes de que llegara el declive y casi extinción de aquel pueblo.
Mientras tanto, en lo que llegaban del río, Fernanda se disponía a almorzar comida del horno de barro de su abuela, y a dormir una siesta, ya que le esperaba una larga noche acompañada de los espantos ancestrales de los Llanos Orientales: La llorona, La candileja, La madremonte, el silbador; y es que sí había una región del país, en donde lo mágico se mezclara con la realidad, era en los Llanos Orientales; solo en el Caribe, se había igualado la hazaña de derrotar al mismísimo Diablo en contrapunteo, con coplas y con música (según la leyenda de Florentino y el Diablo); Desde ese temprano encuentro con los seres de otra dimensión, Fernanda también entendió que tenía aquella tendencia a intentar entender qué había más allá de lo tangible; comprendió igualmente, que había una connotación distinta de las cosas, una que nadie podía ver fácilmente, y creía firmemente que el poder entender aquel mundo sobrenatural, podría cambiar sustancialmente, la realidad presente.
La noche cayó sobre la llanura. Su madre y su padre, se disponían a salir a bailar, cómo hacía muchos años no lo hacían; Fernanda estaba feliz con esa decisión, pensó que de repente su padre había olvidado aquellos amores furtivos, y la relativa paz, volvería a su hogar. Esa noche durmió en el cuarto de su abuela, y en el mismo lugar se encontraba la cuna de su pequeña hermana; intentó tomar la menor cantidad de líquido posible, para no tener que atravesar el gran solar de aquel caserío, hacia el baño, y no tener que ver en la densidad de la oscuridad, a ningún ser fantástico; ella asumía para sí misma, que los relatos de aquellos espantos no se limitaban a ser leyendas: eran seres que deambulaban entre los cristianos de carne y hueso, y realmente, no tenía ganas de confrontar a ninguno. Su abuela era devota de las ánimas benditas, y sabía que tenía tratos secretos con ellas, y que conocía como nadie, las consecuencias de no pagar sus favores; alguna vez, narró a todos los nietos presentes, las consecuencias de pactar con seres mágicos, y no imprimir la suficiente seriedad a éstos asuntos; Fernanda nunca olvidaría esa enseñanza, y la guardó siempre, ya que intuía que era inminente que en su vida, los asuntos del más allá, tendrían para bien o para mal, algún tipo de incidencia; sentía una extraña inclinación a conocer de estos temas, y a indagar como lo mágico interfería con lo terreno.
Iban a ser las doce de la noche, y en ese preciso momento y tras ver una tras otra, las películas de Freddy Krueger, Fernanda necesitaba ir al baño, y cruzar ese lago oscuro que había desde su habitación hasta el sanitario; se persignó, rezó un par de padres nuestros, mientras tragaba saliva; fueron los 2 minutos más largos de su vida; llegó sin dificultades, pero era necesario un par de Ave Marías más, para llegar a su habitación; por un momento sintió que estaba en uno de aquellos oscuros callejones de las pesadillas de Freddy. Uno, dos, tres pasos más y en un momento decidió mirar hacia atrás (un error que no se perdonaría nunca); un tenue resplandor verde cruzaba el árbol de cacao y el horno de barro; Fernanda se quedó sin aire, intentó seguir caminando, pero no sentía las piernas…de cualquier manera, quedarse ahí parada, no era una opción, lo que sea que haya visto, podía correr hacia ella, así que, como pudo, tomó impulso y siguió caminando hacia la habitación.
Ya de regreso en su habitación observó la pequeña cuna de su hermana, quien continuaba durmiendo; intentó acomodarse de mil maneras, pero no fue posible conciliar el sueño habitual. Pensaba en lo que significaría aquella luz, si todo se limitaba a un eclipse o algún evento de índole natural; de lo que sí estaba segura, era de que ese tema, no se lo había escuchado mencionar a su abuela. Corría la madrugada, y Fernanda sintió cuando sus padres llegaron riéndose, sintió a su abuela renegar, y los pasos de ellos arrastrándose hasta la habitación marital; era sin duda, algo que le producía mucha felicidad, pero el pensar en el resplandor verde, nublaba todo; ¿Por qué justamente ella y nadie más, tenía que ver ese tipo de cosas? Llegó la luz del día, y con ella, todas las preguntas que Fernanda necesitaba imperiosamente, hacerle a su madre, sobre el acontecimiento sobrenatural, del día anterior. Desafortunadamente, todas esas respuestas tendrían que esperar, porque sus padres no habían dormido, y al parecer el licor hizo efecto en ellos, así que el día de hoy, estarían con resaca, y ni su madre, que era la única dispuesta a siempre escucharla, querría hacerlo en esa circunstancia. Por suerte, aquel día, llegó uno de sus tíos, con sus primos que tenían casi su misma edad, y los llevo de nuevo, al caño Camoa, y luego a comer nieves de mil colores en el parque del pueblo; Fernanda, que no tenía mucha confianza con su familia materna, se animó a preguntarle a su tío, acerca de la extraña luz que observó en el solar la noche anterior. Su tío la miró con extrañeza y casi balbuceando indicó:
- Se trata de una guaca. Se dice que hace cientos de años, este espacio fue ocupado por los indígenas Guajibos (sí, los mismos de las cuadrillas del festival). Realmente no entiendo como es que tú vienes a ver eso, si él último en verlo, fue tu abuelo fallecido.
En alguna de sus clases, Fernanda había escuchado acerca de los tesoros que los pueblos indígenas de América, habían enterrado en diversos sitios. Le parecía demasiada casualidad, que justo el caserío viejo de su abuela, fuera uno de esos lugares, y que ella, la menos relevante de aquella familia de centauros, hubiera sido la que hubiese visto aquella señal. De cualquier manera, ella asumía que nadie le iba a creer lo suficiente, como para querer abrir un hoyo gigante en el solar de su abuela, y encontrar un tesoro. De cualquier forma, para ella, el dinero no era una prioridad; más que eso, necesitaba sobrevivir, necesitaba sentirse a salvo, que era algo especialmente difícil, viviendo en un país como Colombia; desde ese momento de su vida, y acercándose a los ocho años, ella entendió, igualmente, que ser colombiano se trataba de eso: de intentar estar vivo un día más, y no enloquecer en el intento.
Se acercaba el momento que nuestra joven protagonista detestaba: El de volver a la realidad, a Bogotá: el caos, las náuseas, el mareo por aquel aire liviano, casi helado; la entrada a la sórdida ciudad desde Soacha, uno de los asentamientos de aquellas personas que habían tenido que dejar sus plantas, sus animales, sus siembras, por conflictos que ni siquiera eran capaces de entender; y es que Fernanda comprendía con una lucidez inusual a su corta edad, que pese a su privilegio de estudiar en lo que llamaban “un buen colegio”, de vivir en un pequeño espacio relativamente propio, y tener a sus padres con vida, era sin duda, algo que muchos niños que ocupaban aquellos cinturones de miseria, no tenían; tuvo además, el privilegio de conocer el pueblo de su madre, recorrerlo sin miedo al fuego cruzado, que era ya mucho decir en aquel entonces, porque las masacres de uno y otro lado, eran el común denominador.
Pronto la soledad, los días, y un nuevo episodio de guerra, la crianza de un bebé, serían el ambiente que Fernanda de una u otra manera, debía enfrentar; era lo que podíamos denominar como un “exceso de entorno”. El camino desde el Pueblo de su Madre hacia la capital, no tuvo contratiempos ni novedades, solo que, por alguna razón, ya no estaban felices, cantando las canciones; los pececitos que había tomado del caño Camoa, y que había guardado en la mitad de un envase de litro de Coca Cola, murieron en el trayecto. Era como sí fuera el final, no únicamente del viaje, sino de su vida tal y como la conocía.
Mientras viajaba, Fernanda se preguntaba sí habría sido buena idea cavar hasta el núcleo del planeta, el solar de su abuela, y haberse llevado ese tesoro, pese a la furia de sus ancestros, y pese a la crítica y el rechazo de su familia, que ella anticipaba desde aquel momento, como una constante en su vida, pero era algo que sinceramente, no le preocupaba, ya que sentía que tampoco encajaba en el colegio de arribistas al que llegó a aprender, y realmente, no le interesaba ser como el resto, le parecía más llamativo pensar fuera de la caja.