Maldita mocosa

1676 Words
No tardé en llegar a la mansión de los Lombardi. Lujosa. Exageradamente lujosa. Una estructura clásica, con columnas de mármol blanco, fuentes en los jardines delanteros y portones de hierro forjado. Todo el lugar apestaba a herencia vieja y sangre derramada. El tipo de riqueza que no se gana, se roba. Y eso era exactamente lo que Emilio había hecho. Es un secreto a voces: esa mansión, esa fortuna, esos lujos... no le pertenecen a él. Fueron de Don Vittorio, el último verdadero jefe de la Cosa Nostra, y de su hija Amanda Lombardi, la madre muerta de Isabella. El viejo Emilio solo tuvo que casarse con la hija del Don y después sentarse a ver cómo el poder le caía como lluvia en una tormenta. Cobarde y oportunista. Ni siquiera recuerdo su nombre real, solo sé que no se lo merece. Me esperaba en la entrada como si fuera el anfitrión de algo grande. No le devolví el gesto cuando extendió la mano. —Thiago Russo… —dijo, sonriendo como si pudiera impresionarme—. Pensé que vendrías en unos días. —Quise adelantar mi viaje. ¿Algún problema con eso? —pregunté, cruzando el umbral sin esperar invitación. Negó con la cabeza, forzando una sonrisa. —Claro que no. Es un honor. Me contuve para no bufar. Poco después, descendió la escalera una mujer rubia, con un peinado inflado y maquillaje tan espeso que parecía una máscara. Era Lorena, su esposa. Detrás de ella, una muchacha joven, muy joven, con una figura bien armada y una expresión que gritaba ganas de ser vista. Debía de ser la hija de Lorena. —Mi esposa, Lorena. Y mi hija, Chiara. —Quiero ver a Isabel. —Espeté sin rodeos, ignorando la sonrisa plástica de la rubia. —Isabella, —corrigió Lorena entre risitas agudas—. Enseguida subo por ella. Seguro que está... terminando de arreglarse. Sí, claro. Apuesto a que esa chica vive en el rincón más polvoriento de esta mansión. Apostaría también a que viste ropa vieja y duerme en sábanas heredadas de alguna criada. No necesito verla para saberlo. Ya vi la foto. Pelo ondulado y salvaje, ojos azules como cuchillos… y un estilo que parece gritar "no pertenezco aquí". Me crucé de brazos, con una ceja alzada. Esta boda es un juego de poder. Mi padre quiere unir la Camorra con la Cosa Nostra a través de esa muchacha. Un pacto sellado hace años. Yo sólo soy la pieza que ejecuta la jugada. Pero lo tengo claro: no voy a tocarla. No pienso calentar mi cama con una mocosa sin clase. Y mucho menos encariñarme. Si Isabella Lombardi cree que va a ser mi reina, está soñando. Chiara no dejaba de hablar. Estaba encantada consigo misma, como si con decir mi nombre cinco veces pudiera invocarme como a un demonio. Me repetía que era el líder más joven de la Camorra, que a mis veintidós años había logrado lo que hombres con canas y cicatrices nunca soñaron. Que era letal. Peligroso. Un prodigio del crimen organizado. No estaba mintiendo. Papá nos entrenó desde que éramos críos. A mí y a Theo. Siempre decía que éramos dos mitades de una misma moneda: él pensaba, yo disparaba. A Theo le fascinaban los números, los planes, las estructuras de poder. Yo prefería el ruido de las balas, el olor a pólvora, la violencia directa. Y funcionó. Entre los dos tejimos un imperio. Pero ahora, me toca gobernar solo. Papá me dio la corona... y también la cadena. Y esa cadena tiene nombre: Isabella Lombardi. —Dicen que hiciste tu primer trato de armas a los catorce —siguió Chiara, con esa voz empalagosa que me daba dolor de cabeza—. Qué increíble… Increíble sería que dejes de hablar. Pero solo le sonreí de lado, con condescendencia. No merecía más. Fue entonces cuando vi movimiento arriba, en las escaleras. Y allí venía. La mocosa. Isabella Lombardi. Rulos mojados atados en un rodete desprolijo, piel húmeda todavía, y un vestido que parecía haber sido escupido por un perro ciego: verde vómito con manchas marrones. De verdad, ¿esto es una broma? ¿Se suponía que esto me sedujera? ¿Esto era lo que la Camorra iba a recibir como "esposa de su líder"? Pero ella bajaba las escaleras como si llevara puesto un maldito Versace. No agachó la cabeza, no desvió los ojos. Se paró delante de todos con esa mirada azul tan limpia que dolía. Su padre dio un paso al frente, orgulloso como si acabara de presentar a una princesa griega. —Isabella... él es Thiago Russo. El nuevo líder de la Camorra. Ella me miró. Fija. Sin miedo. Me daban ganas de reír. ¿Esto era? ¿Esto era lo que me querían encajar? La observé de arriba abajo con una mueca burlona y dije: —Así que tú eres la famosa Isabella… Me dijeron que eras especial. Ni se inmutó. Qué jodida. Ni siquiera intentó complacer. No pestañeó. No se dobló. Solo apretó los labios, como si quisiera decirme que no le importa quién soy. Y eso... eso me molestó. No por orgullo. Por principios. —La mesa está lista—dijo Lorena, intentando fingir amabilidad mientras acomodaba su vestido apretado como si estuviera posando para una revista de cuarta. No la miré siquiera. —Solo quiero hablar con Isabella. A solas. El silencio se tragó el aire por unos segundos. Emilio se aclaró la garganta y se atrevió a interceder, como si aún tuviera algo de autoridad en esta tierra robada. —Comprenderás que no es lo correcto… —murmuró, midiéndome con esa vocecita frágil de quien ya se ha rendido demasiadas veces. Le clavé los ojos, sin molestia, sin rabia. Solo la verdad fría. —¿Crees que voy a violarla, viejo? No pienso hacer nada que ella no permita. Pero no fue una pregunta, fue una orden. Y tú deberías saber la diferencia. Lorena se quedó con la boca entreabierta. Chiara resopló como una adolescente rechazada. Y Emilio... intentó salvar la fachada. —Yo soy el Don en esta casa. Me reí. Lento. Seco. Peligroso. —No, Emilio. El Don era Vittorio. Y tú solo heredaste su mesa. Pero la sangre... —miré a Isabella, que me observaba sin pestañear— la sangre es de ella. Y te recuerdo que lo que está en juego no es esta casa, sino la unión de dos mundos. Isabella tiene voz. Todos giraron hacia ella. Estaba de pie como una estatua. Seria. Impecable, pese al vestido horrible que no hacía más que destacar su dignidad. No se movía como una víctima. Se movía como alguien que ha tenido que tragar fuego y sonreír. Ella me sostuvo la mirada y dijo, firme: —Sí. Quiero hablar con él. Y ahí estaba. Sin saberlo, había ganado mi respeto. No por obedecerme. Sino por decidir. —Perfecto —dije con una media sonrisa torcida. Ella se giró y caminó hacia el pasillo trasero, sin mirar atrás. Sus pasos eran suaves pero determinados. Yo la seguí sin prisa, sintiendo cómo los ojos de su "familia" ardían en mi nuca. Atravesamos una de las puertas laterales de cristal y salimos al jardín. Todo seguía igual. El lujo ajeno. El silencio comprado. El hedor a mentira disfrazada de perfumes caros. Ella se detuvo bajo uno de los olivos, con los brazos cruzados. —¿Qué quieres decirme? —preguntó con voz tan tranquila que dolía. No había temor, ni curiosidad. Solo una distancia que no tenía derecho a estar ahí. Me acerqué un paso más, estudiándola. De cerca, sus ojos azules eran más peligrosos que tiernos. Parecían tener memoria. Como si supieran demasiado. —Hace años, antes de que tu abuelo muera, él y mi padre, Santiago, sellaron un acuerdo. Ella frunció el ceño, pero no habló. —Tú y yo, Isabella, estamos comprometidos desde antes de que tú supieras pronunciar tu nombre. Silencio. Lo solté como una bomba que esperaba que hiciera trizas su mundo, que la hiciera temblar, dudar, sonrojarse al menos. Pero no. Nada. Ni un parpadeo de emoción. Nada. —Vaya —murmuró finalmente, con una calma que me irritó—. Qué conveniente. La observé con detenimiento. ¿Qué clase de mujer no reaccionaba ante una noticia así? ¿Acaso no entendía lo que significaba casarse conmigo? La mayoría de las chicas se arrodillarían por menos. Y no lo digo por arrogancia: es solo un hecho. —No aceptaré nada hasta hablar con Santiago —soltó de golpe, con una firmeza que me hizo alzar una ceja. Rodeé los ojos con fastidio. —¿En serio quieres jugar a hacerte la difícil, mocosa? —dije con ironía—. No tenemos tanto tiempo. Ya tienes dieciocho y créeme… sin mí no durarías tanto. De hecho, me sorprende que tu padre no te haya matado aún. Ella frunció el ceño, pero no bajó la mirada. No lo hacía nunca, y eso me cabreaba más de lo que debería. —Te conviene este matrimonio —continué, con voz baja, casi como si le estuviera haciendo un favor—. Es eso o seguir siendo la sombra en esta mansión. Ella dio un paso atrás, su vestido barato agitándose con el viento. —Una jaula con mi padre… o una contigo. Es exactamente lo mismo —escupió. La rabia me subió al pecho, pero la contuve. Me encantaba ese carácter, aunque quisiera arrancárselo con los dientes. Me gustaba verla rebelde, aún sin saber que ya estaba atrapada. —No aceptaré nada —repitió ella— hasta que hable con Santiago. Volví a reírme. Jodidamente testaruda. Como si no entendiera que esto no era una elección, sino un destino escrito con sangre. Como si aún creyera que su voz tenía poder. —Habla con quien quieras, Isabella —dije al final, con una sonrisa torva—. Pero recuerda algo: los acuerdos entre hombres no se deshacen por caprichos de niñas con vestidos de vómito. Sus ojos azules ardieron. Pero no respondió. Y eso… fue su error.
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