Sin lugar a dudas Maria se sentía la niña más afortunada del mundo. Zoe le había recogido el cabello en una media colita, liberando algunos rizos claros sobre su espalda, había aplicado algo de rimmel y una sombra clara en sus párpados y le había prestado un suave brillo labial que la hacía lucir aún más hermosa. Ni bien salieron de la casa todos comenzaron a aplaudir y silbar con aprobación. Sin dudas se comportaban como una gran familia, donde la alegría de uno se transformaba en la de todos. Doña Paula abrazó a su nieta y las lágrimas llegaron a sus ojos. Su hija había sufrido tanto en el poco tiempo que la habìa disfrutado, que sentía que aquella niña sólo debìa merecía felicidad de la vida, sin embargo, en su afàn por protegerla, se habìa vuelto temerosa y muchas veces la excluìa de

