Entro al camerino minutos después del final de la pelea. Daniel está sentado con los codos sobre los muslos y la cabeza apoyada en sus manos, su cuerpo un conjunto de músculos tensos. Si no hubiera estado viendo la pelea y lo encontrara así, no tendría duda de que ha perdido. Derrotado, una palabra de nueve letras que define de principio a fin el sentimiento que me embarga al verlo. —Daniel… —lo llamo tan suavemente como puedo, pero el brusco movimiento que hace al levantar la mirada hace parecer que lo he llamado a gritos. Una vez que nuestros ojos se conectan, si quiero gritar, pero de agonía, de dolor, impotencia y rabia. Sus ojos son dos lagunas de oscuro chocolate, brillando a causa de las lágrimas que se niega a derramar. Su hermoso rostro, con la ceja cortada, la sangre ya

