Luego de haber regresado a mi casa con el sinsabor de aquel día, me quedé toda la tarde acostado en mi cama, replanteándome el haberme ido de aquella fiesta, sin embargo, concluí que lo mejor que había podido hacer era huir para evitar sentir aquella abrumante incomodidad que sentí durante cada minuto que estuve allí.
Los mejores momentos que pasé aquellos días no eran otros que ir a mis clases de guitarra, pero ya no iba al modesto colegio al que íbamos con mi hermano a aprender con mi tío, él se había separado de su esposa y se había ido de mi ciudad, buscando un nuevo comienzo y nuevas oportunidades. Ahora la realidad era otra, mi tío nos había recomendado en una academia de música de uno de sus conocidos, y amablemente él aceptó seguirnos enseñando. Tenía muchas cosas en común con mi tío, a ambos les gustaba ser exigentes en su forma de instruir, les gustaba ser meticulosos con la técnica, y compartían una distintiva calvicie que los hacía ver más sabios y respetables cuando daban clases.
Seguí yendo a mi colegio como de costumbre, con las constantes lloriqueadas que eran comunes en mi diario vivir, permitiendo que los demás me matonearan y se burlaran de mi flácido cuerpo de proporciones extrañas. Entre mis principales bully, se encontraba Fernando, de 1.58 metros y cara de niño problema, quien también recibía clases en mi academia de música, y se había ensañado conmigo durante semanas, con comentarios que cada vez me hacían peor, hasta que un día le conté a mi madre, y ella, con el fuerte carácter que siempre la ha caracterizado, decidió ir al colegio y hablar con él, y pedirle que me dejara tranquilo. Efectivamente, yo tenía trece años y mi madre estaba en mi colegio, defendiéndome, exactamente como se supone, me sentía patético.
No podía evitar que esa fragilidad de espíritu se apoderara de mi todos los días, cuando en realidad quería poder defenderme a mí mismo, pero no tenía la suficiente valentía para hacerlo; pero todo cambió semanas después, cuando estábamos jugando afuera del aula con todos los hombres del salón, un aclamado juego de nuestros tiempos en el que a la persona que le hicieran un túnel con un balón de fútbol, tenía que someterse a los golpes de los demás jugadores como castigo. Mauricio, uno de los que jugaba ese día, recibió una patada muy fuerte por la espalda mientras recibía su castigo, y cuando se volteó a buscar el autor de aquel golpe, solo me vio a mí, que estaba parado sin hacer mayor cosa.
Después de un rato jugando, recibí un túnel y era mi momento de ser castigado, y cuando todos me estaban dando palmadas, entre la nada apareció una patada voladora que impactó en mi estómago y me dejó sin aliento. Era la venganza de Mauricio. Instantáneamente, me llené de rabia mientras mis pulmones recuperaban el aire, y no sabía si me causaba más ira haber recibido la patada, o saber que yo no había sido quien le había golpeado en primera instancia. Sin importar como fueron los hechos, yo tenía algo muy claro: por primera vez en mi vida no me iba a dejar amedrentar.
Cuando me pude reincorporar, me quedé viéndolo fijamente y me dirigí hacia él con la determinación de enfrentarlo, así que recordé todos los tutoriales de defensa personal que había visto en internet para cuando fueran útiles, y apliqué lo poco que recordaba con él, sujetándolo por el torso, aprovechando que yo era más grande, y arrojándolo contra el piso, para luego sujetar sus brazos entre el suelo y mis rodillas, dejándolo completamente indefenso, y yo, por el contrario, con mis dos brazos completamente libres. Lo golpeé en la cara una y otra vez, mientras mi mente se encontraba totalmente en blanco y no pensaba en otra cosa más que en el instinto violento que heredamos de nuestros ancestros milenarios, y con todas las fuerzas de mi interior, le di puñetazos en el rostro hasta que mis otros compañeros nos lograron separar.
Recuerdo haberlo visto levantarse del suelo con la cara hinchada de tantos golpes, y sus ojos llenos de lágrimas, mientras yo me encontraba intacto, pues lo poco que sabía de pelear me había servido, y mis demás amigos me miraban atónitos, sin poder creer que detrás de mi introvertida forma de ser, había escondida la capacidad de propinar una golpiza como la que acababan de presenciar. Aquel fue el día en el que el perdedor más grande de la historia salía triunfante por primera vez en su vida, y se convertía en algo más para los demás.
Al otro día, amanecí con los nudillos adoloridos de tanto golpear, y le tuve que decir a mi madre que me había caído en el baño para que me llevara a una farmacia a vendarme las manos. Ese día algo cambió en mi mente, y se quedó allí grabado hasta el día de hoy: nunca más en mi vida iba a permitir que alguien trapeara el suelo conmigo, nunca me iba a volver a quedar quieto son hacer nada al respecto.
Cuando volví al colegio al siguiente día, mis compañeros me trataban diferente, me miraban diferente, sentía un aura de respeto hacia mí que jamás en la vida había sentido, pero que se sentía bien y estaba dispuesto a conservarla de ahí en adelante, para que nadie se metiera conmigo. No sé si sea correcto atribuirle mi transición de personalidad a aquella pelea, o tal vez simplemente ese suceso coincidió con mi cambio de voz y simplemente por eso empecé a sentirme más respetado entre mis compañeros. Ese respeto, naturalmente vino acompañado del inicio de mi proceso para gradualmente adquirir seguridad a la hora de hablar, de expresarme, y de actuar, lo cual también derivó en una tranquilidad a la hora de hablar con las mujeres que hasta ese momento no tenía, pero que me sirvió de ahí en adelante para pasar de ser un invisible en una de las personalidades más respetadas de mi escuela.