—¿Cómo está mi madre? —pregunto a tía Rosy cuando llegamos al hospital. —Acaba de visitarlo el médico. Las noticias no son alentadoras, Alicia —responde—.Está peor. Es cuestión de... horas. El corazón me da un vuelco. —¿De horas? Tía Rosy aprieta los labios y asiente y tía Emilia rompe a llorar detrás de mí. —Ha preguntado por ti —me dice tía Rosy—. Quiere verte. —Voy a entrar a verla—digo. —¿Quieres que entre contigo? —me pregunta Alessandro. —Sí, por favor. Sonrío. —Mamá—la llamo en tono dulce. Ella gira el rostro y abre los ojos lánguidamente cuando escucha mi voz. Me da la impresión de que ni siquiera tiene fuerzas para levantar los párpados, y creo que no me equivoco. —Mi pequeña Alicia—suspira esforzando una sonrisa a través de la máscara de oxígeno. —Buenos días —digo.

