ISABELLA Cuando Gale me avisó que mi padre quería verme en el despacho, supe que nada bueno vendría de eso. Caminé por el pasillo con el corazón golpeando mi pecho. Cada retrato, cada lámpara de cristal, cada rincón de esa mansión robada parecía burlarse de mí. Esta no era mi casa, nunca lo fue. Fue de mi madre. De Don Vittorio. No de Emilio Lombardi. Abrí la puerta con la respiración contenida. Él estaba ahí, en su trono de cuero n***o, con un cigarro entre los dedos y una copa medio vacía de coñac. Su expresión era gélida, como si le diera asco que respirara el mismo aire. —¿Qué quería Thiago Russo? —escupió sin mirarme siquiera. Tragué saliva y me mantuve firme. —Solo vino a felicitarme por mi cumpleaños. Emilio rió por lo bajo. Pero no era una risa divertida. Era una risa sin al

