Que las flores guíen tu camino a casa
Otoño, 1942.
Recuerdo sus ojos, en ese día en especial, eran grises y jamás los había visto de ese color, su cabello n***o resaltaba por su piel blanca como el marfil. Tenía una mirada sospechosa y una angustia mezclada con desesperación que no lograba ocultar, al menos no a mí. Notaba su nerviosismo al morder su labio inferior y la ansiedad que la hacía mover el pie.
—¿Me puedes decir que es lo que sucede? —dije cuando dejé de tolerar el silencio incomodo que inundaba la habitación.
—Mis padres me llevaran a California con mi tía Elizabeth. Para siempre—logró decir antes de comenzar a llorar y arrojarse a mis brazos para que la contuviera.
—No pueden, huiremos hoy mismo—entonces se apartó para mirarme a los ojos.
—Si pueden, están esperándome afuera. Me voy hoy—su voz sonó rota y casi inaudible mientras me lo decía, las lágrimas no dejaban de salir, ni a ella ni a mí.
—Saldremos por la ventana del sótano, ahora. Iremos al otro lado del mundo si es necesario. No nos encontraran jamás, te lo prometo—dije tomando sus manos entre las mías.
—Por más que lo haya considerado por al menos un minuto, sé que solo es una fantasía, no lo vamos a lograr jamás. Espero que algún día me puedas perdonar, no te puedo volver a arrastrar en mis locuras y con mis errores. Deseo que el universo te pueda ofrecer el amor que mereces y los sueños que tienes que cumplir. El mundo merece conocerte y yo no puedo arrebatarte de él—limpió mis lágrimas con sus delicados dedos. —Espero volver a verte en esa otra vida de la que tanto hablamos, porque pensar en ella es lo único que me va a mantener con vida. Y espero que un día las flores guíen mi camino de vuelta a casa contigo—me besó antes de salir por la puerta corriendo.
Intenté seguirla antes de que saliera de la casa al encuentro de sus padres, pero fue tarde. Fue tarde para mí, tarde para ella y tarde para lo nuestro.