Durante mis últimos años en la secundaria, tuve el gusto de compartir con uno de los mejores profesores que tuve en mi vida, quien empezó a despertar en mí el gusto de la lectura, la escritura, el arte y la política. Su nombre era Henry, un viejo roble, de físico portentoso, pero a la vez una cara que reflejaba pocas pretensiones de reconocimiento a pesar de lo mucho que era admirado por sus alumnos y compañeros. Henry tenía una naturaleza noble, que le impedía enseñar impartiendo el castigo o el escarmiento público, resolvía todas nuestras dudas por más estúpidas que pudieran llegar a ser, y soportaba cada uno de los actos de indisciplina de mis compañeros, los cuales trataba de mitigar siempre haciendo sus clases interesantes para que todos hicieran silencio.
Un día nos pidió que todos nos aprendiéramos algún poema o algo que quisiéramos recitar en público, y yo me fui para mi casa consternado pensando en que no conocía absolutamente ningún autor u obra que pudiese servir para dicha tarea. Esa fue la primera vez que me planteé buscar en internet acerca del tema, encontrando algunos de los autores más conocidos de nuestro siglo. Recuerdo perfectamente el fragmento que escogí en aquella ocasión para recitar: Es tan poco, del autor Mario Benedetti, una prosa corta, pero a su vez profunda, ideal para mi corta memoria cuando se trataba de temas académicos.
Al día siguiente llegué a mi salón, un poco asustado, aún con los traumas de las otras veces pasadas que había tratado de hablar en público frente a mis compañeros y siempre terminaba llorando o temblando de miedo, pero ese día fue diferente, ese día hubo una chispa que hizo que en mi mente todo se esclareciera; el profesor se acercó a mí, me miró y me dijo:
- ¿Trajo algo de Benedetti? Es un buen autor, y con ese vozarrón suyo lo debe recitar muy pausado, muy profundo, tómeselo con calma, usted sirve para esto. – me decía mientras me sonreía y sus lentes brillaban ante el reflejo del foco que había sobre su escritorio.
En ese momento, aquel hombre que yo conocía hace pocas semanas me habló como si me conociera de hace mucho tiempo, como si supiera que yo necesitaba escuchar esas palabras para vencer mis temores y poder hablar frente a todos. Fue entonces cuando me llené de valor y salí y me paré en una silla, pues particularmente la dinámica consistía en recitar de pie sobre una silla, ya que, según Henry, así era más fácil que los demás pusieran atención al expositor.
Nunca había podido hablar bien en público, mucho menos con la dificultad de estar de pie sobre una silla, yo era demasiado alto como para hacerlo, y mi ansiosa mente me bombardeaba de dudas, ¿y si me caía? ¿y si perdía el equilibrio? ¿y si me trababa como siempre en la garganta? Pero todas esas dudas quedaron atrás cuando las palabras de aquel hombre retumbaron en mi conciencia, casi como si me hubiese programado el cerebro, salí a recitar con una seguridad y una fluidez que nunca antes había experimentado.
Los mejores momentos de mi colegio los viví durante esas clases en las que Henry nos hablaba del imperio romano, la antigua Grecia, los círculos del infierno de Dante, y las técnicas que utilizaban los castrato en el pasado para que su voz no madurara. Fue allí durante esas clases donde empecé a experimentar discretamente el escribir, escribiendo cualquier cosa en las últimas páginas de mi cuaderno, inspirado por las enseñanzas y sucesos que él nos contaba, como aquella vez que nos contó que uno de sus amigos escritores le iba a conceder el honor de escribir la introducción de uno de sus libros. Yo escuchaba aquella noticia y solo pensaba: Dios, el nombre de éste señor va a estar en los créditos de un libro serio, y mientras pensaba en ello, me imaginaba a mí mismo escribiendo mi primer libro, soñando que mis libros fuesen famosos y que algún día fuese yo quien le pidiera una gran introducción para uno de mis libros.
Henry también despertó mi interés en la política, en comprender que vivíamos en un país con una nefasta administración y que la única manera de cambiar eso algún día iba a ser a través de la educación, gracias a ello me empeñé en continuar formándome porque sabía que cualquier esfuerzo en hacerlo aumentaba mis posibilidades de algún día contribuir a mejorar la situación de ésta tierra. Pero luego de haber definido mis posturas políticas, dentro de mí también nació un repudio total hacia esa clase política que abundada en mi ciudad, que habían gobernado durante años y solo cambiaban de caudillo para atornillarse aún más en el poder.
Casualmente, en mi colegio estudiaba el hijo del alcalde de aquel entonces, a quien yo siempre critiqué a pesar de mi poco conocimiento de la política, sin embargo, me alcanzaba el conocimiento para entender que personajes de ese talante poco aportaban a ese cambio con el que yo soñaba. Durante unos meses, salí con una de las mejores amigas del hijo del alcalde, con quien inevitablemente terminamos debido a que siempre que aparecía el tema, yo recalcaba que me alegraba sobremanera su amistad con aquel chico, pero que su padre era parte de esa clase política que yo señalaba como contraproducente, y, pese a que ella muchas veces me pidió que me retractara de mis palabras, nunca quise hacerlo, pues prefería quedarme solo antes que dar el brazo a torcer, Henry me había enseñado a defender mis ideales a menos de que algo realmente tuviese la coherencia o el peso argumental suficiente para modificarlos. Así que decidí quedarme solo una vez más antes que dejar de criticar lo que para mí era inevitablemente criticable. Fue así gracias a mis opiniones, que ahora no solo eran académicas ni sociales, sino ahora políticas, que aumente la leyenda en los pasillos de que yo era una completa mierda de persona, y que no me importaba el sentir de nadie más que el mío, lo cual yo negaba, pero en el fondo sabía reconocer que era cierto.