Capítulo V.
Gina López Cantú.
El Gato ubicó visualmente a un reluciente Ford Mustang que se desplazaba unos cuantos autos adelante en aquel amplio Bowlevard de 4 carriles en su mismo sentido, encendiendo sus estroboscópicos “códigos”, aceleró a la vez que se cambiaba de carril para colocarse atrás del Mustang.
- ¿Quiénes serán los de la troca negra?
Le pregunta Gina López a su amiga Estefanía Cantú, ambas estudiantes de preparatoria, que, a esa hora, unos minutos antes de las 8 de la mañana de aquél martes 3 de febrero del año 2010, se dirigían de su casa a su escuela.
-No lo sé, pero si trae mucha prisa que me brinque.
Dice la conductora despreocupada y burlona, burla que no le duró mucho tiempo porque el Gato, al ver que no se detenía ni al ver sus códigos estroboscópicos (1) encendidos, con una brusca maniobra las rebasó, colocándose en frente de ellas para darles un cerrón que las obligó a frenar repentinamente, evitando apenas el impacto.
-Mira, mira las perritas que bien que saben hacerse pendejitas.
- ¡Abran las putas puertas que no quiero tener que romperles el cristal para sacarlas a vergazos!
Les dice el mataperros, ya parado del lado del copiloto mientras trataba de abrir la puerta; Gina, reponiéndose rápido de la sorpresa, comprendió que se trataba de mañosos, que era como los civiles les decían a los militantes de los cárteles y al ver que los demás vehículos que pasaban tan solo las esquivaban para alejarse lo más rápido que pudieran del lugar, también comprendió que nadie se iba a detener a ayudarlas, y que sería igual de inútil hacer una llamada a cualquier policía, que en ese momento brillaba por su ausencia, pidiéndole a su amiga que la miraba nerviosa y asustada que se tranquilizara, abrió un poco la ventanilla para decirle, con una sonrisa que más que coqueta era nerviosa, al Gato, que la miraba amenazadoramente mientras desenfundaba su arma.
- ¡Somos las Valquirias de Odín
-Son Valquirias, compañero.
Le dice el Gato al mataperros, que no dejaba de apuntar a Estefanía con una escuadra, y Sergio, haciendo una mueca de fastidio guardó el arma, eliminando el cartucho de la escuadra y dijo, sin dejar de sonar amenazador y agresivo.
- ¡Pues esa clave nada más las salva de que no les pegue un tiro en la cabezota! Que se bajen y agarren la pesera, porque traemos prisa.
-Ya escucharon huercas, así que mejor bájense rapidito porque tenemos algo que hacer, y no se preocupen por el mueble, nada más hacemos una chambita y lo dejamos por ahí, no se les ocurra reportarlo como robado, y me dejan sus celulares en el asiento.
Les dice el Gato y las asustadas estudiantes se bajaron tan rápido como pudieron, dejando sus celulares, sus bolsas de mano y sus maletines escolares, tratando de evitar la mirada agresiva del mataperros, que, aunque pretendía que fuera seductora ante las atractivas muchachas, su sola presencia imponía terror, por la malignidad que irradiaba.
- ¡Lástima que eran Valquirias! Mi querido traga balas, sino de buena gana me las almorzaba en: el “secreto”. –dice Sergio refiriéndose a un motel de la zona.
-Tal vez estudian en la misma escuela que las hijas del patrón. –comenta el Gato.
-O tal vez los dueños de la escuela paguen la cuota de protección, déjame tosquearles sus números de teléfono. –dice Sergio. –Al fin que aquí dejaron sus celulares, al rato se los dejamos con todo y el Mustang en el estacionamiento del Soriana, para que se les baje el coraje y no estén enojadas cuando les marque.