Las semanas que siguieron a ese encuentro parecían un limbo en medio de una realidad a la que ninguno parecía interesado en regresar. Leo continuaba trabajando demasiado, pero por una razón que no quería aceptar había logrado llegar a cenar cada noche. Lizzie pasaba sus días bailando por aquella casa, leyendo y comprando lencería nueva, cosa a la que nunca antes le había prestado atención. Lo esperaba cada día con esa enorme sonrisa que se contagiaba en los labios de Leo de manera instantánea. Lo cierto era que solían cenar con prisa, conversaban poco y rápidamente pasaban a algún sitio que encontraban a su paso. Se habían amado en la habitación de él, en la de ella, en el gimnasio, en el escritorio y hasta en esa misma cocina en la que esa noche de sábado Lizzie buscaba en la heladera

