6.

1209 Words
6. Es difícil expresar con palabras la impresión desagradablemente y aterradora que me había resultado todo lo ocurrido aquella noche. Bellamy me dejó en la puerta, luego de una breve despedida entré, no recuerdo nada más. Pero cuando desperté, la sensación de la pesadilla aún persistía en mí, aunque con menor intensidad. Descubrí que el teléfono sonaba sin parar. Sabía que era Marco, mi ex novio. No era la primera vez que insistía con comunicarse conmigo, luego de que le congelara las tarjetas de crédito que yo, había puesto a su completa disposición. A ese nivel llegaba el amor ciego que le tenía. Pero lo que me sorprendió al despertar fue comprobar que ya no tenía las ganas irremediables de levantar la bocina del teléfono y decirle que le perdonaba el haberme puesto los cuernos y por haberse acostado en nuestra cama con otra. Bajé a prepararme algo para el desayuno, aunque claro, eran las tres de la tarde no las nueve de la mañana. Había cambiado de turno y el cambio afectaba en gran medida a mi organismo. Exprimí unas naranjas y tomé del jugo de una. Siempre había preferido los sabores ácidos sobre los dulces o salados. De niña solía dar un espectáculo comiéndome docena de limones sin siquiera lagrimear, esas sí que eran las mejores épocas de mi vida, todos me conocían como Andrea, la de los limones, sobrenombre que en la adolescencia comencé a odiar, porque todos asumían que se debía a la talla de mi busto. Imaginarás mi cara cuando escuchaba que decían de mí: “Mira, allá va Andrea la de los limones…” Entonces los ojos de todos los chicos, guapos y feos, se dirigían directamente a mi busto, para comprobar si era cierto, y claro, se llevaban la sorpresa de que no eran unos limones lo que tenía por delante, pero en ese momento no sabía el por qué andaba recordando esas épocas de mi vida, quizás es mi mente que trata de que ignore el sonido del maldito teléfono. —Sufre, Marco, sufre, aunque sea porque te hace falta mi dinero… Fui hacia el teléfono... —Maldita sea, maldita yo… por… —me maltrataba a mí misma por ser débil, mientras alzaba la bocina del teléfono y escuché decir: —Alo, doctora Roseu... Pero, para mi sorpresa, no se trataba de mi ex novio. Quién llamaba era Robert Bellamy. Mi cuerpo se estremeció por lo que había pasado esa noche en el hospital. ¿Qué podría querer de mí el señor Bellamy? Temía por lo que fuera a decirme, ya que era después de todo un mafioso. Contesté de todas formas. —Buenos días… —saludo y luego me doy cuenta de mi error— ¡Oh! Perdón, buenas tardes, sí, porque son las tres de la tarde… —dije sin darme cuenta que estaba balbuceando, después de todo, acababa de despertarme, y aún tenía sueño para rato. —Doctora Roseu, disculpe que me tome la libertad de llamarla a su domicilio —dijo Bellamy, también con un tono cansado similar al mí, quizás no había podido conciliar el sueño, ni yo podría, si estuviera en sus zapatos, pero yo arrastraba un insomnio, y quizás por eso caí rendida en cuánto me tumbé en mi cama y dormí como un bebe. —No se preocupe… —le dije siendo lo más amable que podía— ¿En qué puedo servirle? —Me gustaría que charlemos, ¿le parece bien si la invito a beber café? —Por mí, no hay problema, dígame cuándo y yo estaré —contesté, sacando un papel del blog de notas para anotar la cita. No sé en dónde había ido a parar mi celular, nunca lo tenía cerca cuando lo necesitaba. Siempre me pasaba lo mismo, por eso tenía a la antigua, un blog de notas, si es que llegara a necesitar anotar algo. —Perfecto —contestó Bellamy y acotó—. Mis hombres la esperan en la puerta de su casa… salga cuando esté lista. Me parecía un gesto algo fuera de lugar que ya tuviera a su gente esperando en mi puerta, iba a mencionarlo en cuanto pudiera. Como ya había aceptado fui a darme una rápida ducha. Me puse unos jeans que ya no me quedaban tan bien como hace unos años, y una holgada remera. Me pregunto qué pensaría de mi atuendo el señor Bellamy en cuanto me viera. Me dejaron subir al carro dos hombres, a ninguno había visto con anterioridad, sin embargo, vestían con el mismo estilo que los de la noche pasada. Me llevaron a una casa apartada, era uno de esos palacios que uno solo puede ver la parte de afuera, y en una de esas revistas de cultura. Ese era el hogar de Robert Bellamy. Lo supe porque en medio de la sala tenía un cuadro tamaño descomunal de él en una pose como de los reyes del medievo. En el cuadro, Bellamy sujetaba una copa de vino tinto, y en la otra, tenía la mano de una mujer muy bella, debo decir que la mujer estaba como vino al mundo. Solo sus largos rulos oscuros cubrían la a*****a de sus pechos. A pesar del desnudo, el cuadro era una obra de arte. No sé mucho de arte, pero ese cuadro era sumamente bello. Y debido a eso, Bellamy me parecía mucho más interesante que la noche anterior. —Gracias por venir, doctora Roseu —Bellamy me agradeció al verme. Entró vestido con sencillez, tenía, al igual que yo, unos pantalones de casa y una camisa con mangas cortas, y en efecto, tenía las mismas ojeras que yo, aunque en él, una pálida sombra de barba lo disimulaba bastante bien. —¿Tuvo noticias de su amigo? —sonó como si fuera sarcasmo, pero estaba lejos de serlo. Bellamy se dio cuenta. —No nada, pero necesitaba hablar con una de los testigos… —dijo—. Pase, acomódese a mi lado. Necesito que me cuente lo que ha visto anoche… Me senté justo a un costado de él, dejando dos asientos libres. El sofá era comodísimo y dejaba atrás al que yo tenía y apreciaba en casa. —Vi lo mismo que usted, Bellamy —le contesté. —Eso no lo sé, pero quiero que me lo cuente como si yo no estuve ahí… ¿puede hacerlo, doctora? No tenía idea a qué quería llegar, pero acepté, le conté cada acto, cada reacción, hasta terminar con el desenlace de toda esa tragedia surrealista. Bellamy luego suspiró y se tomó su tiempo para desfogarse conmigo. —Lo único que sé es que, hasta hace dos días, mi querido Rodrigo era una persona normal… y luego ya no. Es lo que ocurre, si nos ponemos a meditar sobre todas esas veces que la vida nos da un giro radical, antes yo era feliz, creyendo que tenía al amor de mi vida, pero todo mi mundo cambió de la misma manera que para Bellamy. Y en esos arranques depresivos, comencé a creer que quizás ambos nos lo merecíamos; yo había perdido a mi novio, y él a su amigo, por ser personas egoístas, pero no tenía ganas de decir lo que pensaba. Bellamy estaba destruido por dentro.
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