— Rebecca, despierta…—alguien me mueve el hombro. Es tía Diana. Me incorporo de inmediato.
Ya es de noche y estoy sola durmiendo en el sofá.
— Hola, tía —la saludo desperezándome—. ¿Y Vic?
— En el estudio con su padre y su tío, están viendo unas cosas de la empresa. ¿Tienes hambre?
¿Por qué tía Diana está tan obsesionada con alimentarme?
— Estoy bien, gracias.
— Entonces esperaremos a que salgan del estudio y prepararé algo, Bec. Tienen que comer —afirma sentándose a mi lado mientras saca su tejido.
Asiento incorporándome para revisar mi teléfono. No hay un correo de respuesta. Es lo mejor, espero que le haya quedado claro.
Nos quedamos en silencio con el ruido de fondo del televisor, que sigue encendido. Ella está concentrada en su tejido. Y yo, estoy pensando en cualquier cosa menos lo que está pasando aquí.
Para matar el tiempo, abro mi juego favorito en mi teléfono y me concentro en él mientras esperamos a que salgan del estudio.
Seguimos concentradas un rato en lo nuestro, hasta que nos interrumpe el ruido de la puerta de entrada del departamento.
Ambas nos giramos al mismo tiempo.
— ¿Victoria? —llama David antes de reparar en nosotras. Se ve espantoso, pero cumplió su palabra. ¿Cómo logró volver? Ni siquiera trae equipaje.
— Hola David —lo saludo feliz. Diana hace lo mismo con una sonrisa.
— Hola Bec, Diana —nos saluda ojeroso empezando a adentrarse en la sala.
No pasan más de unos segundos para ver a la Enana gorda correr hacia él y colgarse a su cuello. Él la abraza de inmediato. No alcanzamos a escuchar de qué hablan, pero David se ve aliviado de ver a mi amiga.
Se ven lindos así. Esto es lo que mi amiga siempre quiso, una familia. Y ese hombre la ama y van a tener un hijo.
Su padre y su tío están de pie desde el pasillo contemplando la misma escena conmovedora que Diana y yo.
Pero si me quedo observándolos, empezaré a pensar otra vez. Carraspeo para interrumpirlos.
— Creo que iré a prepararme para mi turno de mañana, Vic —miento guiñándole un ojo. Mañana tengo libre, pero estos dos necesitan hablar de muchas cosas a solas.
—Sí, es mejor que los dejemos solos —afirma tía Diana a mi lado, tomando su tejido y su bolso para salir de aquí.
De pronto todos se están despidiendo apurados para salir de aquí y dejarlos tranquilos, caminando juntos hacia el ascensor.
— ¿Vas a tu casa, Bec? —me pregunta tío Albert. Tío Edgard, su hermano, está a su lado. Se parecen demasiado.
— Sí.
— Te pasaremos a dejar entonces —me sonríe tía Diana.
— Gracias.
— Gracias a ti por no dejar sola a mi hija, Rebecca —me abraza ella por los hombros—. Eres como una hija más para nosotros, ¿lo sabías?
Asiento incómoda con una sonrisa. Sé que me consideran así, pero no saben que hace 3 días me revolcaba borracha y como una loca con su hijo.
Una vez en la camioneta, en el camino, tía Diana se dedica a interrogarme por el día de Vic, si la había visto tranquila, que cómo estaba. Trato de no darle demasiados detalles, es obvio que están todos nerviosos. Y yo también lo estoy, pero por alguien que me encerró ayer en el baño, que quiere verme hoy y... porque no estoy segura si sea lo mejor llamarlo.
Tío Albert va conversando con su chofer, no nos presta atención. Mientras hablo con ella, me dedico a mirarlos. Mi amiga se parece muchísimo a su madre, incluso en altura, en cambio Lucas tiene las mismas facciones de su padre. Aunque comparten los mismos ojos azul grisáceo, me alivia pensar en lo distintos que son. Eso sería más extraño aún.
Un mensaje entrante hace vibrar mi bolso.
— Debe ser mi madre —me excuso para sacarlo y ver disimuladamente quién es.
No, no es mi madre.
«¿Hoy?»
— Escríbele que nosotros te llevaremos a casa —pide tía Diana tan sonriente como siempre.
— Ya vamos en camino, no es necesario —explico guardando de inmediato el teléfono, no quiero que vea el mensaje de Lucas. No voy a responderle con ella al lado. Tampoco sé si deba hacerlo.
Unos minutos más tarde, llegamos a la casa de mis padres. Me despido de ellos y me bajo de inmediato.
Estoy nerviosa.
— ¿Papá? —lo llamo abriendo la puerta, tirando mi bolso y mis llaves en la mesita de entrada.
Está sentado en el sofá ojeando un libro.
— Hija, pensé que llegarías más tarde. ¿Cómo está Victoria? —pregunta preocupado. Adora a mi amiga.
— Bien. David llegó, está con ella.
— Me alegro —sonríe volviéndose a su libro—. Pedí una pizza, ve a darte una ducha —sugiere.
— ¿Y mi madre? —le pregunto enfilando hacia las escaleras.
— Le di un tranquilizante, estos días ha estado nerviosa. Está durmiendo.
— No la vi mal, papá —explico deteniéndome en la mitad de la escalera. Él resopla, frustrado.
— Yo sí. Me preocupa.
— No pasará nada, no ha pasado nada que la altere estos días —aseguro dándome la vuelta para seguir subiendo.
— Eso espero…
Es lo último que alcanzo a escuchar antes de ir a darme una ducha rápida.
Bajo el chorro de agua, dejo fluir mis pensamientos.
Tengo unas ganas locas de contestar el mensaje de Lucas. Pero no creo que sea correcto. El correo de la tarde sigue dando vueltas en mi mente.
La escena de felicidad de Vic y David, ver cómo se abrazaban dichosos y enamorados con un bebé-hipopótamo en camino me trajo dudas...
¿Qué habría pasado si me hubiese quedado allá?
No.
Todo este tiempo me he prohibido pensar en el qué habría pasado si me hubiese quedado con él. No quería una relación, no quería atarme a nada...
Por otro lado, tía Diana en el ascensor diciéndome que soy una hija más para ellos y yo... pensando como una enferma en las ganas que tengo de ir a meterme a la cama de Lucas otra vez.
Quizás estoy sobre pensando. Sé que Lucas dijo que no le diría a nadie. Pero esto está mal. No puedo usarlo sólo para olvidar, menos sabiendo que no es correcto que me esté revolcando con él si sus padres me consideran como una hija más, si sus hermanas son mis mejores amigas, mis casi hermanas...
Salgo de la ducha con la cabeza un poco más despejada.
No, no voy a contestar ese mensaje.
Es lo mejor.
Me dirijo a mi habitación, me pongo un pijama de algodón y me tiro en la cama mirando el techo. Esperaré aquí a que llegue la pizza y comeré con mi papá. Me gusta hablar con él, pero siempre sabe lo que está pasando por mi cabeza y hoy está llena de demasiadas dudas sin respuesta.
Quizás tenga alguna idea para mi pequeño paciente, aún no encuentro alguna solución. Estoy segura que no es Lupus. Él siempre tiene buenas ideas.
— ¡Rebecca, baja! ¡La pizza debe estar por llegar! —grita mi papá.
No tengo hambre aún, pero es mejor que baje. Y deje de pensar. Tomo un polerón enorme que siempre uso en casa. Este pijama es delgado y aún es invierno. No alcanzo a salir de mi habitación cuando escucho el sonido del timbre. Debe ser el repartidor.
Me apresuro a bajar, a mi papá no le gusta comer solo. Pero me detengo en seco en el primer escalón al ver a mi papá abrir la puerta. No es el repartidor de pizza.
Me va a dar algo. Estoy hiperventilando de los nervios al verlo.
Jamás pensé que se le ocurriría aparecer por aquí.
—Hola, ¿Rebecca está en casa?
________
¿Muchas dudas? ¿Por qué Bec estará pensando tanto en ese correo? Lo más importante... ¿Quién será?