La visita.

1255 Words
Chiara tenía esa forma peculiar de reírse: como si cada palabra que saliera de su boca fuera una daga cubierta de terciopelo. Estábamos en la cocina, fingiendo que compartíamos un desayuno. Ella sentada como si fuera la reina de esta casa. —¿Has escuchado? —Chiara tomó una fresa y la mordió con lentitud teatral—. Esta noche vendrá el nuevo líder de la Camorra. Dicen que es guapísimo. Me limité a mirarla. Sabía que no estaba compartiendo una noticia; estaba preparando el terreno para su burla. Yo quería ver a Santiago no a su hijo quién decían que es un maldito hijo de puta. —Aunque tú, Isabella, no tienes nada que hacer —continuó con una sonrisa venenosa—. Mira ese pelo… ¿nunca oíste hablar de un cepillo? Y tus vestidos parecen sacados de una novela del siglo pasado. Dudo que un hombre como él siquiera se digne a mirarte. No respondí. Ya no lo hacía. Había aprendido que guardar silencio era más poderoso que cualquier réplica. Además, ¿para qué discutir con alguien que se cree princesa solo porque mamá le compró el título? Horas después, estaba en mi habitación. Si se le podía llamar así. Era un cuartito junto al ala de los empleados, con una cama vieja y un armario que apenas cerraba. Pero lo había dejado reluciente. Cada rincón, cada rincón, olía a lavanda y desinfectante. Me gustaba que al menos ese lugar fuera mío. Tenía el vestido menos arrugado colgado en la percha, y un cepillo sobre la cama con el que intentaba domar mi cabello ondulado. Chiara no sabía que ese cabello lo heredé de mamá. Que cada rizo era una prueba de que existió. Me disponía a atarme el cabello cuando escuché dos golpecitos suaves en la puerta. —¿Isa? Gale. Solo su voz tenía ese efecto en mí. Como si la casa dejara de crujir, como si, por unos segundos, el mundo dejara de doler. Fui a abrir. Estaba de pie, alto como siempre, con su chaqueta negra y el rostro serio. La cicatriz en su mejilla izquierda lo hacía parecer más rudo de lo que era conmigo. Pero yo lo conocía desde que era niña. Él había sido mi sombra, mi cómplice silencioso. —Te traje algo —dijo, levantando una caja blanca con cinta celeste—. Son jabones y cremas… Mi hermana trabaja en una perfumería, y cuando le conté que no tenías mucho, me dio esto para ti. Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas, pero las contuve. Yo no lloraba. No por cosas bonitas. —Gracias, Gale… No tenías que molestarte. —Sí tenía —me interrumpió con ese tono que siempre usaba cuando me hablaba en serio—. ¿Sabes cuántas veces me partió el alma verte con esos harapos que te da Lorena? No es justo, Isa. Tú no deberías vivir así. Bajé la mirada. Era verdad. Todo lo que tenía era viejo, usado… triste. Lo que no era de Chiara, era de algún armario polvoriento. Lo que no me quedaba grande, estaba roto. —Ni siquiera tengo pijamas —susurré—. Solo esa camiseta que tú me diste… Gale sonrió. Lo vi por primera vez en días. —La gris, ¿no? Asentí. Esa camiseta enorme que una vez se quitó cuando me vio temblando en el jardín. Me la dio sin decir palabra, y desde entonces la uso para dormir. Tiene su olor. Su calor. A veces, cuando todo está en silencio, la abrazo como si fuera un escudo. —Y el chocolate que me diste el mes pasado… aún lo tengo guardado. Bueno, casi todo. Solo como un pedacito cuando estoy muy triste. Gale se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos. —No deberías acostumbrarte a las sobras, Isa. —No tengo opción —dije sin drama, solo con la frialdad que la vida me enseñó—. A papá no le importa. Lorena me odia. Y Chiara… Chiara solo existe para recordarme lo poco que valgo en esta casa. Quisiera largarme, pero los enemigos de la familia no tardarían en buscarme. Ya sabes cómo acabaron mamá y mis tíos. Gale me miró fijamente. Se agachó un poco hasta que nuestros ojos quedaron a la misma altura. Sus dedos rozaron una de mis ondas rebeldes, apartándola con suavidad. —Tú vales más que todos los que viven en esta mansión, Isabella. No dejes que te convenzan de lo contrario. Algún día… vas a salir de aquí. Vas a tener tu vida. Y cuando ese día llegue, quiero que recuerdes esto: nunca estuviste sola. Tragué saliva. Me ardía el pecho. —Gracias por verme, Gale —le dije bajito. Estábamos aún abrazados cuando escuché la puerta abrirse con fuerza. —¡Qué escena tan conmovedora! —dijo la voz de mi madrastra, venenosa como siempre—. No me extraña en lo más mínimo. Por supuesto que te revolcarías con un escolta, Isabella. Me separé bruscamente de Gale, el corazón me dio un vuelco, pero él ni se inmutó. Solo se puso firme, como si volviera a su rol de guardaespaldas, esa máscara que lo protegía de los que no podían saber que tenía alma. —No estaba pasando nada, señora —dijo él con tono respetuoso, pero firme. Lorena lo ignoró por completo y me miró como si fuera algo pegado en la suela de su zapato. Sus ojos se detuvieron en mi camiseta —la de Gale— y torció la boca en una sonrisa cruel. —Ponte algo decente —escupió con desprecio. Caminó hasta la cama y lanzó un vestido arrugado que ni siquiera se molestó en doblar. Cayó como trapo viejo sobre las sábanas—. Tienes cinco minutos. Baja al comedor. Esta noche viene alguien importante. Alguien de verdad. No como tú. Me quedé en silencio, tragando el orgullo, mordiéndome la lengua. No le daría el placer de verme quebrarme. No otra vez. —¿Quién viene? —pregunté con la voz más neutra que pude. —No es asunto tuyo —me cortó—. Pero tal vez, si te limpias bien esa cara y te recoges ese pelo horroroso, al menos no darás tanta pena. Gale apretó los puños. Lo noté. Sus nudillos se tensaron como si tuviera que contenerse para no decirle lo que pensaba. Pero no podía hacer nada. No sin poner en riesgo su puesto… o algo peor. —Cinco minutos, Isabella —repitió Lorena con una sonrisa de satisfacción—. Y bájate esa camiseta de una vez. Vas a acabar pareciendo una cualquiera. Y se fue. Cerró la puerta de un portazo. Me quedé mirando el vestido. Marrón, feo, con botones desparejos y un olor a encierro. Probablemente de Chiara, como siempre. Otra sobra. Otra humillación. Gale no dijo nada por un momento. Luego se acercó y me tocó el hombro con suavidad. —No dejes que sus palabras se te metan en la piel. —Ya están ahí —susurré—. Hace años que viven en mí. Él me miró con pena, pero también con algo más profundo. Rabia. Dolor. —Vístete —dijo al fin—. Y mírales la cara en la cena. Que vean que no te han roto. Asentí. Y mientras él salía, cerrando la puerta detrás de él con más cuidado del que ella tuvo, supe que esa noche iba a ser distinta. Algo iba a cambiar. Y yo tenía que estar lista.
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