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El hombre que no podía amar

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La trama narra la historia de Juan Sebastián, desde su infancia, sus años de primaria, secundaria y universidad. Años en los cuales, Juan marcado de por vida por las heridas causadas por una familia disfuncional, siente que no es capaz de amar a una mujer, ni a un amigo, ni a nadie más que no sea su familia y a sí mismo.

Se recorre el andar de Juan a través del tiempo, conociendo variedad de mujeres, y la forma en la que fracasó con cada una de ellas, enseñando al lector que fue lo que Juan aprendió en cada uno de esos fracasos; enseñanzas que le servirían posteriormente para su vida en la universidad en donde conoce a Esther, y se da cuenta que tiene una oportunidad única para amar a alguien por primera vez en su vida, y por lo tanto debe luchar con lo que ha sido durante toda su vida para tratar de corresponder el amor que Esther siente por él.

Juan comete errores y Esther también, se sienten mal y deciden dejarlo, pero de formas inexplicables (que serán narradas a detalle), la vida siempre vuelve y los une, como si una fuerza misteriosa los halara constantemente a estar juntos, y finalmente deciden darse la oportunidad de ser novios, pero al tomar esta decisión aparecen una serie de nuevos retos para ambos, los cuales tienen que enfrentar juntos para cuidar el amor que sienten.

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Capítulo 1: Amor de niños.
Nunca supe como amar a alguien que no fuese a mí mismo o mi familia, incluso dentro de mis seres más allegados, seguía sintiendo rechazo hacia algunos de ellos por su forma de ser. Crecí en una familia rota, sin mayor amor que el que me daba mi madre en las mañanas cuando me despertaba, el cual no era ni siquiera pronunciado desde sus labios, sino demostrado a través de pequeños gestos de amor, como prepararme el desayuno, acompañarme al médico, o pedir a Dios por mí todos los domingos en la iglesia. Vivía contando solamente con algunas personas que me brindaban su apoyo, además de mi madre, siempre tuve a mi hermano menor y a mis dos abuelos, con los cuales terminé viviendo porque cuando tenía cinco años mi padre nos abandonó, dejándonos atrás para empezar una nueva vida. Ese fue el primer momento en el que me di cuenta, aún con mi poco nivel de raciocinio, que ni siquiera tener un fuerte lazo sanguíneo con alguien en este mundo me garantizaría el amor de esa persona todo el tiempo, mucho menos toda la vida. Fue entonces cuando me di cuenta que el amor no funcionaba como yo creía a mis cinco años, y que no necesariamente amar a una persona iba a significar que esa persona me amara a mí también, mucho menos en la misma medida. Cuando mi padre se fue de casa, mi hermano y yo estábamos acostumbrados a una vida llena de comodidades, recuerdo aún la facilidad con la que me regalaban un juguete con solo verlo en la televisión y pedirlo, y la felicidad que sentía cada vez que mis padres nos llevaban al parque a jugar. Cada parque de diversiones que visitábamos, cada piscina a la que íbamos, disfrutaba todo eso como ni yo mismo puedo imaginar a través de mis recuerdos; pero lo que no sabía a mi corta edad, era que esa felicidad iba a ser instantánea, algo efímero, que sólo me iba a servir para recordarla vagamente a mis veintiún años, sin poder calcular si quiera un poco la magnitud de ese conjunto de experiencias hermosas de mi vida perfecta hasta los cinco años, y, por el contrario, solo me iba a servir para torturarme incontables veces a lo largo del resto de mi infancia, preguntándome cuando iba a poder volver a tener un juguete con sólo desearlo, o cuando íbamos a tener dinero en casa para volver a un parque de diversiones. Mi madre solo me escuchaba pedirle cosas, y me decía: tranquilo hijo, cuando tu papá regrese te vamos a comprar lo que quieras, ten un poco de paciencia, él está en un viaje de negocios, pero sólo tardará unos meses. Aún dentro de mi corazón, guardaba la pequeña esperanza de que en verdad algún día regresara, y me sentaba todos los días en la ventana a ver pasar los autos, esperando inocentemente a que llegar finalmente el auto que yo esperaba, y quizá llegase lleno de juguetes para mí, como compensación a todo ese tiempo en el que no recibí un solo juguete, y tuve que conformarme con jugar con los que ya tenía hace meses. Nunca llegó. Lo esperé días, lo esperé meses, y luego esos meses se convirtieron en años, hasta que de un momento a otro me cansé de esperarlo, y tuve que refugiar el poco amor que aún guardaba en mi corazón en casa de mis abuelos, quienes muy amablemente nos acogieron en su casa, luego de que mi padre dejara en bancarrota todas las empresas que tenía junto a mi madre, y la dejara a ella con deudas a su nombre de por vida. Los primeros días en casa de mis abuelos fueron difíciles, yo acostumbraba un estilo de vida demasiado ostentoso y abundante, el cual ni mis abuelos y mi madre juntos eran capaces de solventar. Y así fue como poco a poco, tuve que acostumbrarme a mi nueva vida, en una escuela modesta, con nuevos compañeros, y una dieta completamente nueva para mí, en la que tuve que cambiar los waffles con tocino y jugo de naranja, por un vaso de chocolate y dos rodajas de pan. En mi nueva escuela, mis compañeros eran demasiado extraños, hacían cosas que nunca antes había visto en mi anterior escuela, como reventarle un huevo crudo en la cabeza a alguien cuando cumplía años, o pelearse a la salida de la escuela por la atención de una niña. ¿Pelarse por una niña? ¡Dios, pero si yo ni les puedo hablar sin que se me haga un nudo en la garganta! Era lo único en lo que pensaba cuando veía que, los otros niños de mi salón se relacionaban con una naturalidad aterradora con las niñas, como si todos fueran de la misma especie, y yo proviniera de una especie invasora que no encajaba en ese ecosistema. No era el más popular de la escuela, ni el más guapo, mucho menos el más fuerte. Sólo sabía destacar por la única cosa que me había enseñado mi madre cuando mi papá se fue, y eso era ser un estudiante destacado en lo académico. Fue la enseñanza más valiosa que me pudo haber dado mi madre a mi corta edad en ese entonces, y es algo que siempre le agradeceré que me dijera, aún con lágrimas de impotencia en sus ojos: - ¿Quieres volver a tener todos los juguetes que quieras y cuando tú quieras? ¡Pues entonces estudia! Porque esa será la única manera de que algún día vuelvas a tener lo que perdiste. Me esforzaba al máximo por ser el mejor estudiante de mi clase, por ser un orgullo para mi madre y mis abuelos, y, para ser sincero, en mi nueva escuela destacar era muy sencillo, ya que todos parecían asistir a ese lugar a hacer cualquier cosa menos lo que se suponía que debíamos hacer. Para mí nunca fue difícil, nunca implicó un sacrificio, solamente era un paso más en mi plan de recuperar mis juguetes algún día. Ya lo tenía todo fríamente calculado, pues si estudiaba mucho, iba a poder conseguir un buen trabajo que me permitiera volver a comprarme todo lo que veía en los anuncios de la televisión. Sin embargo, hubo algo que nunca estuvo en mis planes: enamorarme por primera vez. Cuando la vi por primera vez, realmente sabía que lo que sentía no era amor, simplemente me gustaba porque era la niña más hermosa y más popular de mi salón, su nombre era Alejandra. Yo era un niño extremadamente introvertido, sin embargo, había algo que me impulsaba a hablarle, a hablarle sin siquiera pensar en lo que pudiera salir de mis labios, simplemente hablarle para que supiera de mi existencia, para que medianamente me determinara entre los demás. Pero había un problema, yo nunca le había hablado a una niña, mucho menos a una niña que me gustara, así que no sabía por dónde empezar. Tenía un plan organizado y claro para lograr hablarle a Alejandra, y sabía muy bien cómo conseguir hablarle, mi plan consistía en cuatro simples pasos (por favor no me juzgues, fue el mejor plan que pude elaborar a esa edad): 1.    Me hacía amigo de José (el más fuerte de la clase). 2.    José conocía a los más populares del salón, que eran los niños que generalmente veía hablando con Alejandra, así que me podía hacer amigo de ellos a través de José. 3.    Cuando me ganara la confianza de ellos, podía pasar tiempo en ese círculo social, y aprender las cosas que hacían los niños populares, para así imitarlas y convertirme en uno de ellos. 4.    Finalmente, cuando yo fuese un chico popular, iba a poder acercarme a ella, y quizá, si tenía suerte, el primer beso de mi vida podía materializarse con ella. Puse mi plan en marcha, todo iba a la perfección, pero cometí un error que cambió todo. El paso uno estaba hecho, José se había convertido en mi mejor amigo, y me daba protección dentro de la escuela, les vendía a los demás la idea de que yo debía ser respetado porque era el mejor estudiante de nuestro salón; sin embargo, cometí el error de confiar demasiado en José, y un día cualquiera, sentados en la hierba del patio durante un descanso, le conté mi elaborado plan para llamar la atención de Alejandra. El plan marchaba bien, pero luego de ese día, llegué al salón temprano como siempre, y me senté en mi impecable asiento (el único de toda la escuela probablemente que no tenía dibujos hechos con tinta y lápiz), pero al sentarme sentí algo extraño, experimenté por primera vez en mi vida ese sentido que poseemos los humanos que nos ayuda a detectar cuando alguien nos mira atentamente, y empecé a girar mi cabeza por todo el salón, buscando el propietario de esos ojos que me hacían sentir observado. Luego de buscar esa mirada por toda la periferia del salón, empecé a hacer cuentas en mi mente y noté que solo había una persona que podía estar viéndome al descartar todas las que ya había analizado. Era Alejandra, que me miraba mientras se reía, pero no era una risa coqueta, era una risa de esas que te salen cuando algo te causa gracia de lo miserable que es, una risa de esas que te transmiten compasión o lástima. No lograba hallar el motivo por el cual me miraba de esa manera, pensé y pensé, pero no encontraba una explicación racional, y así fue como pasé todas las horas antes del descanso, preguntándome en mi mente qué era lo que sucedía, cuál era la razón para que ella me estuviese observando si el día anterior yo ni siquiera existía para ella. No puedo ocultar que me sentí alegre porque en parte mi plan se había saltado varias fases para lograr mi objetivo, aunque no lo alcancé de la manera en la que yo imaginaba, sin embargo, estaba feliz de que tan sólo fuese consciente de mi existencia, si, así de mediocre era naturalmente para conquistar. Cuando llegó la hora del descanso, José salió y se sentó conmigo como siempre, y le conté que ella me había estado observando durante todas las clases a la distancia, y que se reía como si algo de mí le causara gracia. José se empezó a reír de mí y me dijo: -  Es que hay algo que no te he dicho, yo luego de que me contaste tu plan fui y le conté a Alejandra, no sé si me equivoqué, pero bueno, lo importante es que ella ya sabe –me decía mientras se reía. Yo no lo podía creer, le di mi confianza a José y le conté todos los detalles de mi plan, pero se encargó de destruirlo en un solo día. Desde allí, Alejandra y yo empezamos a hablar porque me vi en una encrucijada en la que debía hablarle o conformarme con no hablarle nunca y que todo se quedara en solo miradas. Luego de un tiempo me di cuenta que la mamá de Alejandra y mi papá eran amigos. Mi papá había vuelto hace unos meses a mi ciudad luego de años sin saber de él, y a pesar de que me buscaba, yo no veía con gran ilusión el pasar tiempo con él, ya que no crecí con su compañía y realmente no tenía recuerdos con él; sin embargo, me di cuenta que podría convertirse en una herramienta clave para acercarme a Alejandra de alguna forma que yo vagamente imaginaba. Gracias a eso, empecé a pasar tiempo con mi papá, buscando la forma de que me hablara sobre ella, sobre su familia, y acerca de cómo era su madre, pues yo creía que entre más información tuviera acerca de su vida, más sencillo iba a ser que ella se fijara en mí. Insistí varios meses, ingenié cientos de planes en los cuales el paso final siempre era que ella se enamorara de mí, pero en todos fracasé. Y finalmente, ella se dio cuenta de mis serias intenciones por acercarme a ella, y me dijo: -  Ya sé que te gusto, tú me pareces inteligente y me causas gracia, pero sinceramente eso no es suficiente para que tú me gustes. ¿Has visto los niños con los que me junto? Pues bueno, es que tú no eres así. Esa fue la primera vez que alguien me rompió el corazón, y también la primera vez que me sentí mal por ser lo que era en ese entonces: un chico brillante al cual no le servía de nada serlo, porque no era lo más demandado por las niñas de mi escuela en aquel tiempo. Muchos días pasé encerrado en mi cuarto, mirando al techo y preguntándole a mi mamá que había de malo conmigo, si bien no estaba tan triste porque lo que sentía a mi edad en ese entonces no era más que un gusto por ese cabello lacio y esos ojitos oscuros adornados con pestañas grandes, igualmente me sentía terrible porque sentía que no encajaba, y que probablemente nunca iba a encajar porque me sentía muy diferente y a la vez muy débil como para seguir viviendo la vida de esa forma, me sentía como un pato viviendo entre cocodrilos. Reuní fuerzas de donde no las tenía en ese tiempo, y logré sobrellevar la vida tal y como estaba, sin mis juguetes, sin muchos amigos, sin poder hablar con la niña que me gustaba, y con la ausencia de mi papá, ya que, si bien él se encontraba otra vez en mi ciudad, no estaba de nuevo en mi hogar, y estaba viviendo lejos de nosotros, visitándonos solo una vez a la semana todos los sábados (cuando no se le olvidaba hacerlo). Finalmente, sobreviví todos esos años siendo frágil, sintiendo miedo de casi todo lo que me rodeaba, llorando por cuanta causa se atravesara en mi día, y quejándome de la vida que llevaba, y teniendo como único consuelo mis clases de música, las que me daba un hermano de mi madre todas las tardes, tardes en las que descubrí en la música mi manera de desahogarme de todas aquellas cosas que me acongojaban. Cuando me gradué de la primaria y empecé mi vida en secundaria, pensé que las cosas iban a cambiar, que nadie me conocía y era la oportunidad para mostrarme como una persona completamente diferente, aunque eso implicara vender una imagen falsa de mí mismo, mostrarme con una máscara que me ayudase a tapar todas las carencias afectivas e inseguridades con las que convivía. Sin embargo, ese plan de darme a conocer como alguien nuevo y distinto se arruinó cuando en una de las primeras clases la maestra nos pidió que escribiéramos un discurso para salir a recitarlo en frente de toda la clase, y yo preparé detalladamente mi discurso sobre la tauromaquia para posteriormente salir, pararme en frente de toda la clase, y empezar a sentir como las manos me sudaban, las piernas me temblaban, y la garganta no me respondía mientras los ojos se me llenaban como siempre de cristalinas lágrimas que no eran otra cosa más que el reflejo de mi impotencia ante el fracaso de no poder actuar como alguien que no era. Y mi mente siempre me lo recordaba, y era como una taladrante constante en mi cabeza: este no eres tú, sigues siendo un cobarde. Luego de volver a sentarme en mi asiento con los ojos llenos de lágrimas, y de haber leído con voz temblorosa y entrecortada las primeras nueve palabras de mi discurso, la maestra felicitó a toda la clase porque todos habían logrado recitar su discurso, aunque en el fondo sabía que yo era el único al cual esa felicitación no se extendía. Luego de un año, cuando ya estaba en segundo grado de secundaria, conocí a Laura, quien se convirtió en mi amiga gracias a que era en exceso extrovertida y logró hacerme hablar lo suficiente como para hacerse mi primera amiga en la vida. Si bien fue una amistad que para mí no tenía mucho valor, a pesar de que Laura me agradaba y tenía un rostro precioso, no lograba verla como más que una amiga por su forma de ser tan ruda y arrebatada. A pesar de que nuestra amistad fue corta, Laura me hizo uno de los más grandes favores que alguien me ha hecho en la vida, y fue orquestar un plan para que María, una de sus amigas más cercanas, se hiciera mi novia, aún recuerdo la conversación de ellas dos en frente mío para que María se convirtiera en mi novia: - Oye, ¿Te parece lindo Juan? Yo creo que le gustas, ¿Quieres ser su novia? – dijo Laura con total imprudencia en frente mío. - Si, es inteligente, eso me gusta, podría ser su novia, me suena la idea – le respondió María como si yo no las estuviese escuchando. Y así fue como finalmente, Laura me empujó hacia María y le dije: - ¿Entonces ya eres mi novia? —me sonrojé y luego miré hacia el suelo. -Pues no te escucho muy feliz, pero sí, seamos novios a ver qué pasa —me respondió María mientras me miraba como a un bicho raro. María tenía razón, yo no estaba muy feliz a pesar de que estaba a punto de empezar el primer noviazgo de mi vida, pero el problema para mí se constituía en algo que yo no podía ignorar dentro de mi minuciosa y calculadora mente, y es que yo no tenía ni idea de quien era María, es decir, sabía que íbamos en el mismo salón de clases, y siempre la tenía presente por llevar la mochila más horriblemente colorida que había visto en mi vida, pero no sabía nada más de ella, nunca antes habíamos cruzado una palabra, así que nuestra primera conversación fue esa, en la que aceptamos ser novios. Fue allí donde entendí que no podía ser novio de alguien que no conocía, ya que nuestra relación no sobrevivió más de un par de meses, meses en los cuales yo me sentaba con María durante todos los descansos, pero me sentía fastidiado porque María no era buena conversadora, y cada vez que yo le preguntaba sobre su vida, ella me respondía de la manera más breve posible, como tratando de cortar nuestra charla. Y fue luego cuando llegó el final de aquella fugaz e incómoda relación, durante la celebración de su cumpleaños, en donde llevé la vieja guitarra que me prestaba mi tío a casa de María, para cantarle dos canciones frente a todos los invitados, pero me di cuenta que al igual que me sentía inspirado para tocar canciones tristes porque realmente me sentía triste la mayoría del tiempo, necesitaba sentirme mínimamente enamorado para poder cantar canciones de amor. A pesar de que llevaba dos canciones de amor memorizadas en mi guitarra, las canté como si alguien me estuviese poniendo un arma en la cabeza para obligarme a cantar; y fue entonces cuando me di cuenta que no sentía si quiera un mínimo de cariño hacia ella, y probablemente ella tampoco hacia mí, así que esa tarde acabé de cantar mis dos canciones, guardé mi guitarra en su estuche roto, y me dirigí para mi casa aun cuando no habían repartido el pastel, pues para mí era más urgente salir de esa incómoda situación que esperar por una rebanada y un refresco de cola. Fue allí donde empecé a sospechar lo que me atormentaría toda mi vida: yo no podía sentir amor hacia una mujer, al principio me pareció una sospecha absurda, pero con todo lo que sucedió a continuación, esa sospecha se empezó a convertir en un hecho muy real para mí, que me hizo sentir un sinsabor a lo largo de toda mi estancia en la secundaria, pero guardaba la esperanza que todo cambiaría cuando me convirtiera en adulto; pero eso es historia para otro capítulo, o tal vez para otra vida.

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