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1020 Words
Lizzie regresaba feliz. Había estado toda la tarde con su abuela y había quedado encantada con el lugar. Ni siquiera en sus mejores sueños hubiera imaginado que un lugar así existía. Era un predio enorme, con casas separadas en las que las personas ingresadas podían compartir momentos de ocio y mantener su intimidad a la vez. Las enfermeras y el personal habían sido de lo más amables y la comida exquisita. Incluso el médico a cargo del lugar la había llamado para completar la historia clínica de su abuela y había indicado chequeos para asegúrese de cuidar de su salud. Eran casi las seis de la tarde y la penumbra comenzaba a asomarse al horizonte. Llegó a la casa a pie y recorrió una vez más aquel camino, aunque esta vez en sus cómodas zapatillas. Entró a la casa, con sus jeans ajustados y su camisa a rayas que le daban un aspecto muy moderno y se sorprendió al ver a Leo sentado en uno de los livings. -Hola, ¿tan temprano en casa?- le preguntó con su habitual espontaneidad y al notar que Leo la miraba y alzaba sus cejas con elocuencia supo que no estaba solo. -Bueno, por fin puedo conocer a la afortunada que logró derretir a este iceberg.- dijo la voz de un hombre bastante mayor que ellos mientras se ponía de pie. Lizzie dejó su cartera y se apresuró a acercarse. -Gerardo, te presentó a mi esposa Elizabeth.- dijo Leo colocando su mano en la cintura de Lizzie para guiarla hasta dónde aquel m*****o de la junta la esperaba. -Gerardo es uno de los miembros mayoritarios de la junta de la empresa. - le aclaró a Lizzie quien comprendió a la perfección que había llegado el momento de interpretar su mejor papel. -Encantada de conocerlo, Gerardo.- dijo estrechando su mano y al ver que el hombre la estudiaba con escepticismo, sin soltarlo se acercó un poco más. -A ver cuando me lo devuelven más temprano.- dijo con complicidad mientras ofrecía una enorme sonrisa que conquistó a aquel desconfiado geronte. Gerardo sonrío mientras asentía con su cabeza. -Debo decirle que escogió usted a un adicto al trabajo, le juro que no somos nosotros quienes lo retenemos.- dijo el hombre con gracia. Leo observaba la escena sin poder creerlo. Su abogado le había dicho que su padre había llamado a cada m*****o de la junta para alertarlos. No creía en su repentino matrimonio y estaba dispuesto a desenmascararlo, por eso Gerardo había insitido en acompañarlo hasta su casa. Ver aquella fotografía en su escritorio no le había bastado y ahora, sin poder avisarle a Lizzie, quien no había respondido sus mensajes, debía improvisar y eso era algo que no le agradaba. -Gracias, por la información, será cuestión de ofrecerle algo más tentador en casa entonces.- dijo ella a modo de broma y antes de que Leo pudiera responder se acercó y tomando sus mejillas entre sus manos le dio un beso en los labios. Leo tardó en reaccionar, pero al ver el gesto de Gerardo supo que Lizzie había sido lo suficientemente convincente. -Ahora si me disculpan, voy a cambiarme. Leo y yo tenemos una cena y quiero arreglarme un poco.- dijo volviendo a estrechar su mano con aquel hombre, cuya sonrisa le confirmó que lo había logrado. -Adelante Elizabeth, yo no quiero robarles más tiempo. Leonardo, estoy muy feliz por saber que ya no estás solo. Disfrutalo, querido. Te veo mañana en la empresa. - dijo el hombre poniéndose de pie, satisfecho con haber corroborado que aquel joven no los había engañado. Lizzie se vio obligada a detener su marcha y despidió al hombre con una enorme sonrisa, Leo lo acompañó hasta la puerta y una vez que el hombre subió a su automóvil volvió a entrar cerrando la puerta a su paso y liberando todo el aire de sus pulmones. -Creo que superamos la primera prueba.- le dijo Lizzie sorprendiendolo aún parada en aquel enorme hall. Leo llevó sus manos a su cabeza como si necesitara más tiempo para deshacerse de sus nervios. Nunca mentía, nunca necesitaba fingir nada. Él era un hombre serio y apático, nada lo conmovía, había aprendido a serlo y ahora, siendo un adulto comenzaba a sentirse como un adolescente que se escondía de sus padres. -Estimo que sí. - respondió poco convencido. -¿Por qué no respondiste mis mensajes? - agregó, recordando la ansiedad que había sentido antes de su llegada. -Lo siento, fui a visitar a mi abuela y se me pasó el tiempo, me quedé sin batería, me había olvidado de lo obsoleto que está quedando mi móvil.- le dijo aún sonriendo. -A ver.- le dijo Leo estirando su mano. -¿Qué queres ver? ¿Acaso no confías en mí?- le respondió ella indignada cruzando sus brazos sobre su pecho. Leo sonrió y ella alzó aún más su mentón. -Pensás que si no confiara en vos te hubiese dejado entrar a mi casa.- le respondió él aún con su brazo extendido. -¿Sólo quería ver qué celular tenías? - agregó divertido. Lizzie frunció sus labios en un gesto que le recordó a Leo como se sentían. No había querido volver a pensar en aquel fugaz beso, pero en verdad lo había disfrutado. -No vayas a reírte de él.- le dijo ella entregando el antiguo aparato algo avergonzada. Leo negó con su cabeza mientras volvía a sonreír. -Mañana mismo lo cambiamos.- le dijo guardándolo en su bolsillo. -Creo que voy a trabajar desde el escritorio.- agregó intentando escapar, una vez más. -Voy a darme un baño, creo que Aída está preparando ese mejunje riquísimo que hace los días jueves y no quiero perdermelo.- le dijo comenzando a moverse. Leo emitió una carcajada que nunca le había oído y entonces no pudo evitar volver a mirarlo. -Creo que te refería al Ramen. A mi también me gusta mucho.- respondió divertido. -Genial, entonces te espero a las 9 en punto en el comedor. Nuestra actuación merece una celebración.- le dijo ella acercándose para depositar un nuevo beso en su mejilla y dejarlo sin tiempo ni fuerzas para negarse.
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