Cuando estaba a mitad de la secundaria, empecé a conocer nuevas chicas, pero nadie terminó siendo trascendente en mi vida, ni dejando alguna enseñanza significativa en mi vida, principalmente por dos razones: no congeniaba con ninguna, y no era capaz de quedarme con una sola.
El mundo me parecía en aquel entonces tan diverso, que me resultaba absurdo tener que conformarme con una sola persona, aun sabiendo que allá afuera existía un sinfín de variedad y de gente nueva por conocer, no estaba dispuesto a renunciar a esa diversidad de opciones, y opté en silencio por empezar a vivir mi vida conociendo a varias chicas, sin involucrarme profundamente con alguna, más allá de una tarde de besos o ir a su casa a pasar el rato. Recuerdo perfectamente que eso me costó más de una bofetada, como la que me dio Camila, en cuarto de secundaria, cuando se dio cuenta que hablaba con ella, pero a su vez salía con María, otra chica de nuestro mismo salón.
Escuchar a mis compañeras mandarse indirectas sugiriendo que alguna era mi propietaria realmente me perturbaba, porque me sentía nada más un objeto que cualquiera podía poseer, porque, de hecho, permitía muy fácilmente que cualquier mujer entrara a mi vida; pero también me dejaba un mensaje muy claro, y era que las cosas habían cambiado, y que en ese corto tiempo había pasado de ser un don nadie, a ser uno de los chicos más populares y extrovertidos de mi salón, y es que además de que en efecto yo había cambiado mucho en cuanto a la confianza en mí mismo, notaba que algo también había cambiado en la psique de las niñas de mi edad: ahora no les interesaba solamente un chico apuesto o popular, ahora, la inteligencia y la profundidad de la personalidad también se habían convertido en elementos de interés a la hora de querer simpatizar con alguien.
Esto me ayudó a ganar adeptos entre mis compañeros de clase, pero junto con ellos, aparecieron una serie de personalidades dentro de nuestro grupo con las cuales constantemente empecé a chocar, en muchas ocasiones por mi extremadamente sincera manera de decir las cosas, en otras por mi presunta arrogancia, la cual me atribuían tener debido a que mi padre era alguien reconocido en la ciudad y con fama de ser adinerado. Pero por el contrario, yo nunca me sentí con el derecho a creerme más de lo que era debido a eso, era perfectamente consciente desde mis primeros años de vida del hecho que mi padre no era parte fundamental de mi vida, y que, si bien él había logrado volver a mi ciudad y empezar una vida desde cero en la cual rápidamente volvió a reunir capital suficiente para darse una muy buena vida, también entendía que yo no pertenecía a esa vida, debido a que yo no vivía con él, no gozaba de sus comodidades, y por el contrario, crecí siempre marcado por sus constantes rechazos y desplantes.
En el fondo permitía que se me difamara de arrogante o pretencioso, pero no porque así me hubiese sentido alguna vez, sino porque no me gustaba prestarles mayor atención a esos comentarios, yo era lo que era, y conocía mi forma de pensar, lo que los demás asumieran de mi vida me importaba muy poco. Así como poco a poco fui escalando en la pirámide social dentro de la escuela debido a mi forma de ser, amada por unos y odiada por otros, de manera simultánea en mi vida acontecía otro suceso que me marcaría de por vida: el inicio del quinteto.
Nuestro profesor de música en la academia, nos reunió a algunos de los mejores alumnos de sus clases y nos ofreció cambiarnos de instrumentos para aprender a interpretar ritmos que nunca antes habíamos visto, y nos pidió que nos consolidáramos como un grupo musical nuevo, de cinco personas que creativamente y por decisión de todos decidimos nombrar así, el quinteto, a secas. El grupo estaba conformado por mi hermano, quien iba a abandonar la guitarra para aprender a tocar bajo; Fernando, mi ex bully que al ser el más destacado de todos en la guitarra, fue elegido para ser quien respetase su proceso con la guitarra y no tuviera que cambiar de instrumento.
Luego estaban Sara y Rodrigo, con quienes menos había compartido en ese entonces. Sara era una chica que iba a mí mismo curso en el colegio, quien fuese un día una de mis primeras y fugaces novias de la infancia, con quien evidentemente y como siempre no duré mucho, debido a que realmente nunca me gustó y solo estuve con ella porque me causaba en ese entonces curiosidad tener novia hace un par de años. Ella se enfadó demasiado cuando la dejé, debido a varias razones, entre ellas, que tenía tanta pereza de verla a la cara para dejarla, que decidí hacerlo por chat, sin darle mayores explicaciones.
Nunca fue capaz de superar el hecho de que había sido un auténtico patán con ella, a pesar de que esa relación nunca significó nada para los dos, pero aun así guardaba un resentimiento hacia mí, que se aumentaba debido a que era una de esas personas que asumía que era un pretencioso y engreído. Y luego estaba Rodrigo, quien tenía rasgos asiáticos y un humor ácido, era uno de los alumnos más queridos en la academia de música, porque empezó su aprendizaje allí desde muy pequeño y se había ganado el aprecio de todos los maestros.
Fue así como nació el quinteto, con un grupo de cinco personas completamente distintas que no sabían realmente lo que el destino les deparaba, pero con total emoción de empezar a asumir los retos que nuestro director en aquel entonces nos hacía imaginar: ir a concursos en otras ciudades, compartir talleres de música con músicos de todo el país, y viajar mucho gracias a nuestra música.
El quinteto se había convertido en un elemento fundamental en mi vida, al cual diariamente le dedicaba horas, pero así mismo, fue un factor para que dentro del colegio se aumentara mi fama de pretencioso, y eso, que apareció simultáneamente con mis primeras opiniones sobre la política en mi ciudad, aumentaría la leyenda de Juan Sebastián, uno de los tipos más problemáticos de aquella época; pero eso es historia para otro capítulo.