Me despierto cuando los primeros rayos de sol comienzan a pasar atravez del cristal. Me levanto y me miro en el espejo del baño; tengo los ojos rojos e hinchados de llorar. Suspiro mientras me contemplo fijamente durante unos segundos. ¿Dónde me he metido?, me pregunto con una punzada de angustia en el corazón. Y lo peor, ¿cómo voy a salir? Sacudo la cabeza. Me acerco a la puerta de la habitación y trato de detectar algún sonido al otro lado, pero no hay más que silencio. Lo que agradezco, porque no quiero encontrarme con Alessandro aunque soy consciente de que en algún momento será inevitable. Voy a la cocina y, mientras me preparo el desayuno entre las tonalidades pastel que se pintan en el cielo, siento que la casa se me cae encima. De pronto me siento pequeña e insignificante. El int

