Sería una mentira decir que no me intrigaba leer este diario, me carcomió por dentro, tuve que hacerlo, aunque me sentí culpable de corromper la privacidad de una desconocida, no tenía forma de saber si ella me hubiera permitido leerlo, sin embargo, si alguien lo metió en mi mochila, era por algo o eso quería creer.
Cuando la hora de ir a la escuela llegó, reconsideré faltar a mi segundo día, lo tenía todo a favor excepto la idea de parecer una cobarde si me ausentaba.
Tomé la mochila y saqué todo ella excepto el diario, lo llevaría conmigo para leerlo luego. Me cambié rápidamente con una sudadera gris, un short n***o y unas zapatillas del mismo color, me puse la mochila y solo fui al baño para cepillarme los dientes. Para que iba a arreglarme si corría la posibilidad de que me vuelvan a manchar.
Salí afuera donde Rosie y Thomas ya me estaban esperando en el auto.
—Buenos días—saludaron los mellizos.
Conduje con la música en un tono bastante alto, no quería conversar con nadie. Al llegar bajamos y fui directo a meter la mochila en el casillero que estaba completamente vacío, tampoco me preocuparía por decorarlo.
—No quería preguntar porque de solo verte me da miedo que me cortes la lengua, pero necesito saber si pensaste en el club de música, es muy importante para mí—dijo Rosie seria y viéndome recostada en su casillero.
—Sinceramente no quiero, pero puedo enseñarte a tocar el piano y tú misma tocar en la obra—dije un poco avergonzada de mi misma por rechazarla, ella había sido muy buena desde que llegué.
—Bien—azotó su casillero y salió caminando pesadamente hasta el baño.
La seguí hasta allá y entré a la caseta junto a la única que estaba cerrada y me senté en la tapa del retrete.
—Escucha, no tuve mucha suerte en esta vida ¿Bien? No tengo ni la mitad de la confianza que te tienes a ti misma. Cuando la desilusión se vuelve costumbre, te comienzas a compadecer de ti misma y de tu dignidad, no importa si aquello te hace feliz, te alejas porque te crees lo que dicen los demás y eso te consume. Ya lo viví Rosie, y no puedo seguir perdiéndome a mí misma.
—Lo siento, tal vez fui insistente. Y entiendo que ya no quieras perder nada más, así que déjame preguntarte Maggie ¿Cómo recuperaras lo que perdiste? —salió de su caseta y se paró frente a mí con una expresión dudosa esperando una respuesta.
—De que hablas?
—No quieres perder, pero no te puedes convencer solo con lo que tienes, te debes a ti misma el intentar llenar toda la confianza y autoestima que te quitaron.
—No es fácil—le reproché.
—No dije que lo fuera. Digo que, si no haces esto por ti, te pateare el trasero—levantó ambas cejas esperando una respuesta alentadora de mi parte.
—¿Es una amenaza? —levanté una ceja al mismo tiempo que me ponía de pie.
—Tómalo como quieras y sígueme si ya estas harta de que te pisoteen—comenzó a caminar hasta que salió del baño. Claro que estaba harta, harta de que me siempre me hayan ocultado cosas, harta de las mentiras y de que hayan escogido mi futuro, me enojaba ser yo, tan pesimista y triste.
Finalmente salí del baño y caminé rápido para no perder de vista a Rosie.
—Qué bueno que me seguiste, me hubiera sentido tonta de lo contrario—me reí de su declaración.
Ella abrió la puerta del teatro y me hizo señas con los ojos para que entrara. Ya había alumnos en sus asientos, ahí supe que el timbre ya había sonado, pero mi cerebro no lo percibió. Rosie se sentó a mi lado.
—Tarde señoritas—nos dijo el profesor frente a todos. Era un hombre bastante joven, debía tener entre 25 a 30 años. Tenía el cabello castaño, lentes y un bronceado que envidiaba.
—Lo sentimos—se disculpó Ro por ambas.
—Cómo decía, comenzaremos con las audiciones, sin embargo, les agradezco a todos desde ya por anotarse.
Un montón de estudiantes comenzaron a mostrar sus talentos, el profesor no dejo que Rosie y yo nos presentáramos, dijo que ya éramos parte.
Cuando el timbre sonó me lamenté con Rosie por no poder acompañarla en el almuerzo, mentí diciendo que una profesora quería hablar conmigo, sin embargó salí del instituto y subí a mi auto que estaba estacionado fuera. Saqué el diario color violeta de mi mochila y me dispuse a leerlo con determinada atención, pero me sorprendió de inicio que esto se remontara al año 1942, un hombre que estaba enamorado de una chica, supuse que su nombre era Magnolia, porque llevaba leyendo tres capítulos y no había nombres en la historia. No entendía porqué esto estaba en mi mochila, no entendía la historia y de quien trataba o que tenía que ver conmigo.
El timbre volvió a sonar y pesadamente debía volver a clases, aunque deseaba mucho más quedarme a terminar el cuaderno, pero hice lo correcto y lo guarde para volver a clase con Rosie.
—Oye, ¿Cómo te fue con Jensen? — mi amiga se me acercó antes de entrar a la clase.
—¿Jensen?
—El profesor, ¿no quería hablar contigo? —respondió Ro con el ceño fruncido.
—Por supuesto, lo siento, ya o había olvidado. Todo está bien, no te preocupes— le respondí mientras nos sentábamos juntas.
La mañana se pasó rápido y cuando menos me di cuenta los tres estábamos en el jeep volviendo a casa. Al llegar nos despedimos y antes de entrar a mi casa vi a Louisa de rodillas arreglando algunas plantas de mi jardín, de hecho, ya no deberían llamarse plantas si estaban muertas.
—Una de las principales lecciones de vida es que no debes dejar morir tus plantas querida, son importantes y nos dan vida— explico en cuanto me vio y yo la ayude a ponerse de pie.
—Lo siento, no volveré a asesinarlas, lo juro— me reí levantando mi meñique confirmando mi juramento.
—Está bien, también necesitaras nuevas flores después de todo. Por cierto, estaré esperándote, hice cupcakes de arándanos.
—Entonces iré enseguida— ella volvió a su casa y yo entre a lamia para dejar mis cosas y ponerme algo más cómodo como un vestido suelto, pero con mangas princesa, me gustaba mucho.
No querías hacer esperar a Louisa pero de igual forma me senté un instante en el sofá para seguir con el diario un poco más.
Comencé a sentirme mal por la mujer del diario, relataba como su esposo la golpeaba y asesino a su hijo, sinceramente puso mis pelos de punta, pero aún más cuando el hombre que realmente parecía enamorado de ella se enteró un año tarde de que ella había huido, no llegaba a comprender por qué no estaban juntos y ya.
Consternada por las historias, cerré el cuaderno y lo dejé sobre la mesa ratona para no hacer esperar más a Louisa y los cupcakes.