Narra Bárbara
Nunca había empacado una maleta con tanta tristeza, ¿desde cuándo viajar se siente de esta manera? Refuté durante toda la noche mientras recogía mis cosas, aún no le hablaba a mi padre por obligarme hacer esto.
—¿Ya compraste el vuelo? —pregunta mi padre entrando a mi habitación—. No es que desconfíe, pero necesito ver el comprobante.
Mordí mis labios y no quería responder, en realidad no lo había hecho.
—Viajaré en bus, así que no fue necesario comprar el vuelo.
—Espera ¿Qué acabas de decir?
No respondí, sé que me escuchó con claridad.
—¿Sabes cuantas horas hay de diferencia?
—Dieciocho horas, papá, lo sé.
—¿Por qué no tomar un vuelo?
—Porque necesito esas dieciocho horas para mí, para pensar, hay mucho que tengo en la mente y necesito ese tiempo.
—Bien, como sea, después que llegues a tu destino; no me importa si vas en burro. A primera hora te espero en la salida, intenta no llegar tarde.
—Sí…
A pesar de todos mis esfuerzos, el viaje fue una realidad; mi padre me llevó a la estación de buses y no se despegó de mi lado hasta que anunciaron la hora de partir.
—No quiero que te vayas enojada conmigo, ven, dame un abrazo.
Lo miré y fruncí un poco mi boca.
—Lamento haberte hablado mal el otro día, estaba enojada.
—Lo sé, pero quiero que sepas que solo intento que te lleves mejor con tu madre.
—No desgastes tu esfuerzo en esto, por favor, quiero que todo eso lo tomes para ti; así que, espero que aproveches este tiempo a solas y le invites un café a la señora Dahiana, he visto como la observas cuando va al almacén.
—¿Qué cosas dices?
—Te voy a extrañar, te enviaré un mensaje cuando llegue y espero que no te enojes si no tardo más de dos días en casa de mi madre.
—Sé que no será así, la pasarás bien.
Le di un abrazo y subí al bus.
Debo confesar que me arrepentí de mi elección cuando pasaron las primeras cinco horas, ya me dolía el cul*.
Las que se suponen sería dieciocho horas, se convirtieron en casi veintitrés. Ya estaba que pedía auxilio, pero no había retorno, ya estaba del otro lado del charco.
Con el cuerpo cansado, agotada y sintiendo que estaba molida, llegué a mi destino. Le avisé a mi padre que estaba en Miami, ya solo quedaba esperar a mi madre. Tenía un morral y un equipaje más, sentí que no necesitaba más, en realidad no soy una mujer de tantas vanidades, no soy tan excéntrica, creo que lo básico es algo que aplico en mi actual estilo de vida. Siento que es mejor pasar desapercibida, es lo que más me caracteriza.
—¿También esperas que vengan por ti? —pregunta una chica sentándose a mi lado.
—Sí, así es.
—Oh, ese pin en tu morral es de la universidad estatal, ¿verdad?
La chica señala el morral que tenía en mi regazo.
—Sí, ahí estudio.
—¡¿Enserio?! Yo igual, ¿en qué carrera vas?
—En diseño de interiores —respondí.
—¡No! Oh, qué casualidad yo también, estoy en mi tercer año ¿y tú?
—Ya voy en el cuarto.
Reparé a la chica y su rostro no se me hacía familiar.
—¿De verdad? Creo que no nos hemos cruzado antes, ¿Cómo es tu nombre?
—Bárbara Nolan.
—¿Nolan Spencer? ¿de la clase tres?
—Oh, no, Nolan Dupont, clase dos.
La chica congela su sonrisa y me mira aún más extrañada.
—¿Dupont? Ay no puede ser, eres la hija de Clarisa Dupont ¿cierto?
—¿Cómo lo sabes?
Me sorprende que alguien lo note así no más, que horror.
—Soy de aquí de Miami, todos saben quién es Clarisa, es como mi ídolo. Es una diosa, diva, espectacular. Debe ser genial tener una mamá como ella.
—Pues, que te puedo decir…
Un auto se detiene en frente de nosotras y toca el claxon un par de veces.
—Es mi hermana, vino a recogerme ¿hacia dónde vas? Imagino que, a su mansión, quizás podemos darte un aventón.
—No, está bien, pronto vendrán por mí.
—Está bien. Por cierto, soy Lisa; espero toparme contigo en la uni. Hasta pronto.
La chica sonríe y se aleja hacia el auto de su hermana.
Tenía casi una hora esperando, estaba a punto de tomar un taxi y llegar a la casa de mi madre por mi cuenta, pero llegó un mensaje de ella.
—¿Dónde estás? No logro verte.
Despegué mis ojos de la pantalla del móvil y me puse de pie para buscarla con mi mirada, pero no lograba verla y eso es extraño. De la nada, veo que las personas empiezan a señalar hacia un lugar, no sé por qué lo presentí, algo me decía que era ella.
—No puede ser —solté apenada.
Aparece una limusina blanca de último modelo, lo menos extravagante que mi madre pudo traer para recogerme.
—¡Cariño! —grita ella saliendo del auto con su ropa de hacer ejercicio.
Aquellos shorts cortos y tops diminutos, no dejaban nada a la imaginación. Casi todos los hombres empezaron a babearse cuando apareció.
—Lamento llegar tan tarde, pero estaba con mi entrenador; no sé cómo el tiempo ¡Pum! Pasó por mis narices. No creas que me olvidé, eh. Solo que Dios, tengo tanto en mi agenda que no sabes todo lo que hice para estar aquí. Bienvenida, cariño.
Ella abre sus brazos y se acerca para darme un fuerte abrazo, sus senos llenos de silicona maltrataban mi pecho.
—Estás muy grande, casi que ni pude reconocerte. ¿Cuánto ha pasado? ¿dos años?
—Siete —respondí.
—Vaya, sie… siete años, eso es mucho. El tiempo quiere correr en mi contra, pero no me dejaré alcanzar, seré más rápida.
Mi madre tiene 50 años y es una empresaria importante, importante y reconocida, tienen una vida llena de lujos; es obvio, el dinero no es un problema para ella. Su única preocupación es lo que acaba de mencionar, el tiempo. Tiene tantas cirugías que ya perdí la cuenta.
—Cariño, ¿por qué traes ese atuendo?
Ella me repara con un mal gesto y preferí no responder, más bien le devolví la pregunta.
—¿Podías venir más desnuda? Todos los hombres te reparan como si quieran devorarte.
—Eso es una buena señal, a mi edad a un hago tráfico. Ven, ¿Qué esperas? Vamos a casa.
Pensé que al menos me ayudaría con mi morral, pero no, cargué mis cosas hasta la limusina y era momento de ir a su mansión.
—¿Quieres un trago? —pregunta sirviendo una copa de no sé qué.
—No, no me gusta el alcohol.
Ella pone poca atención y le da un sorbo a su trago.
—Mi padre dijo que…
Ella levanta su mano para que haga silencio, toma su móvil y hace una llamada que demora todo el trayecto hasta su casa.
—Llegamos —indica el conductor.
No recordaba este lugar así de grande, estoy impactada.
—Señorita, déjeme ayudarla con sus cosas.
—Oh, gracias.
Mi madre camina detrás de mí aún en su móvil, en el momento que corta la llamada le pregunta a alguien por Alexander, ¿Quién es Alexander? Me imaginé que era su entrenador de tenis o quizás de golf, su masajista o cualquiera de esas personas que contrata solo porque sí.
—El señor Carter está en la piscina.
—Bien, gracias. Bárbara, sígueme, quiero presentarte a alguien.
Caminé tanto que mis pies empezaron a doler, pero luego de varios minutos de caminata, llegamos a la piscina. Reparé todo notando que sí han cambiado muchas cosas, escaneaba lentamente hasta que mis ojos se posaron en el hombre que estaba saliendo de la ducha. Mis ojos se abrieron de par en par, mi boca se hizo agua y tragué sonoramente.
Aquel hombre alto y de complexión gruesa, tenía una toalla que frotaba en su cabeza. El agua se escurría por su cuerpo y… este me observa de la nada y me sonríe.
Miré detrás de mí pensando que era un error, pero no, el hombre empieza a caminar en nuestra dirección sin despegar sus ojos de mí.
Me torné un poco nerviosa, pero creo que lo disimulé bastante bien.
—Cariño, quiero que conozcas a mi prometido; Alexander Carter.
El hombre se detiene a un lado de mi madre y extiende su mano hacia mí, pero no la tomé, solo miré a mi mamá sin entender nada.
—¿Cómo que prometido? ¿qué pasó con…?
No podía ni recordar el nombre del hombre con el que se había casado hace unos meses, ¿Cómo era su nombre? ¿Cómo que ya está comprometida con alguien más? había conocido tantos que ya ni los recordaba a todos.
—Alexander se quedará con nosotras por uno tiempo, también está aquí de vacaciones.
El hombre aún con su mano en el aire dice:
—Es un gusto, Bárbara. Tu madre me ha hablado mucho de ti.
—El gusto es mío.
Forcé una sonrisa y levanté mi mano, en el momento que Alexander la toma, sentí que la arropó por completo, tiene una mano bastante grande y fuerte.
Desde ese momento supe que mis vacaciones serían una mierd*, no solo iba a lidiar con mi madre, sino con su nuevo novio de rostro lindo que parece su hijo mayor.
Lo que faltaba.