Ellos son dos heridos que caminan por territorio Sokolov. Anya sigue ocupándose de su maletín mientras Kai intenta presionar la herida hasta atenderla en su despacho.
Él no la espera y ella no se preocupa en atenderlo. Ambos se preocupan por sí solos aunque ambos se dirigen al mismo sitio.
Anya deja el maletín en la puerta del despacho de Kai mientras este entra sin cerrarla. Indirectamente se mueven como si estuviesen sincronizados.
Él va directo a la cómoda dónde toma la caja de madera de las curas y ella espera que se gire para arrebatersela de las manos.
Le da la espalda para tomar la puerta y no hace más que entrar de lleno el maletín y cerrarla con seguro.
El ruso se sienta en su silla atendiéndola y ella lo ignora. Si le presta atención puede cometer el error de arrodillarse.
Toma en su vitrina, con el atrevimiento que no consigue nadie, una botella de whisky que cobra el dinero que en su vida ha tenido en su poder... Hasta ahora.
Gira la botella dejando caer un chorro generoso de la bebida sobre la herida. Él ni se inmuta, más bien, aprovecha la oportunidad de tenerla cerca para sentarla bruscamente sobre él.
Anya entiende mal las cosas y lo comprueba cuando se da cuenta que él solo la tiene en sus muslos porque curará su hombro.
La v***a del ruso parece no haber sido afectada por el disparo porque está dura, demostrándole a Anya lo que guarda debajo de su pantalón.
La pelinegra saliva y el recuerdo de todos los juegos de Kai vienen de golpe , haciéndole las cosas más difíciles.
Se mueve ligeramente y con mucho disimulo, procurando sentirla un poco, ganando miles de preguntas en su cabeza.
Kai termina de curarle el hombro y Anya ni se entera, perdida en los que percibe debajo de su trasero.
El ruso se cura el mismo el abdomen mientras la pelinegra sigue en su tarea, distraída de todo.
—Te enviaron con el diablo y se olvidaron de que podías pertenecer a él —demanda el ruso y ella se queda tranquila mientras percibe como la braga está algo húmeda, difícil de usar.
...
—Entrenamiento —le informan a las seis y Anya se levanta.
El entrenamiento es en el jardín trasero. Anya, se recoge el pelo con la coleta mientras sube con rapidez la cremallera de su abrigo.
Está vez Kai le enseñaba sobre el Kav Magra, empleando otros medios: patadas, rodillazos, golpes...
La lección es atendida a la perfección y la practica implicaba mucho roce. Kai atacando, Anya defendiendo, luego a la inversa. Aunque lo controlaban, el cuerpo de Kai siempre terminaba tomando el de Anya, dejándolo inmóvil.
—Vozmezdie es un caos ahora, ¿que piensas hacer? —pregunta él y la deja fuera de combate con un ataque. Ella se ha distraído con la pregunta.
Sabe que si le miente será en vano porque si el habló de esto es que tiene la seguridad de lo que dice.
Así que no le queda otra opción que hacerle frente a la verdad. Si no la había matado hasta ahora, no lo haría.
—Cumplir otra misión designada —responde antes de atacar.
— ¿Cuál sería esa? —indaga él antes de presionarla contra él, impidiéndole movimiento a ella.
—Ser la segunda al mando de esta organización —responde intentando soltarse, pero Kai la tiene presionada contra él, de espaldas y ella no puede hacer más que sentir su dureza.
—Ya le has fallado contándoles a ellos mis planes —suelta Kai.
—Le he fallado a ellos, percibiendo cosas raras por el líder de los Volki Sibiri, a quién se supone que debería entregar —comenta y esto distrae a Kai y termina soltándose y abofetéandolo.
—Entonces tú no eres de confianza —replica él presionándola de frente a él, agarrando sus manos a su espalda, sosteniendo sus piernas con las suyas. Ella no puede moverse, pero sigue sintiendo el contacto.
—No lo soy —responde con seguridad Anya y él la observa—. Me he dado cuenta que puedo ser muy peligrosa si me traicionan.
—Recuerde algo, Agente Zero. En esta organización entra quién yo quiero que lo haga y no sale nadie. Te voy a dar siempre lo que tú quieres recibir, te daré la confianza de tenerlo y creer que obtendrás tu cometido, pero entonces, mis planes van a cambiar.
Ella entiende, sabe que ha actuado como él quería. Ha enviado la información de ataque al monasterio mientras él tenía otros planes.
— ¿Dónde has operado tú? —indaga.
—En el santuario de todos los zares de la región. No habrá nada que ponga en peligro mis cosas —contesta él con seguridad observándola. La respuesta para ella es un poco confusa.
—¿Qué harás conmigo? —pregunta ella curiosa.
—Sigues preguntando equivocadamente. ¿Qué no haré?
Anya saliva sin poder evitarlo, teniendo la mirada acero de treinta y cinco años sobre ella.
— ¿Qué no harás? —cuestiona.
—Dejarte salir —le da una respuesta con una seguridad arrolladora.
—¿Qué papel juego? —sigue preguntando ella.
— ¿Cuál quieres jugar tú? —interroga él mientras siguen uno frente a otro.
—¿Le das la posibilidad de elección a tu gente? —le sigue ella.
—Tú eres especial —apunta Kai y Anya por dentro presencia un tsunami.
—¿Que tan especial?
—Mi mascota más eficiente —suelta él sin inmutarse, provocando que ella intente soltarse. Intenta no mostrarlo, pero se cabrea.
—Suéltame —demanda ella con brusquedad. La molestia no puede ocultarse más.
Nunca se ha mostrado ese hombre compatible o cariñoso. Si Anya esperó que de su boca saliese algo bonito, pues aún duda de que suelo está pisando.
—Las órdenes aquí, las doy yo —recuerda Kai—. Arréglate que nos vamos —ordena dándole dos azotes en el rostro y ella se enfurece más.
Él se dispone a andar y Anya aún furiosa por lo que dijo, corre hacia él para encaramarse encima de su espalda y tomarlo por el cuello.
Ella no entiende que su complexión no es fácil de hacerla caer y que las habilidades no fueron creadas en un día. El ruso hace un giro y la deja a horcajadas delante de él. Ella intenta golpearlo, procurando desquitarse la rabia que lleva dentro. Le da golpe en el pecho, pero siente como si hubiese lanzado la mano a metal. Vuelve a abofetearlo y él le aprieta el culo mirándola. Vuelve un nuevo intento y ya lo cabrea a él. Hay tanta impotencia y juego de poder aquí que al verlo aseguran que para traer la calma necesitarán golpearse más allá del método tradicional.