Madison soltó un pequeño suspiro y se volteó, dándole la espalda y dejando que el chico elevara su polo hasta la mitad de su torso y viera su lastimada piel.
»Oh, cariño, cuanto lo siento —Barry susurró con mucha culpabilidad, observando la rojiza y algo morada piel de la menor; y ni siquiera podía ver todas las marcas, porque había líneas que se perdían por el polo que seguía cubriendo la otra mitad de su espalda.
—No es tu culpa —la niña aseguró velozmente, esperando que el castaño tomara sus palabras como certeras. Madi solo pudo escuchar otro pequeño suspiro y estaba segura de que él tenía una mueca en su rostro.
—¿Qué uso? —preguntó luego de un momento.
—Barr...
—Madi, ¿qué uso?
—Cinturón.
—Hijo de pu... —el muchacho expresó entre dientes. —Bastardo —masculló con furia —¿Te hizo daño en otra parte? —Barry bajó su polo y la volteó gentilmente por los hombros.
—No hay más —la niña agachó un poco la vista.
—Madison, no cumpliré mi promesa si empiezas a mentirme.
—Pantorrillas y la parte de atrás de las rodillas.
—Ve a ponerte un short, por favor.
—Barry, no hagas esto —La niña sintió nuevamente sus lágrimas picar detrás de sus párpados. No quería que el chico la viera de ese modo, no quería que vieras sus feas marcas.
—Cariño, voy a estar bien —Barry acunó su rostro —Hazme caso, ¿sí? Quiero ayudarte.
—Pero son feas marcas —susurró.
—No digas eso, son marcas de alguien muy, muy fuerte. Eres una de las personitas más valiente que conozco. Y nada de lo que me muestres cambiará lo que pienso de ti —explicó besando su frente. —Así que ve y ponte un short, por favor.
La niña asintió levemente con la cabeza. No había escapatoria, se había resignado. Madison se dirigió a su armario, abrió uno de los cajones y sacó un short deportivo que le llegaba a la mitad del muslo.
»¿Quieres que me vaya para que te cambies? —cuestionó el castaño.
—No —la castaña se encogió de hombros —Solo voltéate —La verdad, en ese momento, no le importaba que el chico estuviera en el cuarto; confiaba plenamente en él. Además, estaba exhausta y no quería estar sola. Solo quería que la curara rápido para acurrucarse en sus brazos y dormir.
La niña terminó de cambiarse y caminó hasta donde estaba el chico, colocándose frente a él.
»¿Estás seguro de que quieres ver?
—Completamente —aseguró. Madison le dio la espalda a Barry y él volvió a colocarse de cuclillas. Esas marcas eran más delgadas y mucho más rojas que las de su espalda. En la parte de atrás de sus rodillas había algunos rasguños y el color verdoso comenzaba a notarse.
—¿Con qué te lastimó?
—Una vara de madera —respondió con débil voz.
La sangre de Barry hirvió, volvió a apretar los puños y contó en su cabeza hasta el número cinco para no explotar de la ira que estaba sintiendo. Además, que la culpa lo estaba carcomiendo.
—Espérame aquí, traeré medicina —La niña asintió y, en menos de quince segundos, Barry volvió con una especie de spray en la mano.
»Me voltearé, te sacarás el polo y te echas boca abajo en la cama ¿Está bien? O prefieres que lo haga Cai...
—No, quiero que lo hagas tú —La niña hizo un débil puchero. No quería que alguien más se enterara. —Recuerda que me prometiste que no se lo dirías.
—Lo sé, pero creí que te sentirías más cómoda con ella.
—Me siento cómoda contigo, también, Barr —aseguró. Y era verdad. Era Barry y sabía muy bien que el chico no la miraría que manera errónea. Confiaba plenamente en él. Además, no tenía mucho que ocultar, aún no había desarrollado nada.
El muchacho le mostró una pequeña sonrisa y asintió.
Madison caminó hacia su cama y se quitó la prenda que cubría su torso. Sintió ligero alivio no tener la tela rosando su lastimada piel. Acomodó las almohadas y se echó boca abajo.
»Listo —expresó por si Barry seguía volteado. Escuchó unos pasos, sintió que el chico colocaba todo su cabello aún costado y luego oyó un par de maldiciones. Sabía que, ahora, el muchacho podía ver todos los golpes en su plenitud, ya no solo los de su espalda baja si no los de más arriba.
—De uno al diez cuanto te duele —preguntó el muchacho, sentándose al lado de Madi al borde de la cama. La pequeña volteó la cabeza en su dirección y pensó un momento.
—Siete —susurró. Sintió que el ojiverde acariciaba su cabellera y soltaba un suspiro. Luego le alcanzó su peluche y Madison lo tomó gustosa.
—Te pondré este líquido. Curará las pequeñas heridas que tienes y bajará la inflamación de las marcas —informó —Caitlin mejoró esta medicina, así, cualquiera que la use, sanará más rápido de lo normal —acotó destapando el mediano envase de forma de cilindro.
Aquel spray había sido idea de Cait por si algún día la niña resultaba herida -o, bueno, para cualquiera que no tuviera la habilidad de sanar rápido como Barry, aunque la chica pensó más en Madi- Quería que estuvieran preparados para cualquier situación. No era alguna pócima mágica, no curaba al instante, pero sí era mucho más efectiva que cualquier otra medicina. Se había guiado de las células de Flash y había tratado de replicarlas.
—¿Dolerá? —cuestionó algo alarmada.
—Sólo un poco —El ojiverde no quiso mentirle, porque era como cualquier otra medicina sobre alguna herida. Madison abrazó más a su peluche e hizo un pequeño puchero.
»Seré rápido —aseguró. La pequeña se preparó mentalmente y asintió.
—Bien. Estoy lista —Está vez cerró los ojos y se obligó a ser fuerte.
Entonces, Barry comenzó a rociar el spray sobre la espalda de la niña y luego prosiguió a sus piernas.
Madison siseó ante el contacto de ese líquido en su lastimada piel, apretó más su peluche y sintió el ardor expandirse por todo su cuerpo. Ardía mucho más que cuando Robert le aplicaba esa pomada.
»Arde —expresó en un susurro, conteniendo las ganas de soltar algunas lágrimas.
—Ya va a pasar, pequeña —El chico se acercó a la espalda de la niña y comenzó a soplar y así apaciguar su malestar, aquello ayudó a que ya no ardiera tanto.
La castaña sintió mucho alivio cuando la medicina hizo su efecto, era como si la piel de su espalda y piernas se hubieran entumecido un poco.
»¿Mejor? —preguntó el muchacho dejando el spray sobre la mesa de noche.
—Mucho mejor, Barr —acotó la niña —Gracias —susurró e hizo una diminuta sonrisa.
—No me agradezcas, Madi —El mayor se colocó de cuclillas frente a ella y la observó.
—¿Vas a dormir conmigo? —preguntó la castaña y se alegró cuando Barry asintió.
—Iré a cambiarme. —Madison solo vio un delgado rayo anaranjado antes de perder de vista al muchacho, su cabello bailando por la ráfaga de viento que había dejado Flash.
La niña soltó un bufido, la había despeinado, ahora tenía el cabello en su cara.
—Genial —habló con ironía removiendo el cabello del rostro.
—Genial, ¿qué? —la niña dio pequeño respingo cuando Barry habló de repente. No había transcurrido ni diez segundos.
—Hey, no te aparezcas así —reprochó y el castaño medio rio.
—Está bien, está bien —dijo algo divertido —¿Yo hice eso? —preguntó señalando su desordenada melena.
—Sí, arréglala —ordenó la niña con otro de sus pucheros. El mayor sonrió y se acercó, cumpliendo sus órdenes, nuevamente colocando su castaño y largo cabello a un costado.
—¿Mi Lady, necesita algo más o ya me puedo acostar? —la niña apretó los labios para no sonreír.
—Ya puedes acostarte —susurró.
El chico apagó la luz de la habitación, encendió la tenue luz de la lámpara y se recostó al lado de la niña sobre la pila de almohadas.
El castaño alzó su brazo y lo dobló colocándolo detrás de su cabeza, observando el techo. Soltó un suspiro, había sido un día largo.
—¿Madi? —llamó el chico, luego de unos minutos en silencio, había sonado algo abatido.
—¿Hmm? —Ella aún seguía en la misma posición boca abajo, pensando en un sinfín de cosas.
—¿Cuál fue su excusa? ¿Por qué decidió gol-golpearte? —La niña soltó un débil suspiro.
Madison se apoyó contra el costado del chico, pero sintió molestias en su espalda. Así que, dejando su peluche a un lado, se ayudó con sus brazos y se colocó sobre el pecho del muchacho; así quedaba echada boca abajo sobre él, escondiendo su cabeza en su cuello.
—Eres cómodo —murmuró la niña con una pequeña sonrisa. Barry sonrió de lado, besó la cima de su cabeza.
»Fue un castigo, Barr —la niña confesó —Me porté mal. —El ojiverde se quedó quieto un momento.
—Los golpes nunca serán un castigo, Madi —aseguró —Es abuso —susurró.
La niña frunció el ceño un momento.
"Te disciplinó", su cabeza le recordó. Las palabras del hombre haciéndola dudar. No se suponía que debía dudar, pero las manipuladoras frases de Robert jugaban con ella.
—Fui una mala niña —concluyó —Quizás me lo merecía. Lo desobedecí.
—No. No ¿Por qué piensas eso, pequeña? —Madison levantó un poco su cabeza y lo observó.
—Porque fui una mala niña —repitió —Las malas niñas merecen ser corregidas.
—¿Eso fue lo que él te dijo? —Ella asintió levemente —¿Y le crees?
—Yo...No lo sé —susurró y se volvió a recostar sobre el pecho del chico.
»Todo era muy confuso, Barry —Madi murmuró luego de un momento —Él era confuso —expresó, recordando sus acciones —En un momento estaba sonriendo y al otro me estaba gritando o dándome una paliza —dijo, sintiendo que el chico comenzaba a acariciar su cabellera, escuchándola atentamente.
»Incluso me daba afecto, me abrazaba, besaba mi frente, me cargaba, me ponía medicina en mis heridas —explicó —A veces me hacía sentir culpable. Me hacía sentir que yo había sido una mala niña y merecía ese castigo —Apretó más su agarre en el chico —Quizás... Dijo que estaba disciplinándome, porque desobedecí sus reglas. Quizás lo merecía.
—No. Madi. Nunca pienses que mereces un golpe —Barry habló luego de salir de la conmoción que las palabras de la niña le habían causado.
—Pero... —La menor alzó nuevamente un poco la cabeza para observarlo. Quería verle a los ojos y saber la veracidad de sus palabras.
—Si hago mal mi trabajo o desobedezco una de las reglas de mi jefe ¿debo aceptar un golpe por parte de él? —interrumpió el castaño —Si hago algo diferente a lo que Joe me dice, ¿debo aceptar una paliza?
—No —respondió con decisión. No quería que nadie "corrigiera" de esa forma a Barry.
—¿Ves? Tu caso no es diferente. Ese hombre solo te dijo e hizo esas cosas para manipularte y hacerte creer que sus acciones estaban correctas, cuando no lo están en lo absoluto —acotó —Violencia es violencia, y es peor en un niño —aseguró —Hay adultos que creen que para disciplinar deben usar los golpes, pero no es correcto. ¿Por qué justificar los golpes a un niño, cuando allá afuera esos mismos adultos no se dejarían golpear por otra persona?
»Ustedes comprenden. Apuesto que cualquier regla que rompiste, él pudo sentarse a hablar contigo y hacer que entendieras el error. No todo el tiempo los más pequeños necesitan un castigo, porque pueden entender lo que hicieron mal, arrepentirse y aprender de sus acciones.
»Sí, ese hombre pudo haberse enojado, pero eso no es excusa para ponerte una mano encima. Dependiendo de lo que hiciste, pudo simplemente castigarte quitándote algo que te divierte por un tiempo, como lo hacemos nosotros. Y estoy muy seguro de que hubieses aprendido —aseguró.
»Lo comprendes ¿pequeña? —cuestionó Barry, tratando de asegurarse de que la niña no tomara como normal aquello que ese hombre le había hecho.
Madison lo observó un momento más. Las palabras del chico tenían sentido. Lo peor era que la niña lo sabía. En el fondo sabía que, lo que Robert le había hecho, estaba mal; pero su progenitor la había confundido con sus acciones y con esas palabras. Sí, Madi era inteligente, pero también era una niña y, lamentablemente, no podía librarse de aquella manipulación que ese adulto había estado ejerciendo en ella, haciéndola dudar de sus conocimientos.
"De ahora en adelante no me dejaré manipular tan fácilmente", se aseguró así misma. Los adultos eran crueles y, si no tenía cuidado, podía juntarse con los equivocados.
—Lo comprendo —susurró luego de un momento y volvió acurrucarse sobre el chico, cerrando sus ojos —Ese hombre es una horrible persona —dijo con voz pequeña.
—Lo sé, mi niña —susurró con aflicción, acariciando nuevamente su castaña cabellera. Madison no pudo evitar sentir calidez al escuchar esa frase —Y lamento mucho que te haya hecho daño —El arrepentimiento en su voz era evidente. Madison rápidamente alzó la cabeza y se apoyó ligeramente en sus antebrazos sobre el trabajado torso del muchacho.
—Nunca voy a culparte por nada de esto, Barry. —habló una decidida Madi agarrando las mejillas del chico —Así que grábatelo en esa cabeza tuya —ordenó y luego se recostó nuevamente sobre su cómodo acompañante.
El velocista sólo hizo una pequeña sonrisa ladina sin mostrar los dientes. Cuando quería podía ser una niña mandona. Simplemente besó la cima de su cabeza y sintió a la pequeña acurrucarse más contra él.
Madison cerró sus ojos y, por primera vez, sintió aquel imaginario peso en sus hombros hacerse más ligero, y su exhausta anatomía pudo relajarse luego de mucho tiempo.
—Te amo —escuchó la voz de Barry luego de un momento. La pequeña ya estaba entre el sueño y la realidad.
—Yo también, y mucho —susurró sintiendo el sueño dominarla. Hasta que no lo luchó más y se dejó arrastrar hacia la inconsciencia.
*****
Barry se quedó ahí, observando el techo en aquella silenciosa habitación. Sintió la respiración de la niña más pausada y supo que había caído rendida en un profundo sueño. El chico estiró su brazo y, moviéndose lo menos posible, logró colocar la colcha sobre ambos, esperando no estar dañando la piel de la menor, aunque sabía que la medicina había hecho su efecto. Como vio que la niña no se removió o se quejó, decidió apagar la luz de la lámpara.
La culpa seguía en su sistema, incluso después de las palabras de la niña. Indirectamente le había hecho daño a la persona que no merecía nada malo de ese mundo, había lastimado a la personita que era muy especial para él. Entonces, las lágrimas pircaron detrás de sus párpados, y no pudo evitar derramar algunas.
Sentía que su viaje en el tiempo había sido el peor error que había cometido, y, por si fuera poco, tendría que vivir con ello. Tendría que asumir las consecuencias de aquellos actos; no había vuelta atrás.
Ya no podía manipular el tiempo otra vez. Flash de la Tierra-3 se lo había advertido, la situación podía empeorar. No podía jugar con la línea temporal de esa manera, era muy peligroso y no podía arriesgarse a que la vida de la pequeña se tornara peor. Simplemente le quedaba solucionar esos nuevos problemas que había creado. Se juró que ese ser pagaría por lo que había hecho y tampoco dejaría que tuviera la tutela completa de la menor.
Debía compensarla de alguna forma. La menor había sufrido de abuso psicológico y emocional y era una culpa que quedaría en él por mucho tiempo.
Barry volvió a dejar un casto beso en la cima de la cabeza de la menor y, en algún punto de la noche quedó profundamente dormido.