4.
Le revisé los dedos, no había indicio de que le hubieran crecido repentinamente las uñas, como me dijo Bellamy. Pero la expresión del rostro de Rodrigo aún parecía mirar a través de mí y dentro de sí, parecía que podía ver mis miedos, mis vergüenzas y mis pesares, pero en ese momento, parecía que adquiría su mirada, algo de perversa expectación, tan perversa que, involuntariamente, eché una mirada por encima de mi hombro para ver si algo podría estar detrás de mí.
Al comprobar que no era así, que no había nada me sentí torpe. En ese momento, uno de los hombres de Bellamy se sentó en el rincón, vigilaba cualquier cosa que pareciera fuera de lugar. El otro se sentó, imperturbable, a un lado de la puerta.
Romina y la enfermera Wendy estaban al otro lado de la cama. Los ojos de ambas, permanecían fijos, con horrible fascinación, sobre el rostro de Rodrigo. Y entonces vi a Romina volver la cabeza y recorrer con la mirada la habitación tal como yo había hecho antes.
—Esto está mal… —dijo Romina y luego aclara—. No sé por qué lo digo, solo sé que es así… Andrea…
Su voz se tornaba menos imparcial, menos profesional. Eran pocas las veces que Romina me llamaba por el nombre, en el trabajo. Y yo comenzaba a temer que tuviera razón…
De repente, los ojos enrojecidos de Rodrigo parecían tomar conciencia de toda la habitación, y parecían llenos de un gozo demencial.
Retrocedí.
Romina y la enfermera Wendy permanecían en sus lugares.
Aquella alegría en la cara del paciente, no era demencial sino diabólico. Me parecía más la mirada de un demonio que ha estado exiliado del infierno por un largo tiempo, al que, súbitamente, se le ordenaba que regresara.
Sé perfectamente lo fantásticas y poco científicas de mis apreciaciones, pero no puedo describir de otra manera aquel extraño cambio que vi en su rostro.
Entonces, de improviso, aquella expresión desapareció y el terror y el horror de antes volvieron. Solté un suspiro de alivio, era como si sintiera que alguna presencia maligna se había retirado. Vi que la enfermera Wendy estaba temblando.
—¿Qué tal si probamos con otra inyección? —preguntó Romina, esta vez con una voz apagada, ajena a ella.
—No —le dije—. Quiero que vigiles el progreso de esto, sea lo que sea, nada de drogas. Regreso al laboratorio. Vigila de cerca hasta que regresen.
Luego de darle indicaciones, volví al laboratorio. Chávez levantó su mirada hacia mí.
—Ahí estás Andrea —me dijo.
Chávez me llamaba por mi nombre siempre que nos encontrábamos a solas, lo hacía desde hace cinco años, desde que en una fiesta de año nuevo, nos embriagamos tanto y ambos terminamos en la cama. Tuvimos sexo desenfrenado, pero él terminó enganchándose de mí. Yo no quería saber nada de relaciones largas ni otros problemas. En esa época, lo vi llorar pidiéndome una oportunidad para demostrarme que podía hacerme feliz, pero por entonces, la idea no me llamaba, y Chávez casi renuncia a su puesto en el hospital, por mí. Mi amiga Romina decía que me amaba de verdad, y que seguramente, su sufrimiento me había traído la desgracia de enamorarme del canalla de mi ex novio… en fin. Ahora Chávez ha dejado en el olvido esos días, y por su bien, ha dejado de amarme, o es lo que prefiero creer. Y siempre que nos reunimos, evitamos quedarnos a solas.
—Sobre tus análisis —me dice Chávez, sacándome de mi ensimismamiento, con un tono cordial y amable—. Nada anormal, hasta ahora. Tu paciente cuenta con una perfecta salud, cosa extraña hoy en día. Claro que sólo se trata de los resultados de las pruebas más simples.
Asentí, regresando al asunto que me llevaba a verle.
Tenía la mala sensación de que las demás pruebas no mostrarían nada fuera de lo normal. Estaba decaída. Me sentía más afectada de lo que pretendía confesar. Aun así, todo ese misterio me tenía expectante, hacía que me sintiera viva de nuevo, luego de semanas que mi vida y mi cerebro se iba de picada, ese caso me daba una razón de ser. Aunque, por otra parte, parecía más una pesadilla en que uno se encuentra ante una puerta que debe abrir, ya que es de importancia vital, pero no puede, porque no sólo no tiene la llave, sino que no encuentra la cerradura. Había descubierto que concentrarme mientras trabajaba con el microscopio me permitía pensar con mayor tranquilidad en los problemas. Por eso tomé algunas muestras de la sangre de Rodrigo y comencé a estudiarlas, sin esperanza de encontrar nada sino sólo para ejercitar otra parte de mi cerebro.
Estaba con la cuarta placa cuando, fui consciente de que lo que estaba viendo era normal, y que no encontraría nada. Para entonces ya estaba segura de aquello.
De la nada la imagen de Bellamy se me presentó en la mente.
Bellamy era un hombre distinguido, sus formas y sus tratos, me preguntaba qué lo habría llevado a meterse en el bajo mundo, seguramente el dinero fácil, porque hay que ser sinceros, el dinero mueve al mundo, y por dinero muchos matan.
—¿Todo bien, Andrea? —me preguntó Chávez, de súbito.
—Eso parece… parece que no encontraré nada… —le digo.
—No lo digo por eso, me refiero a tu vida…
—Ah, eso…
En ese momento sonó el teléfono del laboratorio. Chávez lo cogió, y por fortuna para mí, no tuve que contestar su pregunta.
—Es Romina. Quiere que vayas lo antes posible.
—Sigue investigando —le dije, y me apresuré a ir a la habitación de Rodrigo.