7.
Al día siguiente, me enteré que ni siquiera Chávez había podido hacer un informe completo. Las versiones de cada uno de nosotros tenían sus variaciones, casi se podría decir que habíamos alucinado cada quién con algo diferente. Pero las tres versiones concordaban en un punto crítico. Que el paciente había mutado en un monstruo, delante de todos nosotros.
Aquella noche redacté un informe donde describía los síntomas observados en el caso Rodrigo, sin mencionar sus cambios de expresión y refiriéndome con mucha precaución a “muecas inusuales” y “mirada de intenso miedo”
Romina y yo sacamos de ella muchas copias que enviamos por correo a todos los médicos del Gran Buenos Aires. Yo misma realicé personalmente una discreta investigación entre los hospitales, en busca de los mismos efectos. En la carta preguntaba si los médicos habían tratado a pacientes con síntomas similares, y, en caso afirmativo, rogaba que dieran detalles, nombres, direcciones, ocupaciones y cualquier otra indicación interesante, siempre bajo la tela del hermetismo, por supuesto, y del secreto profesional. Yo alardeaba de que mi reputación era incuestionable y era en ese momento cuando podía usarlo aquello a mi favor.
Varios días después, como respuesta, recibí la visita de un colega que no era de mi completo agrado, sobre todo porque hace unos cuántos años, antes, antes de que conociera a mi ex novio, mi colega y yo habíamos compartido cama.
Ernesto Gamboa era un hombre casado y yo lo sabía, pero no en un principio. Nos conocimos en un seminario en Mar del Plata, él se sentaba a lado mío y comenzó a coquetear conmigo, como en esa época andaba soltera, no le vi el inconveniente, él decía que andaba mal con su esposa, que en cualquier momento se divorciarían, hasta que, tiempo después, descubrí que nada de eso era cierto, que su mujer estaba pasando el quinto mes de gestación y que para la primavera nacerían un par de gemelas. Pero eso no lo era todo. Me enteré que su mujer lo idolatraba, eso me mató, y me dije a mi misma “ Con Ernesto ya no voy ni a la esquina”
Y decidí mal, que bien cortar lo que teníamos de una. Y dejé de verlo, lo esquivaba y le mandé al demonio por llamada. Pero en ese momento, Ernesto Gambia era el único que aseguraba que había visto algo semejante, y olvidándome de nuestro pasado no dudé en ir a recibirle.
Gamboa me esperaba en los pasillos.
En cuanto me vio sus ojos querían traspasar mis ropas, quería desvestirme como las veces que nos veíamos en privado, pero yo en ese momento, ya había olvidado las ganas que alguna vez le tuve y y apenas le dirigía la mirada solo lo necesario para no pasar por grosera.
Gamboa se controló y enseguida comenzó a narrar lo que le había tocado ver con sus ojos:
—El fallecido era de agradable rostro —comenzó a contarme, con el mismo aire de autosuficiencia de siempre—. No parecía sufrir dolor; pero al comienzo de la enfermedad me sentí estremecido por el terror tan intenso de que daba muestras lo fijo de su mirada. Era como una pesadilla despierta. Indiscutiblemente, él estuvo consciente hasta la muerte. La morfina, en dosis casi letal, no produjo cambios en este síntoma, ni tampoco pareció tener efecto alguno sobre el corazón o la respiración. Más tarde el terror desapareció, dando paso a otras emociones que no me atrevo a describir en este informe, que te he traído por si te sirve de algo, pero que te compartiré si así lo deseas.
—Sí, por favor, hazlo, Gamboa —le dije—. Apreciaré mucho lo que me compartas de tu experiencia…
—Solo debo pedirte máxima reserva ya que no me gustaría que mi nombre se vea mezclado en asuntos de esta clase…
—Quédate tranquilo que lo que me compartas, no saldrá de mi boca, y no involucraré en nada que no quieras formar parte —le dije para que se quedara tranquilo. Gamboa aceptó de buena gana y continuó:
—El aspecto del paciente fallecido tras la muerte era peculiarmente inquietante, pero, nuevamente, prefiero hablar de ello antes que escribirlo en este informe.
Podía verle dudando y, después, rendirse a la necesidad de liberar su alma.
—He dicho que el paciente estuvo consciente hasta la muerte —lo dice como si fuer una necesidad sacarlo de su boca— ¡Lo que trato de decirte, es que estoy completamente seguro, y lleno de convicción de que mi paciente estuvo consciente después de la muerte física! Es de locos…
Asentí con cierta satisfacción, lo admito. Al ver que lo tomaba con la seriedad del caso, Gamboa se animó para continuar.
—Lo que te voy a compartir no lo leerás en ningún informe que yo haya firmado con mi nombre… Andrea… vi que mi paciente sufría de una metamorfosis…
—¿Las uñas presentaban algo extraño? —indagué para ver similitudes entre mi paciente y el suyo.
—Sí. Vi con estos ojos que tengo, el momento en el que le crecían hasta adoptar una especie de garras…
—¿Y su boca?
—Tenía colmillos… ¡Reales!
Gamboa hizo una pausa y se dio cuenta que se estaba descontrolado ante el recuerdo de su experiencia. Y volvió a adoptar la apariencia arrogante de siempre. En ese momento supe que ya no me diría nada más sobre el tema que al igual que a mí, lo tenía trastornado, pero él no lo admitiría jamás. Su tremendo ego se lo impedía.
—No es lo que se ve a diario. En fin. Eso es todo —dijo, pero yo no me lo creía, pero no iba a jalar del hilito, no quería que se sintiera amenazado ni interrogado y decidí que era mejor bajar la tensión cambiando de tema.
—¿Cómo están las nenas?
—Uf, ya grandes… son mi vida, Andrea…
—Me alegro por vos, Gamboa… Saluda a tu esposa de mi parte.
Gamboa se marchó y yo me quedé con más interrogantes. No deseaba atender a mis otros pacientes, comenzaba a sentir una obsesión desmedida sobre el caso extraño que había presenciado yo.