Toqué solo una vez la puerta antes de que Louisa abriera y me hiciera pasar. Sobre su mesa ya estaba lista la hora del té para ambas.
—Esto está realmente buenísimo, no puedo creerlo— no exageraba ni por un segundo, es lo mejor que había probado en mucho tiempo.
—Gracias, era una receta de mi esposo. Se los cocinada a los niños siempre que podía — aclaró ella sonriéndome feliz.
—Oh, no lo sabía. Lo siento.
—Descuida, la muerte no debe ser triste. Siempre me he quedado con los recuerdos más bellos sobre ese hombre, fue mi alma gemela— comentaba bebiendo su té.
—¿Crees en que existan las almas gemelas? —pregunté muy dubitativa. Es algo que siempre rodaba por mi mente, dentro de mi creía en ellas, creía que hay gente con suerte que si encuentra a su alma gemela en esta vida.
—Claro que sí, todos tenemos un alma gemela—contestó Louisa segura de su respuesta, ahora podía creerlo porque si en alguien comenzaba a confiar ciegamente era en ella y si pude hallar a su alma gemela, debía ser cierto.
—Pero ¿cómo lo sabes?
—Existen muchas historias sobre ellas y las maneras en las que se encuentran, pero solo creo en una, en que las almas gemelas son dos mitades de un alma que se rompió y se buscan en todas las vidas para volver a unirse nuevamente y para siempre. Pero esto no quiere decir que sean iguales, solo que al unirse encajan perfectamente— me contaba con la sonrisa más dulce, creía que tal vez pensaba en su esposo.
—¿Y cómo sabes que es él?
— Lo sabes con solo verlo Maggie, sentirás que ya lo conoces, pero te llevará tiempo darte cuenta. Me quedó aún más claro cuando perdí la mía y con él se llevó una parte de mi— aun sonreía, pero un poco más triste, se notaba que lo echaba de menos.
Comencé a preguntarme si alguna vez yo conocería a la mía o si ya lo conozco y aun no se quien es.
—Con que aquí estas, estuve buscándote. La clase comenzara enseguida— Thomas entró rodando los ojos a buscarme. Solo vestía un short de traje de baño y llevaba dos tablas con él.
—¿De qué hablas?
—¿Ya olvidaste tu clase de surf? No te dejaré en paz hasta que un día te mantengas de pie en esta tabla por más de un minuto— hablaba muy enserio por el tono de su voz.
—Está bien, ya voy. Gracias por todo Louisa— me puse de pie y Thomas me arrastró hasta afuera. Corrí a mi casa y me puse mi traje de baño antes de volver con él.
—Diviértanse mucho y Thomas, no seas tan duro con ella— le recriminó su abuela frunciendo el ceño desde la puerta de su casa.
—Deberías hacerle caso a tu abuela Thomas— me burlé y el rodó los ojos con media sonrisa.
Caminamos unos metros hasta la playa y el dejo las cosas sobre la arena.
—Hoy si entraras al agua— me dijo y eso me puso un poco nerviosa.
—¿Dónde están los niños? — pregunté cuando vi que el ya comenzaría la clase, pero éramos solos nosotros.
—No vendrán, descuida. Ahora recuéstate sobre la tabla y muéstrame lo que te enseñé la primera vez— obedecí pensativa, pero lo hice. —Bueno ahora déjame ayudarte con esto— me colocó una tobillera que me conectaba con la tabla.
—¿Para qué es eso? — jamás lo había visto en mi vida.
—Es el contacta con tu tabla, así la recuperas fácilmente si te caes, además te mantendrá a flote— me explicó. —Bien, ahora si puedes quitarte la ropa, vamos— me sonrojé al recordar lo de la primera vez, peor me quité el vestido para dejar ver mi bañador verde oscuro.
Ahora ambos caminamos hasta la orilla y nos adentramos al océano. Thomas me ayudo a subir a la tabla y con él a la par indicándome que debía nadar con la tabla legamos un poco más lejos a esperar una ola.
Él se sentó con las piernas dentro del agua mientras observaba a su alrededor. El sol se estaba poniendo y el océano parecía muy tranquilo.
—Creo que no tendremos mucha suerte hoy.
—Tu solo espéralo— me dijo con los ojos cerrados disfrutando de todo esto.
De repente la escuché, una ola venia hacia nosotros.
—En cuanto te diga, intentaras ponerte de pie, pero ahora nada ya— me ordenó y lo seguí, un poco nerviosa por la altura de la ola que venía a nosotros. No dejé de nadar y cuando me dijo que tratara de pararme como el, fallé y la ola me arrastro junto a la tabla que tiraba de mi pie. No había tomado suficiente aire y por eso sentía que me estaba ahogando, pero por suerte una mano alcanzó la mía y tiró de ella para que saliera a flore. Apenas saque la cabeza tome todo el aire que me faltaba.
—¿Estas bien? — preguntó Thomas agarrándome de la cintura y tratando de acercarme a la tabla para que me subiera nuevamente. Creo que nunca nos habíamos tocado, así que cuando su mano me rodeó todo mi cuerpo sintió la sensación más rara de calidez.
—Sí, claro, tranquilo— me sostuve por mi sola en la tabla y el quito la mano. Me dejó respirar unos segundos.
—Ya deberíamos irnos, esto fue todo—dijo un poco preocupado viéndome aun tratando de respirar con normalidad.
—No, lo haremos otra vez— exigí y él no estaba muy convencido.
Me subí a la tabla y me puse en posición, el me copio y esperamos muy poco hasta que otra ola se nos aproximaba, hice lo que me dijo y nadamos para adentrarnos. En cuanto fue el momento me puse de pie, duro solo tres segundos antes de volver a caer, pero lo había hecho. Volví a salir a la superficie y él estaba allí sonriéndome.
—Eso es, fue un gran avancé— me sonrió y también reía por mi caída.
—Gracias gracias— le dije con un tono de superioridad en broma, volví a subir a la tabla.
—Ahora si nos vamos, tengo hambre y el que llega ultimo mañana lleva al instituto al otro— comenzó a nadar dejándome atrás muy confundida pero aun así lo seguí tratando de rebasarlo, aunque ganara o no yo lo llevaría al instituto mañana.
Ya en la orilla nos secamos y nos pusimos nuestra ropa, el cargó ambas tablas sin dejarme ayudar y así caminamos de vuelta a casa.
—Gracias por lo de hoy, realmente surfear me gusta más de lo que pensé, así que gracias por arrastrarme— le dije cuando ya estuvimos fuera de mi casa.
—No hay de que, me alegra haberte arrastrado y que lo disfrutes tanto como yo. No comparto el surf con muchos, vecina, así que aprécialo— me sonrió antes de dar media vuelta y entrar a su casa, como yo a la mía.
Thomas no era tan imbécil a veces, me agradaba conocerlo y saber qué mal lo había juzgado.
—Oye, llevo horas buscando la sal, ¿Dónde demonios la guardas? — Rosie estaba con un delantal en mi cocina, apenas oí su voz hizo que me diera el susto de mi vida. Aquí no respetaban demasiado mi privacidad, pero me cocinaban así que estaban perdonados.