Kleo no pensaba con claridad. Pero aún así, cada fibra de su cuerpo sabía lo que estaba haciendo. Tenía la frente apoyada en la de James, los ojos cerrados, la respiración suspendida entre los segundos. El calor de su aliento chocaba contra el de él y el mundo entero parecía haber quedado fuera de esa habitación. Solo existían ellos. El sofá que crujía levemente bajo sus cuerpos. El pulso agitado. El silencio que lo decía todo. James no se movía. No avanzaba. No retrocedía. Estaba inmóvil, con la tensión contenida en los músculos del rostro, en la línea de la mandíbula, en la forma en que sus dedos apenas se atrevían a rozar la manta que cubría los hombros de ella. Parecía atrapado entre la urgencia de responder y el miedo de hacerlo. —No quiero pensar más esta noche —susurró Kleo de nu

