El regreso a la realidad

2299 Words
Transcurrieron unos minutos, y el teléfono volvió a sonar -          Hola? – Resopló Fernanda -          Hola tesoro, ¿cómo estás? ¿Ya estás mejor? ¿Cómo te sientes? ¿Necesitas algo? Mira, envié un dinero a tu madre, para que te compre algo de ropa, para el 24 y el 31 de diciembre… Te he extrañado, hija, ¿Sabes? – Exclamó su padre -          Si papi, estoy bien, no te preocupes, no necesito nada ahora – Exclamó Fernanda, recordando que su padre había perdido su empleo hace poco. -          Pronto nos vamos a ver, y te llevaré a comer las hamburguesas que tanto te gustan –Replicó su padre, de manera entusiasta -          Está bien papá, no te preocupes por nada, yo estoy bien – Fue lo único que ella realmente atinó a decir; Era muy frecuente que Fernanda fuera muy elocuente con otras personas, pero con su padre, siempre se agotaban las palabras; no sabía muy bien qué decir, para de pronto no cometer una torpeza, y hacerlo enojar, para luego, como era obvio, sentirse como tonta. La realidad golpeó por un momento las “vacaciones de todo” que estaba teniendo Fernanda; parte de enfrentar a esa realidad, era enfrentar a su papá; nunca se sintió lo suficientemente valiente para hacerlo, le temía: Temía su reacción, que la lastimara con sus palabras. Ella sabía que la amaba con todo su corazón, pero entendía que no sabía cómo amar, o que al menos, no entendía la forma como expresaba su afecto, y que difícilmente los dos se iban a poder comprender el uno el otro. – Y bueno, tal vez mi misión en la vida, sea tratar de hablar el idioma que hablan los demás, para poder entenderlos – Pensó en aquel instante. Llegó el 24 de Diciembre, y con él la gente se agolpaba en las calles, a comprar ropa, juguetes, comida, como sí se fuera a acabar; era un rasgo particular de esa idiosincrasia: comprar como sí no hubiera un mañana. Esto le parecía muy divertido a Fernanda, porque así como en el pueblo de su madre, la gente cerraba las calles, para bailar entre vecinos, jugar con pólvora y compartir las cenas que se preparaban en las distintas casas de la misma manzana. Sin embargo, ella se sentía nostálgica, porque era el primer Diciembre sin su padre…Probablemente habría ido a casa de su abuela materna, o tal vez se habría quedado solo en casa, lo que hacía que sus ojos se llenaran de lágrimas; fue en ese momento cuando Fernanda entendió que su padre era uno de los amores más grandes que había sentido a su corta edad, pero también un amor que dolía, y que al tenerlo cerca, podía dañarla; igualmente comprendió que las personas pueden llegar a ser complejas, que pueden sentir amor, pero no saber amar, y que muchas veces no comprendes, únicamente te limitas a querer una persona, a pesar de todo. Aquel 24 de Diciembre, Fernanda bailó, compartió, comió demasiado, y se permitió sentir el vacío de no estar con su padre; quizá serían las últimos días felices, antes de empezar todo desde cero. Durante aquella época decembrina, su madre cambió radicalmente su aspecto; dejó de lado los sacos que le cubrían hasta el cuello, y las faldas muy largas; era necesario, además, porque el calor sofocante de aquella región, le impedía vestirse con los lúgubres atuendos con los que vivía ataviada en la Capital; la madre de Fernanda era físicamente muy distinta a ella: era una mujer morena, espigada, con cabello tupidamente rizado, que le permitía muchas veces lucir el popular look “Afro”; sin embargo tenía rasgos faciales muy finos, y su inusual belleza, le permitió ser modelo de tallaje de varias marcas, durante mucho tiempo. Era todo lo opuesto a su padre: Su padre era un hombre muy apuesto, de cabello castaño, tez muy blanca, ojos verdes que solían cambiar a color amarillo, cuando se enojaba (que era casi todo el tiempo) y un poblado bigote; Fernanda tendía más a parecerse a su padre, pero mucho más que a él, a su abuela paterna; se dijo por mucho tiempo en la familia, que no había nadie tan parecida a ella, como Fernanda, y que por algo fue su nieta favorita durante el tiempo que duró aquel fallido matrimonio. Por primera vez, en mucho tiempo, Fernanda vió que su madre traía sus brazos y sus piernas descubiertos, y se sintió afortunada de tener una mamá tan bonita. Sin duda, la madre de Fernanda, había adquirido una fuerza y confianza en sí misma, inusuales, y parecía como sí estuviese preparando de todas las manera posibles para una suerte de batalla; de repente toda la fuerza y carácter bravío de sus ancestros centauros, (y que había ocultado por casi 12 años de matrimonio) salía a aflorar en ella; y no era que necesariamente, se hubiese convertido en una mujer ruda, o agria. Todo lo contrario: Seguía siendo la mujer dulce que Fernanda siempre amó, pero con unos nervios de acero, como una especie de Magnolia de hierro. Fernanda le tomó muchos años comprender el sacrificio que su madre había hecho por ella y su hermana, y, fingiendo ser débil, cuán fuerte era mentalmente: era una especie de roble, que a pesar de muchas tormentas, y a pesar de muchos huracanes, mantuvo intactas sus raíces en tierra, y se mantuvo indestructible por años. Llegaron así, los primeros días de Enero, y en Febrero, empezaba el calendario escolar; Fernanda no sabía sí continuaría en el mismo colegio de gente horrible, o sí a lo mejor entraría a otro colegio, en donde probablemente nadie la conociera, donde nadie notara que existía o que respiraba; era lo que siempre esperaba cuando llegaba a un entorno distinto. Igualmente, no sabría cómo estaría dispuesto el tema económico en su casa, esto debido a que dependían completamente de su padre, y éste, a su vez, no permitió durante el matrimonio, que su madre trabajara; ella como pudo y a escondidas tomó clases de modistería, consiguió una máquina de coser, y hacia costuras, para manejar algo de independencia. A mediados de Enero de año nuevo, su madre decidió volver a la que era la vivienda familiar; como era natural, y a raíz de la liviandad del aire en Bogotá, Fernanda cayó enferma un par de días; y es que el panorama de aquel departamento no podía ser peor: Era como sí hubiera sido un balneario durante unos meses: Habían botellas de licor, colillas de cigarrillo, restos de labial; todo parecía indicar que su padre festejó el hecho de que ellas se hubieran marchado, y ya no estaba en la casa para ese momento, lo más probable es que se haya marchado a donde su abuela, porque no sabía cocinar, y tampoco habían alimentos en la despensa, por suerte, no había cambiado las cerraduras y ellas pudieron ingresar normalmente. A Fernanda le deprimía un poco que su padre festejara que ellas ya no estuvieran, como sí todo ese tiempo, hubieran sido una especie de atadura, para vivir la vida que realmente quería vivir…Tal vez, de golpe, no sintió la ausencia de ellas. Su padre, no sabía aún que habían regresado, hasta que su madre, con ayuda de un abogado, envió los documentos para solicitar el divorcio; Fernanda sabía que su madre estaba completamente determinada a terminar la relación con su padre, y conociendo el carácter terco y algo agresivo de su padre, probablemente, lo que se desataría sería una guerra por la custodia de ellas, por el patrimonio familiar, y por cada cosa que hubieran podido construir como pareja. Se avecinaba un tiempo muy difícil porque probablemente, Fernanda iba a conocer un lado que desconocía de sus padres; era consciente que su madre había sido víctima de muchas situaciones, y que probablemente llevaba a cabo esta afrenta desde el dolor; sin embargo, Fernanda consideraba justos sus reclamos; nunca pudo entender muy bien la manera de obrar de su padre, y cuáles fueron sus motivos para buscar a otras mujeres. De cualquier manera, nunca se lo iba a explicar; De igual forma, Fernanda no consideraba con sus ya casi  ocho años, que optara por irse a vivir con su padre, ya que, aunque lo amaba con todas sus fuerzas, entendía que necesitaba los cuidados, dulzura, y disposición de su madre para resolver todos los asuntos; sabía que para ayudar a su madre, debía empezar a asumir otros roles y responsabilidades, y que debía asumir una parte de la crianza de su pequeña hermana, después de todo, su hermana era el regalo que siempre había esperado, y haría todo lo que estuviera en sus manos, para que se sintiera amada y protegida, sin importar que aún ella misma, fuera aún una niña, y olvidando que ella misma iba a necesitar sentirse amada y protegida;  pero eso era lo menos importante en este momento, se trataba de resistir una tormenta que duraría años probablemente, y ella se prometería ser tan fuerte como su madre y su hermana lo requirieran. Pasaron un par de días, su madre se encontraba organizando aún el desastre dejado por su padre, cuando alguien azotó la puerta a puntapiés. Su hermana lloró con desesperación, mientras que los rostros de ella y su madre palidecían por lo inesperado y violento del gesto. Se trataba de su padre, quién venía, para variar, de mal genio, con una bolsa gigante de pasteles, y en actitud de “regañarles” por haberse atrevido a irse; pero la actitud de su madre fue muy distinta: Se enfrentó a él, y pronto empezaron a discutir; se gritaron cosas que resonaron en el interior de Fernanda: palabras muy duras, sin rastro alguno de empatía; solo se dejó entrever de todo el violento diálogo, que se llevaría el caso ante la justicia, porque su madre reclamaría el departamento y la manutención, y era este, un reclamo totalmente  justo: La madre de Fernanda, con mucha dificultad, iba a encontrar un empleo tras doce años, de no haber ejercido, porque precisamente su padre, se lo había prohibido; sin embargo, y apelando a su tozudez, su padre se iba a negar hasta el final a hacer lo que la madre de Fernanda había solicitado, porque consideraba que lo habían desafiado, y que además se encontraban cuestionándolo, y eso es algo que él, no iba a permitir, ni mucho menos, iba a aceptar en ese punto de su vida, que quizá, sí pudo haberse equivocado; pero, son ese tipo de equivocaciones, las que pesan el resto de la existencia. Enfurecido, su padre dejó su departamento, sin si quiera despedirse; nuevamente azotó la puerta; Fernanda se abalanzó sobre los cupcakes que había llevado su padre, porque había sido una semana racionando la comida; su madre no había logrado mercar, y le avergonzaba pedir dinero a su familia, después del respaldo que había recibido; tenían muy poco para comer, y básicamente, era la primera vez que Fernanda había experimentado el hambre; de cualquier manera, ella no se quejaría porque era consciente de lo que estaba pasando, y que su madre fingía ser fuerte, pero sabía que su corazón y sus ilusiones se encontraban completamente rotos. Su madre llevaba mucho tiempo manteniéndose mentalmente fuerte, para soportar los embates de su padre, pero sí se derrumbaba en algún momento (cosa que jamás ocurrió), ella lo entendería, y no diría nada, simplemente iría a secar sus lágrimas, y a recostarse en su regazo. Fernanda no entendía cómo su madre era tan fuerte, y como resistía tanto; eventualmente, antes de irse a dormir, ni ella misma podía soportar, y acudía a sus lágrimas, porque a veces, sentía que la situación la quebrantaba, después de esto, sentía una especie de alivio, que le permitía descansar. Desde ese punto de su vida, Fernanda asumió que amar, implicaba resistir, pero a veces, implicaba aguantar; errónea o no, era la manera que había aprendido, y el haber abrazado ese tipo de creencias, derivó muchos años después en otros daños. Las intervenciones del padre se hicieron más frecuentes, y mayores las discusiones con su madre; un día, su padre, quien aún conservaba las llaves del departamento, decidió entrar a sacar algunos de los enseres de la casa, como el televisor que había comprado algunos meses atrás, con tan mala suerte, que ese día su madre lo encontró en el trayecto del conjunto cerrado, a su coche…La discusión había salido de la puerta de su casa, a la calle, directamente; su madre, en un acto de impotencia, decidió atacar el coche; Fernanda, solo veía desde la ventana, y lloraba porque temía que alguno de los dos, saliera lastimado; se preguntaba sí todo el tiempo que durara el divorcio, iba a ser así, y tenía que ver una y otra vez ese desastre; cada encuentro desafortunado, ahondaba una especie de hoyo en el corazón de Fernanda, y era algo de lo que no se atrevía a hablar con nadie; no era justo quejarse de nada, porque su madre la estaba pasando mucho peor, y ella debía cuidar de su hermana, y ser eficiente. El episodio del padre de Fernanda, huyendo con algunos muebles de la casa, fue castigado con su madre, interponiendo un sinnúmero de demandas y solicitando el embargo de parte de su sueldo, porque para ese entonces, él ya había conseguido un empleo, y no solo eso, de su anterior trabajo, tras haber trabajado a lo largo de treinta años, había recibido un dinero considerable. Adicional a lo anterior, por desgracia, Fernanda continuaría estudiando en el mismo colegio, y debía sobrevivir a su nuevo hogar, y a su ambiente escolar. Su familia empezó a desintegrarse, al menos tal y como ella la conocía. Por otra parte, empezaba un año complicado, en el que ocurrirían muchas cosas en su entorno.
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