La expresión de James era puro fuego. Kleo lo observó tambaleante, con los brazos cruzados en un intento torpe por protegerse de lo inevitable. El frío la sacudía más por dentro que por fuera. Su cuerpo aún temblaba por la mezcla de alcohol, rabia y vergüenza. Sus ojos, vidriosos, apenas podían sostener la mirada penetrante de su esposo. —¿Qué diablos ha sido eso, Kleo? —repitió James, su voz más baja pero cargada de veneno—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? —¿Y tú qué haces aquí? —espetó ella, dando un paso hacia atrás—¿Me estás siguiendo ahora? —No respondas con otra pregunta. Estabas besándote con un imbécil en público. ¿Qué querías demostrar? —¡Que soy libre! —gritó, tan alto que algunos transeúntes se giraron a mirar—¡Que no soy tu maldita prisionera! ¡Que puedo hacer lo que

