Los molestos adoquines comenzaban a sentirse demasiado dolorosos. Quedaba poco tiempo para que la noche hiciera su aparición y si bien la época estival regalaba algunas horas más de claridad, si no apuraba su paso no llegaría a tiempo. Lizzie se detuvo un momento y sacó sus viejas zapatillas de su bolso para abandonar aquellos elegantes tacones, insistía tanto en no utilizar un automóvil que ahora comenzaba a lamentarlo. Pasó el portón con gran velocidad y luego de alzar su mano para saludar al hijo de Ruben siguió el único camino que amaba recorrer. Los gritos de alegría y las risas le anunciaron que no era nada tarde. Dejó su bolso en la entrada de la casa y se sacó aquel blazer de lino que si bien intentaba ser fresco, no colaboraba con las altas temperaturas. Una vez que alcanz

