Una vez en casa de preparó comida para ambos, un acto simple pero cargado de significado. Quería mostrarle que, a pesar de todo, se preocupaba por ella, que la veía como algo más que un simple sacrificio aún que no parara de repetirse lo contrario.
Llevó la intravenosa y el yogur al sótano, sintiendo un nudo en el estómago al acercarse a la puerta.
Al abrirla, la luz tenue reveló la figura de Emili, sentada en el piso, con la mirada perdida en el vacío. Su rostro, pálido y demacrado, reflejaba el sufrimiento que había soportado a lo largo de su vida y no solo en ese momento.
—Hola, te traje algo para comer —dijo Joshua con suavidad, intentando ocultar la tensión en su voz. Colocó una pequeña mesita entre ambos y puso los platos, observando cada uno de sus movimientos.
—Gracias, ¿qué hay en la bolsa? —dijo Emili tranquilamente, sin mostrar sorpresa ni temor. Su actitud serena desconcertaba a Joshua, quien esperaba una reacción de pánico o desesperación.
—Suero; una intravenosa, te hará falta. Y esto —dijo mostrando el yogur— es una... ¿ofrenda?. Un pequeño placer para un alma atormentada.–
—Joshua... —Emili pronunció su nombre con una mezcla de curiosidad y resignación.
—No te asustas... —la interrumpió, incapaz de comprender su aparente calma.
—Eh... —Emili arqueó una ceja, esperando una explicación.
—Que no te asustas... —repitió Joshua, sintiendo la necesidad de justificar su propia perturbación.
—Sí, escuché... ¿Crees que es raro? —preguntó Emili, con una sonrisa tenue en los labios.
—Sí, bastante —admitió Joshua, sintiéndose expuesto ante su mirada penetrante. – Llevas un par de días aquí, es normal que la actitud cambie pero creo que ya me acostumbré a que ese cambio sea más inclinado a aceptar su propia muerte.– las palabras de Joshua sonaban serenas pero por dentro lucharon arduamente por salir.
—Es que... —Emili hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas para expresar sus sentimientos.
—Quiero saber tu historia. ¿Podrías contarme? —interrumpió Joshua, sintiendo una necesidad imperiosa de comprenderla, de conectar con ella a un nivel más profundo.
—Supongo, pero no es una historia linda en realidad —dijo Emili, con un suspiro resignado. Comenzó a relatar su vida, su voz suave y melancólica llenando el silencio del sótano.
—Tuve una buena infancia, unos padres cariñosos, buena estabilidad económica, no lo sé, lo normal. Una fachada perfecta, una imagen idílica que ocultaba una realidad dolorosa.
—¿dolorosa? —Joshua sintió la necesidad de interrumpir, de llenar los silencios con su propia angustia.
—Pero debajo de esa fachada de buena familia feliz, bueno, no era tan perfecta. Mi... padre solía embriagarse hasta perder la conciencia... O se embriagaba hasta que olvidaba que yo era su hija... Él... —la voz de Emili se quebró, las lágrimas comenzaron a brotar.
—Abusaba de ti —completó Joshua, sintiendo un dolor profundo en su corazón.
—Sí, así es. No solo eso, solía golpearme con lo que fuese que tuviera a la mano sin piedad. Me llamaba inútil y mediocre y durante muchos años, yo lo creía—Su voz temblaba al recordar los insultos, las humillaciones, el maltrato constante.
—Recuerdo que tenía una habitación unida a su oficina. Odiaba estar ahí. Aún recuerdo el látigo que tenía, le gustaba amarrarme de rodillas y azotar mi espalda sin piedad alguna.–
Su cuerpo se estremeció al evocar el dolor físico, el terror psicológico, la sensación de indefensión.
—Vi las marcas de tu espalda, me preguntaba de qué eran. ¿Qué más pasó? —preguntó Joshua, sintiendo la necesidad de saberlo todo, de comprender la magnitud de su sufrimiento.
—Solía tener miedo a todo, temía bañarme por miedo a que entrara, tapaba los espejos porque no toleraba ver mi piel marcada, no podía dormir bien o comer, pero ante la sociedad debía ser la hija perfecta. Vivía en un estado constante de ansiedad, de paranoia y de terror. Mi vida era una mentira, una farsa que debía mantener a toda costa.
—Y, ¿qué pasó? —preguntó Joshua, conteniendo la respiración, temiendo la respuesta.
—Una de las tantas noches fue a mi habitación, yo tenía 10 años, escondí un cuchillo de la cocina y... esa noche pude dormir bien—Su voz era fría, distante, desprovista de emoción. Había matado a su padre, había puesto fin a su tormento.
—Por eso no tienes miedo, has pasado por mucho, no le temes a la muerte —dijo Joshua, comprendiendo finalmente su aparente calma.
—Mi padre solía decir que era un descanso más que un castigo... Tú me contaste tu historia, ahora sabes la mía —dijo Emili, con una sonrisa amarga en los labios.
—Me gustaría poder contar más, pero es algo que ni siquiera yo sé —dijo Joshua algo triste—. Solo sé que si no los alimento podrán salir. Desde que mamá murió, su barrera se ha debilitado. Creo que si llegan a tener demasiada hambre intentarán salir, lo van a lograr y será el fin de toda la humanidad. Su voz temblaba al hablar de las fuerzas oscuras que lo atormentaban, de la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros.
—Es mucha carga para ti, ¿no intentaste buscar ayuda? —preguntó Emili, con genuina preocupación en su voz.
—No, es que ¿cómo le explicas a alguien que tú y tu madre se volvieron asesinos para salvar al mundo del diablo? —dijo Joshua, con una sonrisa irónica en los labios.
—Entiendo —dijo Emili, asintiendo con la cabeza.
—Sabes que mañana vamos a trabajar... —dijo Joshua, intentando cambiar de tema, escapar de la oscuridad que los rodeaba.
—Sí —contestó resignada, aceptando su destino.
—Traje algo para mañana —sacó de su chamarra un frasco con anestesia—. No quiero que mueras —dijo Joshua sin despegar la vista del frasco—. Bueno, me llevaré todo esto—Su voz era suave, casi un susurro, pero cargada de emoción.
Se retiró, dejando el yogur sobre la mesa y una cuchara desechable.
(Debería odiarlo... ¿Por qué no?)
(Debería odiarme... ¿Por qué no?)
Pensaron al mismo tiempo, sus mentes conectadas por un hilo invisible de dolor y desesperación.
Pensamientos de Emili:
¿De dónde proviene el odio? ¿Acaso hay justificación? ¿Acaso es otra cosa? Se preguntaba Emili, intentando comprender la complejidad de sus propios sentimientos.
Emili no sabía por qué estaba tan calmada ante la situación. Se había decidido a escapar para salvar su vida, pero ¿qué cambió? ¿Será acaso su costumbre al dolor, algún masoquismo emocional o será que realmente se creía tan inútil y mediocre que encontró en Joshua un propósito para su miserable existir y quizá el final de la misma? Se cuestionaba su propia valía, su propia identidad.
Lamentablemente, no eran respuestas que Emili tuviera. Quizá el tiempo le daría las respuestas que tanto anhelaba, pero ¿y esas palabras de Joshua? "No quiero que mueras", "No quiero que mueras", "No... quiero... que... mueras". Esas palabras rondaron en su mente por horas, resonando en su corazón como un eco de esperanza, quizá un poco fuera de lugar pero esperanza a fin de cuentas.
una a una, cada palabra... cada letra en su cabeza, zumbando en sus oídos y sincronizándose con el latido de su corazón, exponiendo ante Emili verdaderos sentimientos y deseos que no dejaban de ser repetidos.
quizá... solo quizá... las cosas podrían cambiar.
pero, por más bello que eso suene una chispa, apenas una apice de rabia latía quizá con mayor fuerza recordando quien era Joshua, su captor, su torturador y posiblemente en unos días... su verdugo.