Capitulo 5.

1540 Words
Narra Asher. El día que salí de la cárcel con prisión domiciliaria, recuerdo que, en el camino, mi madre y mi hermana me hablaban. Ellas me decían que, por sus trabajos en los estados unidos, no podrían quedarse conmigo, y que necesitaba de alguien quien llevara la casa y me hiciera de comer. Siéndoles sincero, no iba prestándole atención a nada de lo que decían, iba malhumorado, inconforme, me sentía extraño. Yo solo quería estar solo, y con saber que tendría un personal eso me estresaba en lo más mínimo. Mamá me dijo que, contrató a alguien especialmente para que me enseñara inglés y me cocinara. Yo me imaginé una mujer madura o una señora, pero jamás a alguien como Athalia. El primer día, cuando supe que ella dormiría en la casa, les juro que odié escuchar eso. No había manera de yo estar solo como quería. Y desde esa vez, no he hecho más que tratarla como... si no fuera una persona igual que yo. Todavía no era capaz de asimilar el cambio de ambiente, entender que ya no estaba en la cárcel, y que debía corregir mi vocabulario, mi tono, mis gestos, mi brusquedad. La costumbre de tratar a todos como animales, ya era parte de mí. Duré dos años tras las rejas. Y al llegar a casa, creo que las mismas frustraciones, la depresión, los malos hábitos y todo lo malo que hay en mí, me impidió ver a Athalia, observarla, detenerme a analizarla. Es una chica muy joven, de aspecto dulce... es la típica mujer que si vez caminando por la calle podrías decir que es tímida y calmada. Pero tiene ovarios, es la mujer más cojonuda que he conocido. Ni siquiera mi madre se atreve a hablarme como ella lo hace. Es educada, demasiado diría yo. Tiene un tono de voz que, siendo muy suave, a mi incluso al principio me molestaba. Canta muy bonito, frecuenta tararear las letras de muchísimas canciones viejas que suenan en la radio mientras lava las losas o cocina. —Te puedo conseguir unas cuantas amiguitas — Marcos, un viejo amigo que siempre ha estado para mí, ha venido a verme hoy. Hemos almorzado juntos, nos hemos tomado unos tragos y charlando hemos pasado la tarde. Siempre ha recurrido a visitarme en la cárcel los días de visita, así que ahora que no tengo restricciones, puede venir cuando quiera a entretenerme la mente. —No lo sé... no estoy seguro — le dije recostándome del sofá. —¿Cuánto tiempo llevas sin darle uso al verdugo? — sacó unos cigarrillos, un encendedor y me ofreció tomar uno. —Un mes tan solo — le dije llevándome el pitillo a la boca. —Ni en la cárcel dejas de ligar — río haciendo mucho escándalo. —La vida no es tan diferente ahí dentro. Si tienes dinero y tienes un nombre con peso, nadie se mete contigo. Pagaba para que me dejaran pasar cada cierto tiempo, una que otra gata. Hay habitaciones privadas, hay suites y todo lo que te puedas imaginar para sentirte como en un motel. — recordé con amargura. —No es lo mismo ni es igual como follar en tu casa. Y ya hablando en serio, esa muchacha, ¿Thalía? Ella no...?— ni siquiera dejé que me preguntara nada, ni me dijera alguna cosa respecto a ella. Exhalé el humo de la boca. —Que joder contigo. ¿Tantas mujeres en la calle y quieres joder con esa tipa? — me molesté. —Tío, no había visto mirada tan tierna. Que la embullo unos meses y si me enamoro la hago mi novia. Yo que estoy buscando con quien detenerme y establecerme de una buena vez — estaba loco, ¿no? Ella... ella tenía una mirada pura. Esa era la palabra. —Tiene bonitas piernas, sus extremidades son ...— no quería escucharlo. —Marcos, por favor. No es tu tipo de chica — me limité a solo decirle eso. —Yo no creo en esas cosas. Ella no me va a hacer una transfusión de sangre — ¿creía que yo bromeaba? — Yo si le haría una transfusión de todos mis nutrientes — me emputaba escucharlo hablar así. Y no entendía de donde salía tanta molestia por el referirse a ella de esa forma. —¿No tienes que irte ya? — le pregunté mirando al reloj. Ya era hora de tomar mis clases. —¿Me estas echando de tu casa? — me pregunto burlón. Negué con la cabeza. —Tengo unas cuantas cosas que hacer — carraspeé. Miró por detrás de mí, se levantó de repente del sofá y salió corriendo hacia el pasillo. —Ha sido un placer conocerte, Athalia. Cocinas riquísimo, espero que Asher me invite más seguidamente a almorzar, a cenar, a desayunar, a vivir aquí... — ya entendía por qué salió disparado como una bala. La vio cruzar por el pasillo. —Muchas gracias— se limitó a decirle ella, creo que un poco incomoda. Había en ella cierta cosa que llamaba la atención. Desde mi lejanía, podía notar su nerviosismo ante la presión que le hacía Marcos con las insistencias que eran indirectas pero muy evidentes. No tardé en entrometerme entre ellos. —Te acompaño a la puerta — le dije obligándolo a caminar. Escuché el suspiro de Athalia, sentí que con la mirada me agradeció que se lo quitara de encima. —Nos mantenemos en contacto, viejo — se despidió de mi en cuanto estuvimos abajo. —Cuídate— no le daría las gracias por venir. Mas bien agradecí que se marchara. Al subir las escaleras, ella se encontraba saliendo de su habitación. Llevaba un libro en mano y sus lentes. —¿A clases? — le pregunté metiendo las manos en mis bolsillos. Ella me miro extrañada, sin embargo, su rostro no volvió a mostrarme ninguna otra expresión. —Pero si usted y yo solamente hemos tenido una lección. ¿De qué clases me habla? Si yo cuando le digo, usted me ignora, me manda al diablo u me pide que desaparezca. ¿Se le olvido que hace unos días me dijo que como se decía, quiero que se esfume de mi vista, en inglés?. La verdad que no creo que borre tan rápido. — Levanté mi mano lentamente, y la acerqué a su flequillo. Tenía el pelo castaño, un cabello que provocaba, tentaba y llamaba la atención, aunque casi siempre lo llevara atado. —No creo que yo la haya mandado al diablo. Es imposible que yo la haya enviado hacia donde mí mismo, usted sabe cómo la detesto — hice a un lado su fleco, cual estaba de cortar un poco, ya que le tapaban la mirada, evitándome ver sus ojos marrones. Sus ojos siguieron mis manos, retrocedió como para que no lo volviera hacer. Yo di un paso más. —¿de verdad va a querer que iniciemos con las clases? Yo no soy un juego. No soy un entretenimiento como su amigo — su boca, sus palabras, su gesto, su tono de voz. —Ahora que mencionas a mi amigo, ¿qué te pareció él? — le pregunté. —Un lanzado, un atrevido, osado, insolente. No sabe mirar disimuladamente. Debería decirle que, a la servidumbre no se le coquetea. Por la cara con la que me veía, pensé que usted lo dejaría que me violara — Se que se había sentido incomoda, fueron varias veces las que intentó abordarla. —Yo no permitiría algo tan atroz. ¿Cree que soy tan hijo de puta? Ni yo ni nadie tiene derecho a ponerle la mano si no quiere. — La vi entrecerrar sus ojos, flexionar un poco la cabeza y con cautela mirarme como si no me conociera. —Lo dice el hombre que me amenazo con, acaso usted no sabe que convive con un ladrón, un hombre malo que estuvo preso en una de las peores cárceles — ella no borraba absolutamente nada. Tenía clavadas cada una de mis palabras. —Si le ladro, es porque no muerdo — Desvió la mirada de la mía. Intentó mirar hacia otro lado y relamiendo sus labios pensó en que decirme. —Iré por los libros, pero yo espero que me ponga atención, porque de lo contrario... — no la dejé continuar. —De lo contrario, ¿qué? A usted como que le gusta provocarme — me acerqué más a ella. —¿Y a usted que le gusta? No sé qué mosca le ha picado hoy — dijo con cierta burla. —Yo tengo entendido que las moscas no pican. Y estoy cansado de decirle que a mí no me cuestione. — le dije con lentitud para que me entendiera. No sé por qué seguía aquí todavía, no sé cómo no se ha ido con mi forma de ser. —Ni siquiera le voy a contestar. Ansío que pasen rápido estos dos meses — me dio la espalda para marcharse, pero no pude dejarla irse así. —Le aseguro que no querrá irse — le susurre al oído tras tomarle del brazo. —¿O será usted el que no querrá que yo me vaya? ¿cómo es la cosa, señor Asher?—
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