Las semanas comenzaron a correr demasiado rápido en el refugio, la rutina lejos de ser aburrida era agotadora. Zoe esperaba cada mañana a Noah en el escalón de la entrada de su casa y comenzaban la recorrida. Hablaban poco y casi siempre de procedimientos veterinarios, pero Zoe se esmeraba en cebar los mejores mates que podía y con el correr de los días había descubierto una ligera arruga que se formaba en los párpados de Noah cuando apreciaba el resultado. Había aprendido de enfermedades que ni siquiera en la facultad le habían enseñado, podía colocar sondas en algunos felinos medianos y hasta contener aves con precisión para revisarlas en detalle sin lastimarlas. De vez en cuando paraban en aquel hermoso lugar y compartían algunas frutas. Noah le había vuelto a decir que debía hacer

