Tras haber gestionado muchas crisis políticas durante su estancia en Washington, las repercusiones se desplegaban en su mente con una claridad brutal, casi cinematográfica: los titulares del escándalo, el fin de su carrera, la destrucción política de su padre, los rumores venenosos de su familia, amigos y colegas —traidor racial, amante de los negros—, la ruina total del apellido Lockwood. ¿Y para Donnell? Sería mucho peor. No solo perdería su trabajo; se convertiría en un blanco fácil. El "n***o hipermasculino" que profanó a la princesa sureña. Los medios conservadores lo perseguirían con horcas. Lo destruirían. Su corazón latía frenéticamente contra sus costillas. A pesar de lo que sentía por él, de cómo se habían vuelto cada vez más cercanos en las últimas semanas, ahora, a la fría luz

