El camino de vuelta a Santa Clara lo hacemos prácticamente en silencio. Los ánimos de ambos parecen estar en horas bajas y ni Alessandro ni yo estamos por la labor de romper esta inquietante y, por momentos, insoportable calma. Quizá la prefiramos antes que discutir. Sumida en mis pensamientos, no paro de preguntarme por qué él está tan molesto, por qué le ha sentado tan mal que le dijera que no somos amigos, que nuestra relación se basa en las cláusulas de un contrato, cuando él fue el primero en dejarme claro cómo eran y cómo debían funcionar las cosas entre nosotros. Recuesto la cabeza en el reposacabezas del auto, cierro los ojos y dejo que el sueño me venza. Cuando me despierto, la melancólica penumbra del anochecer inunda el cielo y bajo él, la silueta de Santa Clara se dibuja en el

