Capítulo 9.1

1583 Words
Durante ese tiempo, empecé a conocer mucha gente, no sólo mujeres, mi círculo social se amplió de manera impresionante, pasando a ser casi tan conocido en mi carrera como lo era en mi colegio, y precisamente por lo mismo, por malos comentarios. Eso que tanto había tratado de evitar, había vuelto a suceder, había llegado a la misma conclusión, pero de manera diferente, caí en el mismo sitio, pero ésta vez con más estilo. Me había creado una fama en mi facultad de ser un tipo mujeriego, que, si bien lo era, la fama me la había creado no por las mujeres con las que realmente salía y me daba el tiempo de conocer, sino por aquellas a las que simplemente les había hablado un par de veces. Lidiando con esa mala fama apoyándome en mi buen humor, pasaba mis días con mi nuevo grupo de trabajo, que a su vez se convertiría poco a poco en el grupo de mis más grandes amigos. Además de entendernos sorprendentemente bien, también nos complementábamos muy bien a la hora de trabajar, y nos enfocábamos en hacer todo de la mejor manera posible, y así lo hacíamos, gracias a las capacidades que cada uno tenía para aportar en ese grupo, y si bien de alguna forma Alejandro y yo no estábamos acostumbrados al ritmo de trabajo de ellas dos, gracias a ellas empezamos a agarrar un ritmo tremendo que nos llevó a equilibrarnos, y convertirnos en el mejor grupo en lo académico. La clave era que no sólo éramos compañeros, éramos una familia con una cohesión lo suficientemente fuerte como para superar lo que se atravesara, y llevando las situaciones en paz los unos con los otros cuando había algún malentendido. Los mejores días de aquel semestre los pasé con ellos, y con Angelo y Lunay. Lunay era uno de los mejores amigos de Angelo, que había venido a vivir a Manizales buscando un mejor trabajo, y lo había encontrado en una fábrica de alimentos, en la que trabajaba de siete a siete, pero cuando llegaba, gastaba la energía que le quedaba para pasar el rato con Angelo y conmigo, encerrados en el cuarto de él, vapeando como los típicos chicos que temían al cigarrillo, pero que les parecía genial el aspecto de una persona sacando humo por la boca, así que compramos un par de vaporizadores y empezamos a sacarles su máximo provecho. En la empresa donde trabajaba Lunay, dejaban siempre a las afueras unos envases con el restante de unas esencias de sabores, las cuales Lunay traía y junto a Angelo, que era un estudioso de la química, se convertían por un momento en alquimistas, y de formas que yo desconocía, lograban convertir esas esencias en líquido para llenar el vaporizador y ahorrarnos las esencias comerciales para después. Recuerdo las esencias de bombón y de chocolate como si aún las tuviera en mi paladar, las disfrutábamos de una manera increíble, pero sabíamos que lo que estábamos inhalando probablemente era igual o más cancerígeno que un cigarrillo normal, porque no era algo de laboratorio y con estudios previos, era lo que un par de peleles habían patentado dentro de una habitación en cuestión de unas semanas. Mi vaporizador no duró mucho tiempo acompañándome, y siempre he pensado que haberlo perdido fue una de las mejores cosas que me pudo haber pasado, y la vida ya me trataba de mostrar con varias señales que eso no era para mí, sino que, al contrario, mi destino no era vivir fumando esa mierda. La primera vez que perdí un vaporizador fue durante una marcha que se había convocado en el marco de un paro nacional, y durante esa marcha conocí a Marcela, una amiga de Angelo que veía algunas clases con él, de actitud calmada conmigo, pero que se la pasaba publicando videos en fiestas, bebiendo y bailando. Frente a mí trataba de mostrarse como una persona más seria y misteriosa, pero nunca he sido fan de las personas que se hacen las interesantes para agradar, sin embargo, seguía saliendo con ella porque tenía una belleza particular que inspiraba no sólo deseo, sino ternura. Durante aquella marcha, Marcela y yo nos juntamos para caminar juntos toda la ciudad al rayo del sol, rodeados de otras dos mil personas que no paraban de gritar y nos impedían hablar fluidamente, un gran plan sin duda alguna. Cuando íbamos llegando al final de aquella marcha, se desató una lluvia, pero no cualquier lluvia, sino la más impresionante que he presenciado. Era como si estuviesen cayendo las gotas con ira, con la intención de lastimar a las personas, y yo tímidamente miré a Marcela, que tenía una sombrilla inmensa bajo la cual nos metimos los dos, pero su sombrilla rápidamente cedió ante la lluvia, y se volteó hasta quedar completamente inutilizable. Fue allí cuando llegó la hora de la verdad, y tuve que sacar de mi bolso mi pequeña sombrilla del baratillo, que se mecía con cualquier brisa, pero que esa tarde necesitaba que funcionara mejor que nunca, y en efecto lo hizo, no nos dejó tirados, sino que resistió como una auténtica sombrilla de calidad, pese a no serlo. Allí sentí que la vida estaba jugando a mi favor, pues los dos estábamos tan fríos, pero tan cerca, que se sentía lindo todo pese a que estábamos en medio de una multitud corriendo a buscar techo para no mojarse. La sombrilla solamente podía cubrirnos a ella y a mí, o a nuestros bolsos, pero en ese momento mi prioridad era ella, así que permitimos que nuestros bolsos se mojaran completamente. Cuando finalmente la lluvia cesó, corrimos a tomar transporte público, y en el paradero estaba Angelo esperándonos, así que tomamos el bus que conducía a nuestro barrio, empapados y hambrientos. Mientras íbamos en el bus, Angelo me decía que algo le olía extraño, como a caucho quemado, y yo percibía el olor, pero lo ignoraba, porque estaba concentrado en Marcela, que se veía hermosa con la luz naranja de los postes de las calles del centro dando a su rostro a través de la ventana del viejo bus. Al llegar a casa, saqué mis pertenencias del bolso, y me quemé con algo que agarré sin observar muy bien qué era; era mi vaporizador, que estaba completamente derretido en todas sus partes plásticas, y muy seguramente se había encendido en mi bolso a chocar contra algún otro objeto, y probablemente había hecho corto circuito debido a toda el agua que había entrado al bolso durante la tempestad. Esa fue la primera señal que me envió la vida de que lo mío no era estar pegado de un vaporizador para hacerme el interesante, pero la desobedecí, y un mes después me estaba comprando un nuevo y más sofisticado vaporizador. Con el nuevo me sentía mucho más elegante, pues tenía pantalla y un montón de funciones, además que tenía un aspecto mucho más grande e imponente. Una noche, llevé mi vaporizador a la casa de Alejandro, y una amiga de él lo llamó para invitarlo a una fiesta, y le pidió a él que nos invitar a Angelo, a mí y a todos los demás, pues en realidad todos nos conocíamos con todos, éramos bastante cercanos, y si no nos conocíamos por la universidad, nos conocíamos por ser vecinos. Rápidamente me fui a mi casa a ponerme mi mejor ropa, y volví a cas de Alejandro, en donde fumé otro rato hasta descargar el vaporizador, que dejé cargando en su casa mientras íbamos a la fiesta, para que cuando regresara ya estuviera listo. Antes de la fiesta hicimos una especie de previa en la terraza del edificio donde vivía Alejandro, que era inmensa, y desde la cual de día se veían los aviones muy de cerca aterrizando en la ciudad, y se veía también mi casa, que quedaba a media cuadra de la de él. En aquella terraza nos pusimos a beber mientras uno a uno iban llegando todos los que habíamos invitado, y bebíamos de un par de botellas de ron que habíamos comprado mientras salíamos rumbo a la discoteca. Esa noche, iba con Alejandro en el mismo taxi, y lo miraba con una expresión de emoción porque solo él sabía cómo extrañaba yo eso, salir de fiesta, algo que en algún momento estando en el hospital pensé que nunca más iba a poder hacer de nuevo, pero que estaba dispuesto a hacer sólo un par de veces al semestre, para evitar recaer en la enfermedad. Sólo él sabía cuánta ilusión me hacía volver luego de haber estado retirado de ese mundo tanto tiempo, y me alegraba estar volviendo a una discoteca con él, y beber como si no hubiese un mañana. Esa noche, se sentían las ganas de todos de volvernos una auténtica mierda el hígado, y el ambiente estaba tan animado, que empezaron a llegar amigos de nuestros amigos, gente que nunca antes habíamos visto, pero que asumíamos eran de fiar, porque al fin y al cabo alguno de los presentes los conocía, y el combo se fue haciendo cada vez más grande, hasta que resultamos siendo unas quince personas. Esa noche era una auténtica oportunidad de oro para conquistar, y pensábamos que nada podía salir mal, pues todas las condiciones estaban dadas para tener una noche inolvidable, y vaya que terminó siéndolo, pero lo que la hizo inolvidable no fue que cada uno terminara besándose con quien quisiese, sino el haber confiado en exceso en gente que ni siquiera conocíamos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD