Si Lizzie hubiese tenido que catalogar su boda en algún periodo del arte, sin dudas lo hubiera hecho en clasicismo. Al igual que aquel periodo, la misma había sido sobria, racional y sin exageraciones.
Pasada la sopresa por el enorme vestidor que Leo habìa mandado a preparar para ella, habìa decidido tomar un vestido de color blanco. Parecía un cliché pero si iba a casarse al menos podía hacerlo en ese color. Era un vestido corto hasta la rodilla, de lino refinado con escote cuadrado y mangas cortas. Aún no entendía cómo había logrado escoger su talla, pero agradecìa que el cierre cerrara sin inconvenientes. Se había maquillado un poco y estaba intentando lograr un peinado sofisticado cuando golpearon a su puerta.
-Señora Elizabeth, le traigo su desayuno.- le anunció Aída al otro lado y ella se apresuró a abrir.
Al igual que la noche anterior, una bandeja lujosa con una exquisita y saludable porciòn de comida le habìa sido enviada hasta su habitaciòn.
-Muchas gracias Aída, lo de ayer estaba riquísimo y esto tiene una pinta…- le dijo tomando una de las frutas prolijamente cortadas que decoraban un pequeño plato de porcelana.
-Gracias, me alegro de que lo haya disfrutado.- respondió Aída con una sonrisa genuina en sus labios. Se disponía a retirarse cuando Lizzie volvió a hablar.
-¿Leo ya desayunó?- le preguntò sorprendiendola.
-Eh… el Señor Leonardo nunca desayuna, creo que ya salió para la oficina.- le respondió procesando el hecho de que aquella joven tan simpàtica llamara de esa forma al serio de su jefe.
-¿Nunca? ¿Tampoco cena?- le preguntó a pesar del intento de huida de la mujer.
-Pocas veces. Señora Elizabeth, debo seguir con los quehaceres. El chofer la espera a las diez.- le dijo sin querer prolongar la conversación. Su jefe era un buen hombre, pero demasiado solitario, no quería ser indiscreta y sabía que de seguir la conversación podría llegar a decir algo demàs.
Lizzie desayunò mirando el jardin desde su ventana. Era una casa hermosa. Creyó que no le molestaría tener esa vista por el resto de su vida. Pero luego recorrió la habitación y un escalofrío pasó por su cuerpo. Estaba sola. Había estado sola demasiado tiempo y eso era lo único que no quería volver a sentir.
A las 10 en punto subió a un auto lujoso, con sus zapatos de tacón y su cabello suelto. Su idea de peinado formal se había visto frustrada y sin querer darle más vueltas lo había dejado lacio a su merced.
Cuando llegaron al registro civil, una pareja salía a la vereda. Los gritos eufóricos y los granos de arroz la llevaron a sonreír. Se los veía realmente felices. Estaba perdida en la vista cuando alguien la tomo del brazo.
-Buenos dìas.- dijo Leo con esa seriedad a la que comenzaba a acostumbrarse.
Lizzie girò y lo vio tan atractivo como lo recordaba, llevaba un pantalòn de vestir y una camisa entallada, como el dìa que lo habìa conocido. No se había molestado en cambiar su atuendo, para él sólo era un negocio màs, pensó ella, intentando ignorar la decepción que eso le provocaba.
-Buenos días, no sabía si el blanco estaría bien.- le dijo mirando su propio vestido.
-Está bien.- se limitó a responderle y antes de que ella vuelva mirarlo comenzó a caminar.
-Vamos adentro.- le dijo con ese tono tan autoritario.
Lizzie lo acompañò y luego de entregar sus documentos los hicieron pasar a una sala.
-¿Los testigos?- preguntò la empleada del registro algo sorprendida porque sòlo estuvieran ellos dos.
-Sòlo tenemos uno, Ruben, acompañanos por favor.- le dijo Leo a su chofer, que habìa entrado junto a ellos.
Lizzie sentìa como su corazòn palpitaba a gran velocidad. ¿Que estaba haciendo? No era una romántica ni mucho menos, pero aquello era tan impersonal que lograba activar todos sus instintos de supervivencia. ¿Iba a casarse? ¿Asì, con un desconocido que ni siquiera la miraba a los ojos? Estaba tan nerviosa que sus manos comenzaron a temblar.
Pasaron a la sala y la empleada les anunciò que el juez llegaría pronto. Lizzie miró el escritorio y ahora sus dientes también castañeaban. Debìa tranquilizarse, pensò.
En ese momento Leo por fin se dignó a mirarla. No era que no la hubiera visto antes. La había observado desde el auto y su figura en aquel precioso vestido claro lo había aturdido. No podía gustarle, era sólo un medio para lograr su fin. Pero cuando por fin la tuvo delante con ese gesto inocente que le demostraba que, en verdad, se había esforzado por complacerlo, tuvo que recordar como respirar.
Ahora temblaba y eso era lo último que deseaba ver. Sin pensarlo más, acercó su brazo y lo pasó por sus hombros.
-¿Tenes frío?- le preguntò tan cerca que ahora fue Lizzie quien tuvo que recordar cómo mantenerse con vida.
-No. Estoy bien, gracias.- le respondiò ella disfrutando de aquel contacto.
-Elizabeth, estàs realmente…- comenzò a decirle enfrentando esos ojos verdes que con el maquillaje parecían incluso más grandes.
Pero entonces el juez llegó y Leo prefirió no confesarle lo hermosa que la encontraba. Se separò de ella y estrechò su mano con el juez.
-¿Estamos todos?- preguntó el hombre sin siquiera mostrar sorpresa. Llevaba demasiados años en esa profesión y creía haberlo visto todo.
-Si, señor juez.- le respondiò Leo, tomando asiento junto a Lizzie.
El hombre leyó el acta y en menos de diez minutos les pidió que firmaran el libro.
Leo lo hizo sin siquiera mirarla, pero ella se aventuró a hacerlo y al ver sus ojos no quiso más que sonreír.
Se habían casado y en ese instante quiso creer que a lo mejor no estaba tan mal.
Leo la imitò.
Lizzie nunca supo si fue por cordialidad o porque el hecho de que fuera ella tambièn le agradaba, pero nunca podría descubrirlo, así que prefirió dejar la idea en el olvido.
-Bien, por medio de la ley están unidos en matrimonio. Pueden besarse.- dijo el hombre escribiendo algo más en aquel acta.
Leo se apresuró a tomar la mano de Lizzie y contrario a lo que ella había imaginado, se limitó a besar el dorso de ella.
Lizzie contuvo su decepcion una vez màs. No esperaba que le diera el beso de su vida, pero le hubiese encantado probar esos labios.
-Tomanos una foto, por favor.- le pidió Leo a Ruben y este lo obedeció.
Lizzie sonrió ocultando todos sus temores. Acababa de firmar un contrato, eso era todo recordò.
Sin embargo, cuando volviò a subir a aquel lujoso auto sola, un vacío que llevaba tiempo sin experimentar la atravesò. No estaba segura de haber tomado la desciciòn correcta. No con un hombre que la ignoraba, que se mostraba tan frio que incluso el dìa de su boda, habìa preferido regresar a la oficina.
Sabìa que aquello era un trabajo, Leo le habìa dejado claro que no se acostarìa con ella, pero nunca pensò que ni siquiera hablaría con ella.
Su teléfono sonó y abrió el mensaje.
Era la foto que Rubén les había tomado. Ella sonreía mirando a cámara, Leo estaba serio pero sus ojos la miraban de esa forma que no lograba descifrar. Entonces se acomodó en el asiento y creyó que a lo mejor no estaba todo perdido.
Si se hubiese tratado del clasicismo aquella foto podría interpretarse como una melodìa armoniosa, equilibrada y ordenada. Una que intentaba encajar en los estàderes clàsicos, pero que, a lo mejor, terminaba por salirse de los esquemas para desembocar en el más hermoso de los renacimientos.