La promesa a un muerto.

883 Words
Thiago Russo. —¿Me has hecho venir desde Nápoles para esto? Lanzo el vaso de whisky al escritorio sin mucha delicadeza. El líquido salpica, pero no me importa. Mi padre, en cambio, se mantiene impasible, como siempre. Frío. Correcto. Intimidante, incluso para mí. —Siéntate, Thiago —ordena con esa voz que no acepta réplica. Y yo, como un maldito reflejo, obedezco. Aunque detesto hacerlo. —¿Qué pasa ahora? ¿Otro idiota queriendo traicionarnos? ¿Quieres que le corte la lengua o se la meta por el culo? Santiago me ignora. Abre un cajón del escritorio y saca un sobre viejo, amarillento. Me lo lanza. Lo atrapo al vuelo. —¿Y esto? —Ábrelo. Lo hago. Lo primero que veo es una fotografía. Y lo segundo, un impulso irrefrenable de reírme en su cara. —¿Qué mierda es esto? —me carcajeo, alzando la foto entre los dedos—. ¿Esto es una broma? ¿Una amenaza? ¿Un castigo? La foto es ridícula. Una chica de unos… diecisiete, tal vez dieciocho años. Cabello oscuro y ondulado, como si se hubiera peleado con el peine y perdiera. Ropa sin gracia, sin estilo, como si se vistiera con lo primero que encontró en un contenedor. Lo único que destaca son esos ojos. Azules. Fríos. Peligrosos. —¿Quién es esta? ¿Tu nueva mucama? Porque si me estás insinuando que me case con ella, mejor mátame ahora —suelto, riéndome todavía—. Se me baja con solo verla. ¿Esto es lo mejor que tienes para mí? El golpe seco de su mano contra el escritorio me hace callar. Sus ojos, más oscuros que nunca, me perforan como cuchillas. —Se llama Isabella Lombardi. La nieta del Don del verdadero de Don Vittorio Lombardi.La única sangre legítima que queda de los Lombardi. Y entonces todo se congela. —¿Qué? —Hace años, antes de que el Don muriera, me hizo prometer algo —continúa mi padre, esta vez más grave, como si cada palabra llevara peso de plomo—.Me pidió que protegiera a su nieta. Que la mantuviera lejos de los buitres. Y que el poder de los Lombardi y los Russo se uniera. —No me jodas… —susurro, sintiendo cómo el estómago se me revuelve. —Te vas a casar con ella, Thiago. El trato está sellado. Y ella ya ha cumplido dieciocho. —No. Ni loco. Yo no necesito una niña mimada con cara de depresión y pelo de estropajo. —No es una petición. Es una orden. Lo miro con rabia. Pero él no se inmuta. Santiago Russo no pide. Dispone. —¿Y qué? ¿Me caso con esa cosa y me convierto en niñero? —Te casas con una Lombardi, no con una “cosa”. Y lo harás aunque tengas que tragarte tu ego malcriado. —Se levanta, rodeando el escritorio—. No lo haces por ella. Lo haces por el futuro de la Camorra. Por el poder. Por respeto al Don que te enseñó a disparar cuando ni siquiera sabías limpiarte el culo. Apretó los puños. No por miedo. Por rabia. —No la quiero. Ni siquiera la conozco. —La conocerás. Y aprenderás a respetarla. Porque esa chica… aunque no lo parezca, vale más que todas las putas que has llevado a tu cama.— Espeta mi padre —Se llama Isabella Lombardi.La única sangre directa que queda del Don.La nieta del hombre al que tú, Thiago, deberías besarle los pies por todo lo que tienes hoy. Ruedo los ojos. No puedo evitarlo. —Oh, por favor, no me salgas con el discurso de “honor y respeto al Don”. El viejo ya está muerto. Y tú y yo sabemos que el respeto en esta vida se gana con un cañón, no con apellido. Mi padre se acerca. Cada paso suyo es más pesado que el anterior. —Ese hombre me perdono la vida cuando tú y tu hermano eran unos críos.Si hoy eres líder de la Camorra es porque él y yo limpiamos los caminos para ti. Así que sí, al Don se le respeta. Y tú vas a cumplir su última voluntad. —¿Y cuál es? ¿Que me arruine la vida casándome con una espantapájaros? — Está decidido. No te pido que te ates de por vida. Tengo grandes planes, pero te necesito en la mansión de los Lombardi como su esposo. Su voz es como una maldita sentencia. —No te estoy pidiendo que la toques. Te estoy ordenando que la protejas, que te cases con ella y que le devuelvas a los Lombardi la posición que les corresponde. Ella es la llave.Y si tú fallas, el infierno no será suficiente para lo que te espera. Aprieto los dientes, furioso. —¿Y si me niego? —Entonces dejarás de ser el líder de la Camorra. Y yo mismo te borraré de la historia. Así que elige, Thiago. Si te niegas tu hermano tomara tu lugar en todo sentido. Salgo del despacho con la foto todavía en la mano. Miro sus ojos. Esos ojos malditos. Maldita sea mi suerte, pero yo jamás dejaré el poder estoy demasiado acostumbrado a el dinero, las putas y hacer mi santa voluntad.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD