Realismo
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A partir de aquel día, como si todos sus temores se hubieran vuelto realidad, Lizzie había pasado el tiempo sin saber nada de Leo. Había recibido su desayuno puntualmente cada mañana y si bien los primeros días se había esforzado en lucir elegante para salir de su habitación, al ver que en verdad a nadie le importaba lo que llevaba puesto, había abandonado aquel hábito para recorrer la casa en sus cómodos pantalones de algodón.
Aída cocinaba desde temprano y controlaba que el resto del personal se ocupara de limpiar lo que ni siquiera había sido utilizado. Había caminado por el jardín, había visitado cada sala en busca de más pinturas y se había emocionado al ver que cada una de las elecciones era mejor que la anterior.
Había intentado conversar con algunas de las personas que trabajaban allí, pero apenas había obtenido tímidas sonrisas y alguna anécdota botánica del viejo jardinero.
También había recibido fotografías e informes de la estadía de su abuela en su nuevo hogar y eso la había alegrado, parecía un lugar muy bonito y si bien había pensado en ir a visitarla no quería hacerlo sin antes consultarlo con Leo, quien se limitaba a enviarle dos mensajes por día. Uno para consultarle si estaba bien y otro para avisarle que todo seguía igual.
Todo parecía una aburrida película en la que los días se sucedían sin poder precisar diferencias entre ellos. No estaba mal, pero estaba sola y eso era algo que odiaba.
Esa noche daba vueltas en su cama, de sábanas suaves y almohadas confortables. Había mirado el reloj en su teléfono y sabía que pronto oiría el sonido del motor anunciando que Leo había llegado, solía hacerlo tarde en la noche y como casi no lograba cansarse durante el día, había desarrollado una especie de agenda mental en la que comenzaba a reconocer los sonidos de aquella casa tan silenciosa.
Con una ansiedad enorme por cambiar algo de sus últimos días, se levantó con prisa y abrió un poco su puerta. Aguardó unos segundos más y cuando por fin oyó la puerta principal cerrarse se asomó para volver ver aquel cuerpo alto y fuerte avanzar por el pasillo. Llevaba tantos días sin verlo que incluso lo notó más grande, pero su actitud era diferente, parecía abatido y cansado, como si hubiera dejado de lado su disfraz y por fin se hubiera relajado.
Antes de ser vista volvió a entrar a su habitación y con las luces apagadas dejó una pequeña henidudra por la que aún lograba verlo.
Leo avanzó un poco más y Lizzie notó que detenía su marcha frente a su cuarto. Lo oyó expulsar todo el aire de sus pulmones y pudo ver como alzaba su mano para acercarla a la puerta.
Parecía que iba a golpear.
Fueron los segundos más largos de su vida. Su corazón latía con prisa y su respiración comenzaba a delatarla. ¿Acaso había repetido ese gesto cada noche? pensó con algo de entusiasmo. Sin embargo, al ver que bajaba el brazo y negaba con su cabeza supo que no iba a hacerlo.
Un nuevo suspiró salió de su boca y presa de una ansiedad que comenzaba a dolerle se apresuró a abrir la puerta.
-¿Llegaste?- le preguntó sorprendiendolo tanto que Leo tuvo un pequeño sobresalto.
-Hola Elizabeth, no creí que estuvieras despierta.- le dijo mirándola por fin, sin poder evitar recorrer su cuerpo debajo de aquella tela fina que dibujaba sus curvas con demasiada osadía.
-¿Siempre llegás tan tarde?- le preguntó ignorando el hecho de que con sólo mirarla lograba activar cada fibra sensible de su cuerpo.
-No es fácil mantener la empresa.- le respondió él cerrando sus ojos y dando un paso hacia atrás, como si estuviera intentando continuar su camino.
-¿Cenaste? A mi me quedó comida si queres.- le dijo Lizzie intentando prolongar el único momento del día en el que podía hablar con alguna persona.
Leo volvió a mirarla sorprendido y algo parecido a una sonrisa afloró a sus labios siempre tan rectos.
-Gracias Elizabeth, no tengo hambre.- le respondió con repentinas ganas de aceptar su invitación.
-Deberías comer mejor, no sólo de café vive el hombre.- le dijo ella regalándole una hermosa sonrisa.
Leo por fin la imitó, y la sensación fue tan placentera como extraña.
-Voy a tomar tu consejo.- le respondió olvidándose por un rato de esa enorme mochila que cargaba cada día.
Había hablado con los abogados, les había enviado el certificado de matrimonio y aún aguardaba su respuesta para poder tomar el control total, por el momento sólo apagaba los incendios que su padre había dejado antes de partir a unas vacaciones demasiado largas. Estaba agotado, tenía la presión de hacerlo bien, por su abuelo, por su legado y por él mismo. Sin embargo en ese momento, esta joven aún desconocida le estaba regalando un momento agradable, uno en el que alguien pensaba en él y eso era tan extraño que comenzó a abrumarlo.
-Es tarde, Elizabeth, será mejor que vayamos a acostarnos.- le dijo intentado huir.
-¿Juntos?- le preguntó ella intentando sonar divertida, pero al ver el gesto de sorpresa y temor en los ojos de Leo comenzó a negar son su cabeza mientras llevaba sus manos a su boca como si ese gesto lograra evitar que aquella pregunta saliera.
-Lo siento, fue una broma, perdón.- comenzó a decir y Leo, al verla tan inocente volvió a sonreír.
-No hay problema, soy un poco malo con las bromas, como te dije antes.- le respondió y al notar que continuaba avergonzada volvió a acercarse.
-¿Qué tal ha estado tu día? - le preguntó sin saber muy bien por que lo hacía. No debía involucrarse, no quería conocerla, no podía. Si con sólo mirarlo lograba colarse en sus pensamientos, no quería imaginar lo que sería si abría aquella puerta.
Ahora la sorprendida fue Lizzie, ¿le había preguntado por su día? Sin querer perder la oportunidad de conversar un poco más decidió dejar la vergüenza de lado y volvió a sonreir.
-La verdad, ya que preguntas… Ojo, no quiero sonar desagradecida, acá todos me tratan muy bien...- comenzó a decirle bajando su mirada al suelo como si buscara las palabras adecuadas.
-¿Pero?- le preguntó Leo curioso.
-Es que me aburro muchísimo. - le confesó ella por fin mirándolo a esos ojos que comenzaban a despertar un interés creciente en querer saberlo todo de él.
Leo volvió a sonreír.
-Lo siento, te prometí que hablaría con mi amigo el de la galería y se me pasó. ¿Eso estaría bien?- le preguntó deseando complacerla aunque sea un poco.
-Eso sería maravilloso, pero no quiero ser consentida, si voy a trabajar me gustaría que sea en un puesto para el que estoy preparada, uno en el que pueda demostrar que puedo hacerlo.- le respondió con gesto profesional.
Leo alzó su brazo, hubiese querido tocar sus mejillas rosadas pero detuvo su movimiento en el camino.
-Me parece justo.- respondió finalmente volviendo a tomar distancia. ¿Que le estaba pasando? Por eso intentaba no verla, no podía permitirse distracciones y esta joven cada vez se tornaba más peligrosa.
-Muchas gracias, Leo. - le respondió y antes de que pudiera huir, ella, fiel a sus impulsos se acercó para darle un corto, pero dulce beso, en su mejilla.
-Qué descanses bien. - le dijo mientras se alejaba ajena a todo lo que aquel contacto había producido en su esposo.
Leo tardó unos segundos en recuperar la compostura y finalmente reaccionó.
-Gracias, vos tambien.- respondió y comenzó a caminar hacia su cuarto.
-¿Leo?- lo llamó ella una vez más y él sintió como todo lo que en verdad deseaba hacer lo alcanzaba.
-¿Te parece bien si voy a visitar a mi abuela mañana?- le preguntó expectante, derribando todos los pensamientos que habían cruzado por su mente.
Leo asintió con su cabeza, creía que si volvía a hablar ya no querría dejar de hacerlo. Pero debía. Debía regresar a la soledad de su habitación, a esa vida sin amables y sensuales jovencita que besaban su mejilla para desearle buenas noches.