Corrían los días de Diciembre, y el inusual calor, por el fenómeno del niño, continuaba, incluso en la fría Bogotá. Por alguna extraña razón, Fernanda sentía que todos en su familia, estaban mucho más alejados de lo habitual; ya no se comentaba nada en las noches cuando su padre llegaba a cenar, y ya no lo veía los fines de semana.
Se llegó así el 7 de Diciembre, que era el día que tradicionalmente se celebraba como “el día de las velitas”; era una fecha en la que se daba inicio formalmente a la Navidad; era una época feliz, porque todos los niños del Conjunto Cerrado en el que vivía, salían a mostrar sus trucos con los volcanes, los globos, los voladores, se encendían velitas a la Virgen, se compartía comida, se preparaba el coro para los villancicos, y en general, se compartía con muchas personas con las que no se hablaba, en otra época del año. Ese siete de Diciembre y tras estar encerrada por horas con su madre en la habitación contigua, Fernanda tomó valor, y decidió ir a pedirle dinero a su padre, para comprar lucecitas para encender ese día; su padre, que había permanecido por horas encerrado igualmente, en la habitación marital, no le habló, simplemente, la tomó por el cabello, y la lanzó por los aires; ella sin entender el porqué, cayó sentada en su cama, perpleja, sin poder si quiera llorar, solo intentando procesar lo que acababa de ocurrir; acto seguido, su madre entró a intentar recuperarla, y su pequeña hermana, que apenas gateaba, se ocultaba bajo el faldón de su madre; como pudieron las tres corrieron a resguardarse en la cocina, porque en el pequeño espacio en el que convivían, no había más espacio; hubo silencio y un golpe seco. Era el comienzo del final; Fernanda, continuaba sin poder llorar siquiera.
En un acto de desesperación su madre juntó en una bolsa, ropa de las tres, reunió unas monedas y salieron hacia la casa de una de sus tías, que vivía hacia los Cerros de la ciudad; no avisaron a nadie que irían, simplemente ese día salieron de casa, pero supieron que no iban a regresar, o no en las mismas condiciones, al menos.
Ya llegando a la cúspide del lugar en el que vivía su tía, Fernanda pudo compartir con sus primos esa noche, y por un momento, olvidó la violencia de hace algunas horas; ese día, y tras la fría neblina que empezaba a caer en los Cerros de la Capital, Fernanda pudo descansar; todavía le dolía un poco la cabeza, pero aún no lograba reunir toda la información que necesitaba para poder entender lo que ocurrió; y es que ella necesitaba poder comprenderlo todo, y reunir, una cantidad suficiente de razones, para justificar el porqué de las cosas, sobre todo, el porqué su padre había reaccionado de esa manera; Tal vez estaría pasando por algún tipo de crisis, y si bien, el acostumbraba a estar enojado todo el tiempo, no la había golpeado nunca de esa forma, y menos sin que ella hubiera hecho algo:
- “Y sí a lo mejor, sí hice algo para que me tratara así” – Pensaba
Fernanda tendría a lo largo de su vida, la idea que por lo general, siempre hacía algo, para que las personas actuaran de X o Y forma con ella, o asumía que era culpable, cuando alguien era violento, intermitente o un completo cretino; tendría que recorrer un largo camino, para entender, que no siempre iba a ser así, y que no era necesariamente su culpa que las personas reaccionaran de diferentes formas; que habían cosas que escapaban a su control, y una esas era la manera en que las personas la trataban.
Al día siguiente escuchó a su madre y a su tía, hablar en la sala; su madre explicó todo lo ocurrido el día anterior, e hizo especial énfasis en que su padre había sido liquidado de la empresa en la que había laborado durante treinta años; adicional a esto, comentó de sus sospechas referentes a que probablemente, había regresado con alguien de su pasado, por evidencias que había encontrado en su ropa, mientras la lavaba.
Por supuesto, Fernanda no había comprendido todo el contexto de la situación, porque su padre, jamás se mostró hasta ese momento, como alguien vulnerable. Sí él le hubiese explicado que estaba a punto de perder su trabajo, y sí además no hubiera actuado como actuó con su madre, probablemente, ella no se habría acercado esa tarde a pedirle dinero; era muy obvio que alguien en esa situación estaría angustiado; lo que no encontraba razonable era la necesidad de ser violento, para expresar algo. De cualquier manera, las preguntas que tenía Fernanda, no tenían mucho sentido, en este punto, en el que, según le escuchó a su madre, pediría el divorcio y se irían por mucho tiempo a otra ciudad; sería las primeras fiestas navideñas en las que sus padres, no estarían juntos; era el final, y ella ya estaba consciente de eso. Por otro lado, su hermana estaba empezando a gatear, cada vez era más despierta, y Fernanda se sentía mejor completando su rutina todos los días, además su pequeña hermana cada vez la reconocía más, e interactuaba más con ella, de hecho sus primeras palabras no fueron ni “mamá” ni “papá”, sino “chacha”, como una infantil abreviación de la palabra “muchacha”.
Fernanda sintió por primera vez, a sus 7 años de vida, que hacía parte de algo, en este caso, en la vida de su pequeña hermana; sintió que por primera vez, alguien reconocía su existencia, y que era importante, así fuese para unos pequeños bracitos que se extendían hacia ella, cada vez que la veía entrar a casa; - “Alguien espera por mí”- pensaba con ilusión; sin duda era un motivo para continuar, aterrizada y fuerte. Fernanda sabía que en algún momento, su padre la buscaría, le pediría perdón, y le compraría un cepillo de dientes nuevo, que era la manera como él, solía resarcir sus equivocaciones con ella.
Esa noche, un poco ilusionada y otro tanto, asustada, Fernanda, su madre y su hermana, tomarían un bus hacia Cali, una ciudad calurosa, soporífera, llena de frutos tropicales, gente que permanecía alegre, que bailaba todo el tiempo, y que se veía desde lejos, como una ciudad llena de colores; allí estaba una parte de su familia, particularmente, su tía mayor, por parte de su madre; No solo era la tía mayor; era básicamente, la líder de esa parte de su familia; era una mujer comerciante, hábil para los negocios, con mucho dinero, pero con una especial preocupación por el resto de su familia; Cuándo su tía llegaba de hacer complicados viajes de negocios procedente de la ciudad de Maicao, solía citarlas a ella y a su madre en el Aeropuerto el Dorado, para verlas y hablar con ellas, así fuera unos minutos, en lo que regresaba nuevamente a Cali. Fernanda percibía a su tía, como una suerte de presencia todopoderosa: era una figura muy respetada en su familia, era generosa, y aunque su apariencia era sencilla y su voz, muy baja, siempre que ella llegaba a cualquier lugar, faltaba poco, para que le tendieran una alfombra roja; no era muy hábil escribiendo, pero su habilidad con los números, fascinaba a Fernanda; podía negociar cantidades increíbles de dinero, en cuestión de minutos, además de hacer cálculos matemáticos, sin necesidad de calculadora, ni de papel ó lápiz; eso era algo notable. Su tía además era terca y de carácter muy fuerte, pero todos seguían sus órdenes, por el respeto que le profesaban; era además quien se hacía cargo del bienestar de su abuela, y administraba desde la distancia, lo que se haría o no, con el viejo caserío que estaba en los Llanos Orientales.
Fueron casi diez horas de viaje en el bus; tuvo que pasar por los habituales náuseas, y luego pudo dormir; ya en la madrugada un suave calor, se posó sobre su rostro; estaban ingresando al Valle del Cauca, y ya se encontraban en la ciudad de Tuluá. Fernanda sintió una especie de abrazo, como sí alguien le estuviera dando una especie de bienvenida; se venían tiempos más complicados aún, pero ella sabía que pese a todo, iba a estar bien; era muy curioso que desde ese punto de su vida ella tuviera esa certeza: la de caer de pie a pesar del abandono, la tristeza, el hambre, la desesperanza. Alguna vez su madre le contó que durante su gestación, ella se rehusaba a estar boca abajo, que es la posición normal de todos al llegar al mundo; Fernanda insistía en estar de pie, con su cabeza por poco sumida en una de las costillas de su madre, aún cuando su abuela que era una sobandera matriz (que es un tipo de medicina ancestral, practicado por mujeres parteras, en esta región del país) había practicado fuertes masajes, quedando exhausta porque ella se rehusaba a acomodarse para nacer; su madre añadió al relato, que al momento de nacer, se acercó a ella, un médico que se veía resplandeciente, casi como una especie de ángel (quizá por los efectos secundarios de la anestesia), y la apartó en otro consultorio para que solamente ella diera a luz, teniendo en cuenta la posición en la que el pequeño cuerpo venía; cuándo Fernanda por fin, se decidió a salir, solo se quedó viéndolos a todos como diciendo “Déjenme dormir, por favor, ¿Qué es todo este estruendo?”, lo que al médico le causó bastante gracia, y añadió: – “Vaya! ha nacido una reina, pero parece que está de mal humor”-.
Desde esa anécdota, la madre de Fernanda, intuía que su hija, tendría un carácter especial, muy terco y determinado, que no sería igual a todos, que haría las cosas a su manera, y que al final, con un poco de gracia (y hasta de humor) iba a caer siempre de pie, sin importar los tropiezos que tuviera en la vida.
Ya estando en la Ciudad de Cali, Fernanda sentía que el aire era demasiado denso, y que no podía respirar; igualmente sus mejillas permanecían rojas por el calor, pero es como si el filtro gris, con el que veía Bogotá, de repente se hubiera deshecho; observaba un poco asustada, como la gente iba saludándose a gritos, como pasaba una señora de tez morena, con un balde de frutas gigante en su cabeza, y como el sonido de la música tropical estuvo presente en cada esquina de camino a la casa de su tía… El recibimiento de su tía fue el más alegre que haya visto; su casa era enorme, con mucha luz, con muchas habitaciones, un patio gigante, y en un barrio en el que habían muchos niños jugando a la pelota; todo era nuevo para ella; Tuvo la impresión que el aire olía a dulce, lo cual tenía bastante sentido, ya que en esa provincia, se procesaba un alto porcentaje del azúcar, que se consumía en el resto del país. La Cali de esa época, decaía algo, mientras decaía el narcotráfico también; tenía una rivalidad especial con Medellín, que era el centro de operaciones, del mayor narcotraficante de la historia de ese país. Cali tenía sus propios carteles, con sus propios criminales, que peleaban cada territorio de formas violentas; era muy común en aquel entonces, estar departiendo en lugares públicos, y que de repente, todo quedara silenciado por el estruendo de las balas, por este motivo, sus tíos poco frecuentaban bares, discotecas, o restaurantes en aquel entonces, porque las balas perdidas, rodeaban esa ciudad; no obstante, era como sí a pesar de esa estela de muerte, Cali respirara vida, bajo la mirada del Gran Cristo Rey, que mantenía para siempre, sus brazos extendidos a quienes como Fernanda, huían de su realidad.
Fue un Diciembre particularmente especial: Fernanda hizo amigos rápidamente en la cuadra de su tía: Con las chicas en las tardes jugaban muñecas, practicaban salsa, preparaban improvisados postres, y jugaban a timbrar y a correr en casas contiguas; era habitual que en aquel entonces, mantuviera con sus rodillas llenas de costras, por las caídas, tras correr todas las tardes; pero fue un mes feliz, hasta que un día, recibió el llamado por teléfono de su padre a la casa de su tía; No supo qué decir, ni qué contestar ¿Cómo le explica uno a un ser humano que está huyendo de él, porque no quiere que lo lastime más? Independiente a como hubieran ocurrido las cosas, Fernanda sabía que en algún momento, tendría que volverlo a ver, y explicarle porqué lo que hizo, le dolió tanto, pero, también es verdad, que no siempre había que explicarles a las demás personas, la obviedad de sus acciones; tras tomar la bocina del teléfono, Fernanda entró en una especie de shock, sintió como se le calentaba la cara y la cabeza y de repente, la sangre se le vino a chorros por su nariz…No logró articular ni media palabra, su tía tuvo que tomar el teléfono para explicarle al padre de Fernanda lo ocurrido, y para pedirle que se comunicara en otro momento; conociendo como era su papá, Fernanda sabía que no iba a parar hasta poder hablar con ella, y que debió quedar demasiado intranquilo con su reacción, dada la sobreprotección que ejercía sobre ella; su madre la llevo al lavabo para intentar parar la hemorragia, aplicando agua fría en su cabeza y en su frente; tras haberse tranquilizado un poco, la madre de Fernanda, con mucha dulzura, le explicó que eventualmente iban a tener que regresar a Bogotá, y enfrentar a su padre, y lo que sería la vida sin él; Igualmente, le advirtió que iba a tornarse un poco complicado todo, dado a su carácter, pero que todo iba a estar bien, sí permanecían juntas. Fernanda sabía que se acercaba el próximo año escolar, que entraría a tercero de primaria, y que probablemente seguiría en el mismo colegio de porquería, por decisión de su padre: Otra vez la madrugada, el frío, la neblina.