Ella se transformó, con pelaje brotando en su brazo y garras rasgando la atadura en su mano, pero agarré su mano y la volví a golpear contra el brazo de la silla, chasqueando mi lengua. —¿Y a dónde crees que vas? —¡Déjame ir! —gritó en mi cara, tratando de transformarse completamente. —Bueno, eso no va a funcionar para mí. —Me levanté y golpeé su brazo que forcejeaba de nuevo contra el reposa-brazos de la silla y desenrollé la cuerda en mis manos—. Estaba tratando de darte una salida, Aurora. Realmente, de verdad esperaba que hubieras sido lo suficientemente inteligente para tomarla. Pero supongo que quieres ver cuánto tiempo mantendrás el acto. —La envolví con la cuerda de plata, su piel siseaba y burbujeaba por el contacto mientras la enrollaba alrededor de su brazo y la silla. Ella

