En la noche oscura.
Un dolor profundo, miedo en el alma, un susurro mudo.
Oscuridad que envuelve, un abrazo de muerte, romance cruel, tormento indeleble.
Corazones latiendo, un ritmo frenético, besos robados, un placer diabólico.
El miedo se mezcla con dulce agonía, un amor maldito, una eterna letanía.
La noche se cierne, testigo del drama, dolor y pasión, una danza macabra.
En la oscuridad, se funden dos almas, un romance infernal, con alas en llamas.
El miedo persiste, un eco constante, dolor y placer, un juego incesante.
En la noche oscura, su amor se consume, un romance de terror, para siempre en la bruma.
–Cielo Hzar
El amanecer no tardó en hacerse presente, arrastrándose sobre la casa como un susurro de esperanza que nadie había pedido. Lo que una vez fue una noche tormentosa —con sus gritos ahogados entre paredes de piedra, sus manos entrelazadas hasta dejar marcas en la piel, sus labios que buscaban consuelo en medio del horror— se convirtió en apenas un recuerdo, una resaca brumosa en la memoria que ardía cada vez que Joshua cerraba los ojos. Las nubes se disiparon como vendas deshechas, dejando paso a un cielo pálido y prometedor, aunque para él no había nada que prometer más que el cumplimiento de un pacto antiguo.
Pequeñas gotas de rocío, como lágrimas de la noche que aún no había acabado de llorar, empapaban la naturaleza. El pasto verde de su jardín se sentía frío y espeso bajo sus dedos cuando los extendió hacia fuera del porche, aún dolido por la furia desatada horas atrás. Cada gota era un bálsamo efímero para la tierra herida, pero para él no existía tal cosa como la curación —solo la resignación a llevar cicatrices como medallas de un castigo perpetuo.
“¿Cuántas mañanas más tendré que ver esto sin poder sentirlo?” se preguntó en voz baja, su voz rasposa por el polvo del sótano y el grito que se le había quedado atascado en la garganta desde la medianoche.
Sentado en el porche de su hogar, una estructura de madera que crujía bajo el peso de los años y de innumerables secretos, Joshua contemplaba aquel espectáculo que el amanecer ofrecía a su vista cansada. Los tablones bajo sus pies emitieron un quejido profundo, como si la propia casa llevara la carga de sus pecados y los contara en cada vibración. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y la tormenta interna que nunca cesaba, se perdían en el horizonte, donde los primeros rayos de sol teñían el cielo de tonos anaranjados y violetas —los mismos colores que habían pintado las paredes del sótano la noche anterior, aunque de una manera mucho más cruel.
Estaba dudoso de entrar a casa, como si el umbral fuera una barrera invisible que lo separaba de la cordura. Cada vez que cruzaba aquel límite, sentía cómo la pesadez del deber le hundía los hombros un poco más, como si llevara una piedra en cada costilla. Dudoso de bajar al sótano, el epicentro de su tormento y de su extraña conexión con Emili, tras lo ocurrido. Habían pasado horas desde que la última ola había sacudido las paredes, desde que había sentido su pulso debajo de sus dedos que recorrían su piel, débil pero luchando por mantenerse encendido como una chispa en medio del huracán.
“Deberías ir a verla,” murmuró una voz que no era la suya —quizás la del viento que jugaba entre los aleros, o la de su madre, cuya fotografía aún pendía en la sala principal, sonriendo como si no supiera lo que su casa había convertido en realidad. “No puedes dejarla ahí sola con ellos.”
Con el pensamiento claro, cristalino y cruel, Joshua cerró los puños hasta que las uñas se clavaron en la carne de sus palmas. Debía ser fuerte, debía dejar eso atrás, debía recordar que su deber era lo primero —siempre lo había sido, desde que tenía trece años y su padre le había enseñado a abrir la trampilla del sótano con las luces apagadas.
Solo quedaban un par de días, dos o tres, y todo terminaría. El ciclo se cerraría, la deuda se pagaría con la ofrenda que siempre se esperaba, y la normalidad, o lo que para él significaba —caminar por la calle sin sentir las miradas de las sombras, dormir una noche entera sin despertarse sudando frío— regresaría, al menos hasta el siguiente año.
Pero persistía una única duda, una espina clavada en su alma que le dolía cada vez que respiraba hondo, a la que, irónicamente, ya estaba acostumbrado:
¿Qué parte del sacrificio entregaría esta vez? ¿Sería la mano que había tocado su rostro con tanta ternura? ¿El ojo? dudo ya que había visto en ella algo más que un objeto para pagar una deuda.
La pregunta lo carcomía, un gusano persistente en la manzana podrida de su conciencia. Se llevó una mano al rostro, sintiendo la aspereza de su barba incipiente —había pasado tres días sin afeitarse, desde que Emili había llegado, herida y confundida, como si el destino la hubiera arrojado directamente a sus manos. El tacto áspero de sus propios vellos le recordó que aún era humano, aunque a veces dudara de ello. Suspiró, un sonido pesado que se perdió en la inmensidad del amanecer, donde los pájaros comenzaron a cantar con una alegría ajenos a la oscuridad que se cernía sobre la casa.
“¿Por qué cantán como si nada pasara?” les gritó hacia los árboles, sintiéndose ridículo en el instante siguiente. Los pájaros callaron por un instante, como si lo estuvieran mirando con sorpresa, antes de retomar su concierto con más fuerza que antes.
La mañana avanzó a paso lento, sin prisa ni culpa por la pereza del reloj, como si el tiempo mismo se hubiera rendido a la quietud del momento y hubiera decidido darle un respiro antes de que comenzara de nuevo el infierno.
Finalmente, Joshua se puso de pie, su decisión tomada, o al menos eso intentó convencerse mientras su cuerpo protestaba con cada movimiento —sus músculos dolían de tanto mantener la calma en medio del caos, sus piernas temblaban como si hubiera estado de pie durante días. Bajó por el pasillo principal, donde el polvo se acumulaba en las esquinas a pesar de sus esfuerzos por mantener la casa ordenada. Caminó hasta la cocina, donde la bandeja de madera —la misma que su madre usaba en las fiestas de cumpleaños que ya no celebraban— esperaba sobre la mesa. Colocó sobre ella: pan casero hecho el día anterior, queso curado que había guardado para ocasiones especiales, y un poco de fruta madura que había cogido del árbol del jardín.
Actuando como si fuera un día normal, si es que Joshua los tenía. Normalidad era un concepto ajeno a su existencia, una máscara que se ponía para enfrentar la monstruosidad de su vida —una máscara que se estaba desgastando con cada noche que pasaba en el sótano, con cada mirada que intercambiaba con Emili, con cada vez que se preguntaba si había otra manera de salir de ese ciclo sin más sangre.
Al llegar a la puerta del sótano, colocó la bandeja en el suelo y extendió la mano hacia la barandilla de hierro frío. El aire ya comenzaba a cambiar, a volverse más denso, a llevar consigo ese olor característico a humedad y algo indefinible que le hacía estremecer la piel.
“Emili?” llamó con voz baja, como si temiera despertar a algo más que a ella. “He traído desayuno. ¿Estás bien?”
Desde abajo, una voz débil pero clara respondió, cargada de una calma que a él siempre le había parecido inquietante: “Sigo aquí, Joshua. Siempre estoy aquí.”
Con un último suspiro, agarró la barandilla y comenzó a descender las escaleras, sintiendo cómo la luz del amanecer se alejaba de él, dejándolo en la penumbra que se había convertido en su hogar verdadero.