—Mamá, mamá—la llamo en cuanto entro en la habitación.Tía Rosy está a su lado, junto a un médico y a la enfermera que minutos antes había acudido a tomarle la tensión y la temperatura—.Mamá… —vuelvo a llamarla al acercarme a la cama. No reacciona. Tiene los ojos cerrados, pero su pecho aún sube y baja, aunque lo hace muy despacio, con un movimiento casi inapreciable. Tía Rosy se vuelve hacia mí con la mirada devastada por el llanto. Se lleva una mano a la boca. Es el final. —Alicia… —susurra mi madre. El corazón me salta al oír su voz. —Sí, mamá, estoy aquí —le digo, tomando rápidamente la mano pálida y temblorosa—. Estoy aquí. La boca de mi madre se abre dibujando una sonrisa en los labios al sentir el cálido contacto de mi mano. —Gracias por haber venido a verme —dice sin aliento—.

